¿Por qué no hay ningún político condenado por Spanair?

18 de septiembre de 2014 (00:00 CET)

Ahora ya no es este medio. Al final ha sido un juez quien dice que el consejo de Spanair cometió una mala gestión sobre el concurso de acreedores presentado por la quebrada aerolínea catalana. En consecuencia, agrega el magistrado, los consejeros deben ser condenados económicamente e inhabilitados durante dos años.

Ojalá que no hubiéramos llegado jamás a esta situación. Ojalá que de nuestros impuestos no se hubieran detraído casi 150 millones de euros para esta ensoñación empresarial; los hospitales y las escuelas lo hubieran agradecido. Ojalá que el buenismo infantil que abunda en la política catalana hubiera sido rigor adulto. Ojalá que el gobierno de Artur Mas hubiera parado con anterioridad esta sangría en vez de comprometer a Avança, Fira de Barcelona, Catalana d'Iniciatives y Turisme de Barcelona. Ojalá que el tripartito timorato de Montilla no hubiera dado apoyo a tal temeridad aeronáutica. Ojalá que Antoni Castells no se hubiera emperrado en que Ferran Soriano fuera el presidente del proyecto. Ojalá, al fin, que los trabajadores de Spanair no hubieran perdido el trabajo y que los clientes no hubieran sufrido al cierre de sus rutas.

Lo malo del asunto es que se acabó el tiempo de los deseos y nos plantamos ante la cruda realidad. En términos coloquiales: quien la hace, la paga. O, dicho más finamente, cada quien debe asumir sus responsabilidades. No niego que me sabe muy mal por algunos de los consejeros que han sido condenados, porque en varios siempre advertí un buena intención, pero tan buena como inocente capacidad en este asunto. En otros casos parece hasta corta la condena impuesta por el magistrado.

 
Prestar servicios a la patria con dinero público es fácil, lo difícil es asumir los riesgos. Y los políticos son malos socios

En la aventura de Spanair hubo algo más que un cúmulo de errores concatenados. Hubo demasiada política. Y, no puedo silenciarlo, en materia empresarial eso es, simplemente, una barbaridad. Ahora paga algún justo por algún pecador. A un servidor le hubiera gustado que Castells se hubiera sentado en el mismo banquillo o que otros dirigentes del lobby nacionalista Femcat que impulsaron la ensoñación estuvieran tan condenados como su presidente, Miquel Martí, o Tatxo Benet. Más que nada porque prestar servicios a la patria con dinero de los contribuyentes es relativamente fácil. Lo difícil es ser patriota a lo grande. Si alguien creía en el proyecto, en el hipotético e ilusorio hub barcelonés, hubiera resultado más simple que desde el sector privado hubieran comprado la aerolínea. O haber montado una de nueva planta, como hicieron la familia Carulla o los Lara.

Hacer negocios junto a los gobiernos tiene ventajas, pero también algunos riesgos: sobre todo que son malos socios. Cuando las encuestas de opinión o los ingresos fiscales menguan dejan colgado a cualquiera. Ellos siempre se salvan. Fastidian al país, le meten en costes innecesarios y claramente inútiles, pero se salvan. Y en esta ocasión, por desgracia, no ha sido indiferente.  

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