¿Puede ir Cataluña a peor en las próximas semanas?

01 de septiembre de 2014 (00:00 CET)

Decía el renacentista Miguel Ángel que el mayor peligro para la mayoría de nosotros no es que nuestro objetivo sea demasiado alto y no lo alcancemos, sino que sea demasiado bajo y lo logremos. Con unos siglos de diferencia, las premoniciones de su aforismo siguen vigentes hoy al inicio de este curso político que se promete intenso y cargado de emotividad.

Un buen amigo me recomendaba estos días abrochar el cinturón de seguridad. Lo que nos viene, proseguía, dejará el Dragon Khan de Port Aventura en una atracción infantil. Es posible. Somos legión los que pensamos que la temporada que comienza será una prueba inequívoca de nuestra madurez como sociedad, incluso casi como civilización.

En Cataluña ya nada es lo que parece. Los cantos de sirena independentistas suenan uno o dos tonos más bajos. Algunas revelaciones recientes han aplastado el mantra moral con el que se intenta convencer a la parroquia de las eventuales virtudes de la secesión. Mientras, no habrá consulta el próximo 9N, y hasta es probable que la V del 11S sea esta vez minúscula.

La preocupación en este nuevo curso, sin embargo, debe ser otra. Poco queda de lo que éramos, ni nada volverá a ser igual. Y no necesariamente habremos progresado en lo colectivo. Los independentistas racionales saben --algunos no son tan tontos como sus emocionales líderes-- que incluso una posible separación requiere consensos, complicidades y todo tipo de conexiones, internas y externas. Algo inexistente en Cataluña desde hace ya muchos meses por la conducción que la clase política ha hecho del llamado proceso soberanista.

 
No habrá consulta el próximo 9N, y hasta es probable que la V del 11S sea esta vez minúscula

La mayor responsabilidad, por acción, es de intelectuales de la talla de Artur Mas, Francesc Homs o Josep Rull. Pero no sólo. También tienen culpa de lo ocurrido los miembros de la antigua gauche divina catalana. Tanto da que hablemos de un miembro de la familia Maragall, como de un filósofo al estilo de Josep Ramoneda, que acaba apelando a la psicología para racionalizar lo sucedido. Se han cargado la representación partidaria del centro izquierda gracias al seguidismo del nacionalismo de CiU durante años. Por omisión, claro, por deliberada ausencia del debate político real mientras se bañaban jocosos en la irrealidad y ensoñación nacionalista.

Cataluña no se comprende en sí misma hoy –cada vez menos entre sus gentes– y no se entiende con el resto de España. La apelación al voto del 9N no es más que una mala representación de una envenenada radicalidad democrática, que sin embargo son incapaces de practicar en otros ámbitos: la transparencia, la lucha contra el clientelismo y la corrupción, el sectarismo más recalcitrante... No es necesaria la búsqueda de responsabilidades: existen en todas partes y de toda intensidad. Pero la situación es dramática: no hay aliados, consensos, conexiones ni tan siquiera comprensión en un sentido amplio, no aldeano. Es el paisaje antes de la batalla, pero puede llegar a ser peor según como discurran los acontecimientos en las próximas semanas.

Algún día la historia analizará con mayor distancia y sin mochila emocional. Puede que seamos demasiado viejos entonces para que nos den la razón a los que criticamos la sinrazón actual, aunque se verá cuánto estamos perdiendo entre todos y lo que aún podemos tirar por la borda. Parece que algunos se han empeñado en restar, fraccionar y empequeñecer nuestro espacio de convivencia. No lo saben, por supuesto, porque es un objetivo bajo, sólo válido para sus estómagos agradecidos al poder, y parafraseando al artista Miguel Ángel, era un riesgo y ha sucedido. El único interrogante es si Cataluña aún puede ir a peor. ¿Resistirá su estructura económica, social, cultural y política sin sufrir más heridas como territorio o comunidad que las que ya la desangran al inicio de este curso?
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