Perdón, ¿alguien sabe dónde están los sindicatos?

28 de abril de 2015 (00:00 CET)

Faltan pocos días para el Primero de Mayo y el país está como está en materia sociolaboral. Sin embargo, los sindicatos mayoritarios, los de clase, parecen habitar en el burladero

No se les oye, no se les nota, no traspasan. Los catalanes sí, cada vez que hay algún paseíllo sobre el derecho a decidir sacan al santo de su líder en procesión. No están, en cambio, cuando hay que criticar la ausencia de políticas industriales del gobierno de los mejores de Artur Mas. Tampoco se les conoce una sola oposición bien fundamentada a la inacción del Ejecutivo catalán en materia de empleo, a sus recortes, al campeonato de austeridad, a la arbitrariedad en las subvenciones. Sirven, tímidamente, para defender a los funcionarios; en ese lugar de la función pública, casualmente, habitan la mayoría de sus cuadros directivos. 

¿Fue suficiente para el sindicalismo catalán con colocar a una sindicalista en 'el gobierno de los mejores de Artur Mas'?

Será también casualidad o no, pero desde que la Generalitat reguló por ley las subvenciones que debían recibir patronales y sindicatos, a los representantes de los trabajadores se les aprecia demasiado inactivos. Será su posibilismo --justifican sus defensores-- lo que les lleva a bajar la cerviz ante el poder político en tiempos de mudanzas. Quizá la cuestión tenga que ver más con el agotamiento de sus líderes y de una parte de su discurso, que ya no tiene en cuenta a muchos ámbitos de la sociedad. Otros ya colocaron a una sindicalista en el gobierno de los mejores de Mas y, quizá, con eso, hayan cumplido su misión de influencia.

El panorama político, con el terremoto institucional y económico vivido, daría juego a unos sindicatos fuertes y del tiempo presente. Su silencio, su pasiva complacencia, les ha pervertido las funciones para poco más que alguna negociación colectiva y para asesorar a trabajadores con problemas (a un precio casi de mercado, que las estructuras grandes cuestan de mantener).

Pero si en Cataluña --donde el movimiento obrero tiene una historia fecunda-- ha sido espectacular el virtual enterramiento del sindicalismo popular, en el resto de España no parece que la situación mejore. Cándido Méndez (UGT) sabía que con una de las tarjetas black de Bankia se pagaron actos de la organización; presuntamente, claro. CCOO tenía una federación de banca sobre la cual algún día convendría escribir una enciclopedia. Y el organismo que lideró Marcelino Camacho también era proclive a los líos con el banco de Rato y Blesa.

El próximo Primero de Mayo volverán a las calles, pero habrán perdido una parte importante de su personalidad en estos últimos años de crisis. Algo que sus antagonistas patronales jamás harán. La diferencia estriba en que los trabajadores pueden sentirse ya más representados por alguna formación política emergente que por las fuerzas sindicales. Ese desequilibrio democrático tiene bastante que ver el hecho de que las organizaciones, por proximidad y subyugación a los poderes político y económico, han descafeinado su función social y democrática. En especial, en territorio catalán, donde sólo se han ganado el derecho a decidir cómo les conviene más cerrar la persiana.

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