¿Qué esperamos de Juan Rosell y la nueva CEOE?

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03 de abril de 2011 (10:12 CET)

Este lunes, Juan Rosell, el flamante presidente de la CEOE, será nuestro invitado en Briefing Digital. El encuentro constituirá su primer acto público en Catalunya desde que saliera elegido con una amplia mayoría para liderar la gran patronal española.

Rosell ha asumido las riendas de la CEOE en un momento especialmente difícil, aunque en consecuencia lleno de oportunidades. La profunda crisis económica que atravesamos y las circunstancias en las que fue designado para presidir la patronal, tras una forzada dimisión de su antecesor, Gerardo Díaz Ferrán, que gestionó sus problemas empresariales de la manera en que un dirigente nunca debería hacerlo, han puesto focos y una buena dosis de esperanza en lo que el dirigente catalán pueda aportar.

Tiene capacidad, experiencia y visión para ello. A sus actuales 53 años, ha estado más de 15 presidiendo Foment, la patronal catalana, hasta que hace algo más de un mes dimitió para dedicarse en exclusiva a la CEOE. Y fue vicepresidente de esta última ya con José María Cuevas, pero al entonces todopoderoso patrón se le atragantaron los intentos reformistas que puso sobre la mesa Rosell. Conoce, pues, de sobra la casa que ahora debe liderar.

Porque de Rosell lo que se espera, y más en los momentos actuales, es precisamente eso: que lidere. ¿Pero en qué debe consistir ese liderazgo en un país como el nuestro, con cierta falta de estima, un modelo económico con graves deficiencias y un sistema político bastante cainita? Probablemente en la suma de vectores muy diferentes, pero en cualquier caso impregnados de un potente sustrato reformista.

En primer lugar, en la propia CEOE. Fundada en 1977 por otro catalán, Carlos Ferrer Salat, la casa grande del empresariado español necesita urgentemente de algo más que una buena mano de pintura. Aunque Díaz Ferrán asumió algunos de los postulados reformistas que provocaron el enfrentamiento entre Rosell y Cuevas, su debilidad y falta de convicción no le dejaron ir muy allá.

Pero, de hecho, la CEOE necesita de una cierta refundación. Un cambio que afecte desde la manera en que está representado el empresariado hasta cómo organiza su trabajo, que provoque una cierta renovación generacional y sectorial, que la haga más transparente y participativa. Un cambio que la haga más atractiva para los sectores empresariales emergentes. Una reforma institucional que la libere de muchas rutinas hoy poco productivas y que por el contrario permita la entrada de aire fresco, de nuevas ideas.

Necesita, asimismo, asumir un mayor liderazgo político, generar ideas en el terreno de la política económica y del mercado laboral, so pena si no lo hace de ver diluido su papel a favor de otras organizaciones empresariales, como el Instituto de la Empresa Familiar o los 35 del Ibex. Ese mayor protagonismo en el debate político si quiere ser creíble no puede estar guiado por posiciones más o menos oportunistas en aras a ganarse algún favor político o de otro tipo.

Un liderazgo, en fin, que para ser sostenible debe incidir en el terreno de los valores, porque es ahí donde se puede ganar el prestigio para la actividad empresarial que se reclama, y que a menudo se ha exigido sin que se condenaran las actitudes que lo torpedeaban. Un posicionamiento reconocible en este terreno permitirá después posiciones más firmes en las negociaciones con los gobiernos de turno o los otros agentes sociales.

Tiene de igual manera que buscar un mayor equilibrio entre las grandes y las pequeñas empresas, evitando que las tensiones que necesariamente enfrentan a unas y otras en algunos temas se resuelvan siempre a favor de las primeras. Es difícil, ciertamente, conciliar los intereses por ejemplo de proveedores de servicios y del resto de empresas; de las Repsol, Endesa, Telefónica… que aspiran a mejorar su cuenta de resultados con los del resto del tejido productivo para los que esos servicios son un gasto en sus balances, pero si la CEOE quiere representar a todos tiene que encontrar fórmulas para que nadie se sienta excluido de antemano.

Rosell tiene ante sí retos importantes en frentes internos y externos. De cómo los aborde dependerá una buena parte la modernización de las relaciones entre los agentes sociales en este país. Puede equivocarse, pero lo que no puede hacer es no actuar. Y todo ello debe encararlo mientras atiende las reuniones sobre la reforma de la negociación colectiva o el resto de temas que componen la siempre compleja agenda social. Este país necesita urgentemente una CEOE activa, moderna en sus planteamientos, dialogante, participativa y que sea un motor permanente de ideas y debate social.
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