¿Por qué el PP y el PSOE están en declive?

09 de diciembre de 2015 (17:27 CET)

En las próximas elecciones generales es posible, aunque ni mucho menos seguro, que PP y PSOE continúen siendo los partidos más votados. No obstante, la suma de sus representantes en el Congreso y en el Senado será menor de la que ha sido desde 1982, tal y como lo sucede en la actualidad en numerosos municipios y parlamentos autonómicos.

Esta nueva situación tendrá un importante impacto sobre el futuro laboral de un elevado número de militantes de ambos partidos, tanto de los que dan la cara públicamente (los políticos) como de los que se esconden detrás de las bambalinas (los asesores). Aunque no lo parece, hay muchos más de los segundos que de los primeros. Los perjudicados serán tanto los jóvenes (menores de 35 años) como los de mediana edad (entre 35 y 55) y los veteranos (más de 55).

Los primeros no llegarán a ocupar el puesto que se imaginaron, pero tampoco el que les prometieron. Un considerable número de los segundos se quedarán sin el cargo que habían tenido y bastantes de ellos con una mano delante y otra detrás. Lo dejaron todo por el partido, incluso algunos a la universidad. Por eso, en su currículum no aparece ninguna licenciatura ni diplomatura, sino simplemente estudios de… Muchos de los terceros disfrutarán de una muy buena pensión, no obstante, los últimos años de su vida profesional no serán los mejores. Durante ellos, padecerán una auténtica travesía del desierto, ya que ni mantendrán el poder que habían alcanzado ni podrán jubilarse después de acabar su largo periplo como políticos o asesores, un aspecto que siempre habían supuesto.

Probablemente, la decisión de muchos de ellos será abandonar el barco y militar en una de las nuevas formaciones. Si éstas los aceptan, se equivocarán y todos los partidos políticos españoles continuarán siendo lo que han sido: una gran agencia de colocación. Aunque no los acojan, tampoco nada sustancial cambiará si Ciudadanos y Podemos copian el modelo de organización de PP y PSOE. Ambos aspectos explican por qué los viejos grandes partidos han necesitado mucho más dinero del que les correspondía vía presupuestos públicos y, por tanto, ayudan a entender una parte de los casos de corrupción que les han afectado.

Los posibles cambios en el partido, si un nuevo presidente es elegido, y la incertidumbre que ello conlleva sobre el salario y las expectativas profesionales de numerosos militantes calificados (con poder en la agrupación, localidad o autonomía), suelen conducir a la reelección del principal dirigente, aunque haya fracasado electoralmente.

En bastantes ocasiones, el aspirante brillante ni se llega a presentar. Prefieren lo malo conocido que lo bueno por conocer. En cierta medida, ésta es la causa por la que Rajoy consiguió en noviembre de 2011 presentarse por tercera vez a presidente del gobierno, después de perder en las dos primeras contiendas electorales.

Unas elecciones a secretario general entre un candidato que cree que tiene el cargo ganado y otro que no tiene nada que perder, si finalmente no sale elegido, pueden a veces proporcionar un resultado sorprendente. Esta situación sucede si el primero no se quiere comprometer y no promete casi nada a los militantes cualificados, prometiendo casi todo el segundo, lo posible y lo imposible, y haciéndolo con un nuevo talante. Ésta fue una de las razones por las que Zapatero ganó la elección de secretario general del PSOE a Bono en el año 2000.

Dicha forma de entender la política explica por qué los líderes de los principales partidos históricos, tanto nacionales como autonómicos, no son lo brillantes que eran los de la transición y de los años inmediatamente posteriores. No es nostalgia, es la cruda realidad. Para triunfar en ellos no es necesario tener una significativa experiencia empresarial ni un brillante currículum académico, sino una larga historia en el partido. No se valora especialmente la profesionalidad, sino la lealtad, entendida como fidelidad. Este razonamiento explica perfectamente las grandes cualidades que tenía Ana Mato para ser ministra de Sanidad con Rajoy o Carmen Calvo de Cultura con Zapatero.

Dicho orden de valores hace que numerosos profesionales brillantes tengan una elevada dificultad para destacar en política. Les gusta, sienten incluso pasión por ella y por eso están dispuestos a renunciar a un salario superior que pueden conseguir en una empresa privada. No obstante, la mayoría de ellos fracasa estrepitosamente. Los motivos son principalmente dos: casi ninguno de los dirigentes los valora y ellos se sienten en el partido como un pulpo en un garaje. No consiguen entender cómo funciona y se marchan asqueados.

Por dichas razones, considero al PP y al PSOE las mayores trituradoras de talento que existen en España. No han premiado el conocimiento sino que lo han penalizado, no habiendo hecho prácticamente nada para atraerlo, crearlo ni tampoco conservarlo.

Se han dedicado a generar una nueva tipología de funcionarios: los de partido. Tiene casi todos los defectos de los del sector público y casi ninguna de sus virtudes. Son los que nos han gobernado en los últimos años, con el escaso éxito ya conocido. Han despreciado a su clientela (los ciudadanos), pues pensaban que la tenían asegurada. Por eso, en las últimas contiendas electorales no les ha importado que votaran a su líder por ser el menos malo, en vez de votarle por ser el mejor.

Los tiempos han cambiado y su esplendor se ha acabado. Si quieren volver a sus mejores años, deben hacer un giro de 180 grados. No obstante, nada de eso están haciendo, sino todo lo contrario. En lugar de abrirse a la sociedad y acometer una regeneración integral, se han vuelto más cerrados y proteccionistas que nunca. Por todas estas razones, amiga Alicia desiste de intentar triunfar en uno de ellos. Vas a encontrar muy pocas satisfacciones y numerosos momentos amargos. Te gusten o no, los hechos son tozudos. Vuelve al sector privado y deja de golpear tu cabeza con la pared. No la conseguirás derribar. No es un consuelo, es una realidad: no te merecen. 

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