Puritanismo y política

24 de octubre de 2014 (19:54 CET)

Acaba de publicarse en inglés la novela de Joan Sales (1912-1983) Incierta gloria. “Dicen los entendidos --escribió Nora Catelli-- que quizá se trate de la mayor novela española de la Guerra Civil y que posee la amplitud de visión de la narración clásica y el oblicuo refinamiento de la narrativa europea posterior a Conrad y James”. En todo caso, como resaltó en su día el profesor Xavier Pla, la publicación en 1956 de la novela Incierta gloria significó el inicio del final del largo silencio literario sobre la Guerra de España, pues desde el interior nadie había abordado la cuestión desde el punto de vista de los vencidos.

La pretensión de la novela probablemente era más alta, más ambiciosa, más polémica: era ofrecer una visión de la guerra en toda su complejidad, evitando una visión demasiado simplificada del conflicto, entre buenos y malos. Pero fracasará quien lea esta novela buscando argumentos para decir que los dos bandos eran iguales. Incierta gloria, escrita por alguien que fue comunista en su juventud y después un ferviente católico, no concede esa gracia amoral --dirá Catelli: aquí los dos lados no son iguales, independientemente de que muertes, bajezas y traiciones se registrasen en los dos como se puede ver en la evolución de los personajes--.

No se trata de que ahora sigamos con el comentario literario. Tomo la novela de Sales porque posiblemente sea, junto a los escritos de George Orwell de 1940, uno de los mayores cantos a la estupidez humana. La batalla librada por los republicanos contra Franco estuvo siempre condicionada por las luchas intestinas que mermaron la capacidad de resistencia. No sólo se intentó eliminar a los quintacolumnistas, lo que hasta cierto punto era normal, sino que se dio el paseíllo a cualquiera que no comulgase con los principios revolucionarios. En el fondo fue una especie de puritanismo como el que sostuvieron los partidarios de Oliver Cromwell (1599-1658) en el siglo XVII. Ese totalitarismo bíblico, violento hasta decir basta, que en el caso de la Guerra civil española estuvo dominado por la versión marxista o anarquista del totalitarismo.

La política es siempre una repetición. Casi no tiene memoria porque la mayoría de los políticos son bastante incultos. Por eso fracasan los intelectuales que se atreven a darse una vuelta por los palacios del poder. El último caso que conocemos es el de Michael Ignatieff (1947), un académico canadiense que fue líder de la oposición liberal hasta 2011, año en el que se estrelló con estrépito al perder unas elecciones que acabaron con su carrera política. Nos lo contó en un libro precioso: Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política (Taurus): “Yo entré en política con una pesada carga y pagué un elevado precio por ello, pero es mejor haber pagado que haber vivido una vida a la defensiva. Una vida vivida a la defensiva no es una vida vivida con plenitud. […] La nobleza [de la política] reside en la lucha por defender aquello en lo que crees y en animar a otros a luchar por mantener lo mejor de nuestra vida en común como pueblo”, escribe en este relato autobiográfico. ¿Qué político no les dirá que cree en unos ideales?

En una entrevista que publicó El País aprovechando la traducción española de su libro, Ignatieff reflexionaba sobre los outsiders, los académicos, metidos en política: “Permanentemente soñamos con que podemos irrumpir en el juego político, pero la política requiere una serie de habilidades específicas, no todo el mundo puede hacerlo. Hay una serie de trucos que hay que aprender. Por ejemplo, no puedes responder a lo que te preguntan, sino a lo que te gustaría que te hubieran preguntado. No puedes repetir algo en negativo, hay que darle la vuelta y expresarlo en positivo”.

Pues bien, la política catalana ha dado muestras esta semana de estar encallada en lo negativo. La política es el arte de lo posible, ciertamente, pero de lo posible ahora. Ni más tarde, ni mañana. Ahora: “No es suficiente con tener ideas, hay que actuar en el momento adecuado. Los outsiders, los catedráticos, en el fondo, no respetan la política ni entienden las habilidades específicas que son necesarias para defenderse en la arena política.” Esto le va que ni pintado a Oriol Junqueras, aunque no sea catedrático. Lo ha demostrado en más de una ocasión. No entiende que la política es complejidad, como lo fue la Guerra civil, y no ese relato torticero que cuentan algunos académicos engañabobos que le rodean.

Si los asesores de Junqueras hubiesen leído Incierta gloria al detalle y después se hubiesen adentrado en esa reflexión de Ignatieff sobre lo que es importante en política, seguramente se hubieran dado cuenta de que cuando solo lees a los periodistas políticos vives en una burbuja, a pesar de que cada vez menos gente lee ese tipo de periodismo. “Como político --dice el canadiense--, en lugar de gobernar, vives obsesionado con historias que no son importantes, que dentro de un año nadie se acordará de ellas”. Lo malo es que entretanto puedes causar un grave perjuicio a los tuyos. A tu causa y a sus aliados. Si en España y en Cataluña empiezan a consolidarse el populismo de izquierdas es porque ofrece soluciones falsas a problemas reales. Y populistas no son sólo Guanyem y Podemos, que es lo que ahora está de moda. No sé si me explico.

Lo apuntaba mi amigo Melcior Comes en un artículo reciente en el que resumía el sainete organizado por un sector populista del soberanismo catalán ante la propuesta del nuevo 9-N: “Si algo caracteriza el populismo --que vuelve ahora a mostrar las mismas axilas peludas que durante los años 30-- es este exceso de gestualidad y de insatisfacción crónica y sensiblera --y líderes de barriada--, que aquí se disuelve dentro del movimiento soberanista como promesa de cambio, pero que en otras partes se injerta con el tango de Podemos y su sabor a coco sudamericano”. Si la política no es capaz de ser versátil e inteligente, estamos condenados a quedar sometidos al dominio del puritanismo, ese mundo celestial que John Bunyan reflejó en su relato alegórico cristiano Pilgrim's Progress (1678), y que Cromwell transformó en una dictadura --¡oh, paradoja!-- para acabar con la tiranía.
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