Pujol Artigas, en deuda con el Beato

06 de julio de 2012 (19:16 CET)

Un empresario de piedra picada. El pionero de Ficosa Internacional, Josep Maria Pujol Artigas, mueve sus tentáculos familiares y patrimoniales con una agilidad envidiable. Ficosa es un proveedor metalúrgico de enorme presencia internacional, aunque con el ala tocada en el mercado doméstico, donde se presume un excedente de plantilla de más de 360 trabajadores en su planta de Viladecavalls, la antigua Sony.

Pujol Artigas asume y resume. Él también empezó en un garaje. Fue en Les Franqueses del Vallès (Barcelona), un enlace oriental entre la industria de Granollers (Barcelona) y los balnearios alicaídos de La Garriga (Barcelona). Empezó y sigue con los Tarragó, primos, socios y rigurosos coetáneos. Apelmazado con ellos, el fundador de Ficosa se mueve en un entorno que se hace angosto en la línea de gestión pero que, al mismo tiempo, se expande por el mundo off shore. Libre de ataduras continentales, opera a través de sociedades como Ficosa Investment BV, radicada en Las Antillas, o como Cadetex Caribe, en la que Maria Rosa Pujol (hija del pionero) y su marido, John M Spinnato, figuran como administradores.

A medida que avanza la Depresión, los grupos industriales se ajustan, sangran por sus cadenas de valor y afilan sus patrimonios. La refinanciación desbanca a las reservas; los fondos de comercio solo adornan y las patentes son como flores metidas en búcaros de cristal. Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que el futuro prometedor articulaba sin desdén los protocolos familiares: las segundas y terceras generaciones tomaban el timón mientras que los veteranos salían a la intemperie dulce del mundo asociativo. Pujol Artigas siguió este libreto. Optó por presentarse a la presidencia de la Cámara de Comercio de Barcelona, comandada entonces por Antoni Negre Villavechia. En los prolegómenos de aquellos comicios, prometió una futura presidencia basada en los patronos (no en los mánagers), que interrogaba al mundo económico sobre la necesidad de retomar el mando de una sociedad desfigurada. Pujol Artigas increpó al mito (los grandes nombres de la Revolución del Vapor), sin advertir la inminencia de una época, como la actual, exenta de simbolismo. Ajena a su proclama, la corporación siguió su camino, basado en la gobernanza de Negre y en la oposición seca del hotelero Joan Gaspart.

Derrotado antes del combate, Pujol Artigas volvió finalmente a su Ficosa, a los seminarios empresariales del IESE y al patrocinio en la Cátedra de Empresa Familiar, germen de un funcionalismo alambicado (véase el libro Alejandro Magno. Ser rey no es suficiente, obra de Salvador Rus y Rosa Nelly), que agota la fusión entre metáfora y gestión.

Del taller al mundo. En su ascenso, Pujol Artigas edulcoró el gesto en contacto con los lazos contritos de la Universidad de Navarra. En el año 2000, fue premiado con la medalla al Mérito del Trabajo en Soria, donde Ficosa posee uno de sus centros industriales. Al recibir el galardón de manos de Juan José Lucas, entonces ministro de la Presidencia, el empresario comentó que estaba “en deuda con el beato Escrivá de Balaguer”. Era el albor de la mayoría absoluta de José María Aznar, el rodillo esencialista de la España unívoca. Pero, sobre todo, era un momento de despegue económico, la prueba de fuego para un exportador paciente como él, que había ido conquistando mercados en medio planeta. Su compañía estaba presente en 19 países y tenía una plantilla de 8.000 trabajadores.

Ficosa sigue a sus cabeceras de referencia --Seat, VW, Renault y General Motors-- en Brasil, México o China. Está muy lejos la espantada del 93, de la que emergió una Asociación Española de Fabricantes de Automóviles y Camiones (Anfac) oportunista y desveló, en cambio, la competitividad del cluster español de componentes. El pasado reciente empequeñece a figuras del sector que fueron indiscutibles, como López Arriortúa, al tiempo que engrandece a empresarios de fuste, como Pujol Artigas. El ciclo expansivo no tenía fin. No lo tuvo hasta el verano de 2007, el momento de los síntomas (caída de Bearn Sterns, en Nueva York, y de Northerm Rock, en la City).

Desde su sede corporativa de Barcelona, Ficosa ha enhebrado su remonte particular, marcado ahora por desencuentros y batallas accionariales, entre los socios fundadores, los Pujol y los Tarragó, que han desembocado en demandas judiciales. Las guerras familiares corrompen, pero Ficosa ha emprendido una refinanciación salvadora, engarzada en este dato indiscutible: desde un Ebitda de 10 millones de euros en 2009, hasta uno de 52 millones en 2011. El desgaste de la crisis no ha mermado sus resultados recurrentes. Y contrariamente a lo que predecían algunos analistas, tampoco ha barrido su neto patrimonial: 90 millones frente a una deuda de 206.

La impostada solemnidad de Pujol Artigas en la etapa de su sueño en la Cámara de Comercio o el cetrino sello de sus discursos meritocráticos ante la Prelatura no le pueden al emprendedor. En esta última faceta, la suya, el pionero gana. En su actual centro operativo de Viladecavalls palpita un equipo de medio millar de técnicos bregados en la tecnología punta del automóvil. Superarán expedientes de regulación de empleo, reducciones, acordeones y lo que sea menester. Su apuesta puede más que su deuda (“a mí, la Obra me refinó”, suelen decir los conversos); por algo ha levantado instalaciones productivas en Sant Guim de Freixenet (Lleida), en Nalda (La Rioja) o en Burgo de Osma (Soria). El hombre-Ficosa, un inveterado fumador de pipa, jamás claudicante, se resume en la acción. Se fragua en la batalla, pendiente de un último detalle, en el que sus competidores perciben con malicia el anuncio de la caída, pero que él interpreta siempre en clave de solución. Enfermo de optimismo, el veterano Pujol Artigas sabe salir del laberinto. Nunca pierde el hilo de Ariadna.
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