Plan Marshall II

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19 de agosto de 2011 (11:56 CET)

Si hay una palabra que caracteriza la primera quincena de agosto, ésta es 'desconfianza'. Desconfianza en el futuro y en los líderes políticos por parte de los ciudadanos, desconfianza de los empresarios en los resultados de sus iniciativas, y desconfianza de los acreedores en que algunos países puedan pagar sus deudas. Sin duda, la confianza es uno de los bienes más preciados y más difícil de conseguir, mientras que la desconfianza surge y se instala con enorme facilidad, desterrarla de la esfera personal requiere grandes dosis de esfuerzo y convicción en las capacidades propias. Hacerla desaparecer de la esfera pública es aún más complejo, ya que se precisa liderazgo ejercido por personas impregnadas de generosidad, entrega, pasión y con la mirada puesta en el futuro.

Son épocas que exigen grandes esfuerzos colectivos e individuales, y de políticas que estimulen por un igual el crecimiento y la reducción de los gastos
, para ello se precisa eliminar lo obsoleto, mediante un proceso permanente de innovación, asumiendo el riesgo innato a la toma de decisión. Un esfuerzo colectivo que ha sobrepasado a las capacidades de cada país, como consecuencia de la moneda única, y que además exige un mayor protagonismo de la Unión Europea (UE), quien debería coordinar y dirigir las políticas económicas y fiscales de los estados miembros.

Sabiendo que sin crédito e inversión el cambio de modelo y la construcción de futuro es una misión titánica, los próximos días serán claves para afrontar la viabilidad del futuro colectivo, y del euro como instrumento de progreso. Los mercados, esos entes sin rostro que son capaces de convertir en insolvente cualquier organización solvente, los afrontan con escepticismo y desconfianza, como se evidencia que sólo la intervención del Banco Central Europeo permitió rebajar las primas de riesgo y la rentabilidad del bono español del 6,04% al 4,99%.

Una desconfianza fundamentada en la escasa capacidad de maniobra de las economías periféricas de la Unión, excesivamente endeudadas, para afrontar por un lado las reformas económicas y políticas requeridas y por otro disponer de recursos, los cuales permitan efectuar las inversiones precisas para fomentar la reactivación y el dinamismo económico.

Para eliminar incertidumbre, si bien sólo sea a corto plazo, fue clave la reunión del presidente Sarkozy y la canciller Merkel, ya que únicamente se podrá empezar a tejer confianza si se avanza en el establecimiento de las bases de una profunda actualización del modelo de toma de decisiones y de gobierno de la eurozona; aceptándose las limitaciones francesas y alemanas en cuanto a su capacidad tractora, y los diversos países de la eurozona asumen el reto de las reformas requeridas para ajustarse a los nuevos paradigmas y restricciones, las cuales han dejado de ser coyunturales para convertirse en estructurales.

La mayoría de los países, analizando su nivel de endeudamiento público y privado, necesitarán mayores sacrificios y esfuerzos colectivos, y en otros, con altos índices de desempleo, como es el caso de España, es imprescindible facilitar la creación de trabajo, ya que sólo generando riqueza y facilitando el emprendimiento podrán devolverse las deudas contraídas.

Invertir para generar riqueza y a la vez devolver las deudas, es el binomio a resolver. Un binomio complejo en las actuales circunstancias, tal como se evidencia con la variación de los índices de crecimiento, en los recortes sociales, y en las fluctuaciones de las primas de riesgo. La situación es tan difícil que exige a Europa encontrar los recursos requeridos, garantizando su disponibilidad a largo plazo y desarrollar un programa de reformas coordinado y ambicioso que permita su aplicación y distribución a los diversos estados de la Eurozona. Europa precisa, por qué no reconocerlo, salvando las distancias, un nuevo Plan Marshall, ya que el futuro no se alcanzará, ni será posible, sólo con restricciones y mayores sacrificios; se precisan nuevos recursos para recuperar la senda del crecimiento y enviar los mensajes tranquilizadores a los mercados.

Para responder a la pregunta de si es posible un Plan Marshall II, deben darse respuestas a muchas preguntas del tipo: ¿Cuántos recursos realmente se precisan? ¿Quien debería, o puede, aportar los recursos financieros?, ¿Qué estado o estados disponen de los recursos y tienen la voluntad de entender que la crisis de la deuda europea es un reto a superar en beneficio propio?, ¿Existen líderes europeos con credibilidad y liderazgo para asumir la batalla de la transformación económica, política y social de la UE?. Un conjunto de cuestiones que deben considerar la imposibilidad de que ahora, a diferencia de 1947, sean los estadounidenses quien lideren la solución.

Europa debe ser capaz de aportar la solución por sí misma, y mirando a la vez hacia Asia, ya que no se debe ignorar el papel de China en la economía mundial, la segunda economía mundial con aproximadamente un 12% del PIB mundial, ni su voluntad de incrementar sus inversiones fuera de sus fronteras en sectores no financieros, en 2009 superaron los 30.000 millones de euros. También debe tomarse en consideración por un lado la gran cantidad de recursos que los bancos chinos conceden a gobiernos y compañías de países en desarrollo, un volumen que según el periódico Financial Times, refiriéndose al China Export Import Bank, y al China Development Bank en 110.000 millones de dólares en 2009 y 2010, una cifra muy superior a la que presta el Banco Mundial, que concedió alrededor de 100.000 millones de dólares en el periodo comprendido entre junio 2008 y mitad 2010, y por otro que desde 2006 China y la UE son de forma recíproca el principal socio comercial.

Desde aquel año las cifras de negocio no han parado de crecer, en 2010 la UE siguió siendo el primer socio comercial de China con un volumen de intercambios de 371.000 millones de euros, una cifra que debe encuadrarse en el hecho de que China siguió siendo el mayor exportador mundial, con un superávit comercial, que ascendió de 141.900 millones de euros. Datos que evidencian la necesidad, para el propio desarrollo de la industria China, que aportó en 2010 el 47% del PIB, de una Europa en crecimiento y con capacidad de importar los productos por ella manufacturados.

Quizá la falta de voluntad política y de liderazgo de la UE, o los recelos en la cesión de competencias a Bruselas, y la falta de una política exterior común, impidan la toma de decisiones. Quizá el nivel de deterioro social aún no exige grandes y nuevas soluciones. Quizá no hayamos aprendido suficientemente de la historia. Pero a pesar de todos los quizá, y aceptando que el futuro puede ser el sueño que colectivamente queramos hacer realidad, no deberíamos menospreciar la capacidad de una Europa más fuerte con una política económica, fiscal y de proyección mundial única.

Una nueva refundación de la UE que es inaplazable, que debería ser articulada mediante un nuevo gran proyecto Marshall II. Un proyecto que requiere el compromiso y la implicación de China, no en vano está llamada a ser la potencia de referencia mundial del siglo XXI.
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