Pedro J: el mensajero del miedo

20 de julio de 2013 (21:12 CET)

¿Quien buscó a quién? ¿Pedro J a Bárcenas o al revés? El caso es que se cruzaron y, desde aquel día, la historia de España se ha metido en un callejón sin salida. ¡Que se demuestren los hechos!, braman en Génova, pero no para proteger la presunción del ex tesorero, sino la de Rajoy y Cospedal. Todo el mundo es dudoso, empezando por Pepiño Blanco o por el magistrado Pérez de los Cobos, presidente del Constitucional y reconocido militante del PP, cuyo sesgo político acabó con la carrera judicial de Baltasar Garzón.

La duda es la única pulsión humana que aguanta el tirón. Nadie se escapa, aunque nada es lo que parece: “Arrojar la cara importa, porque el espejo no hay por qué”, dice el refrán diacrítico. Cuando matar al mensajero es el deporte nacional, el primero en recibir es Pedrojota. Deslizó la mediación de Esperanza Aguirre en su encuentro con Bárcenas en un piso de Castellana, propiedad de Verónica Patiño. Esperanza lo negó. Pero el periodista es reincidente: empezó en la X de los GAL, inspiró la teoría de la conspiración tras el atentado islamista de Atocha y ahora depura a la derecha reformista del hombre impasible con la intención de reubicar a los seguidores de José María Aznar, imaginario edecán de la campaña aliada en Irak.

El director de El Mundo se anuda la hebilla de sus tirantes delante de su pantalla. Su periodismo se come a la política. Es un experto del quid pro quo, el cambalache jurídico que permite obtener algo a cambio de algo. Maestro de la reciprocidad, mensajero del miedo, Pedro J es un hombre de tiro largo, que carga por la derecha. Antes de que Gómez de Liaño entrara en escena, él ya había intercambiado con Bárcenas los papeles en los que el ex tesorero dejó constancia documental de las entradas (donaciones de empresarios al PP) y de las salidas, los sobres en negro entregados a militantes de la dirección del partido.

Después de sus portadas quien recoge la venia es el defensor. Liaño fue un juez de carrera meteórica hasta su tumba como magistrado en el caso Sogecable (tras la denuncia en 1997 del ultramontano Jaime Campmany) del que salió con 15 años de inhabilitación. Corolario de la investigación periodística, Liaño ha vuelto a la toga; ocupa el centro de la escena judicial y confiesa no tener ni tiempo para preparar el pregón de Peñaranda de Bracamonte, su pueblo natal.

A Liaño le recomendó Pedro J, y Bárcenas aceptó encantado antes de tirar al mar los cadáveres de Miguel Bajo y Alfonso Trallero, sus defensores de siempre, costeados por el partido. Pero queda una pregunta: ¿quién pagará la minuta de Liaño ahora que Bárcenas es un embargado? En la España de hoy, los abogados que han abandonado a su Rey Midas por falta de medios son legión: Rafael Pedrera y Manuel Ollé dejaron por impago a Jaume Matas, ex presidente popular de Baleares; José Aníbal Álvarez salió por pies del caso Malaya cuando comprobó que el cerebro de Marbella, Juan Antonio Roca, se había convertido en el reo indigente de Alhaurín de la Torre; José Andrés Díaz alegó “motivos personales” para abandonar en 2008 la defensa de Ginés Jiménez, jefe de la Policía Municipal, conocido como el sheriff de Coslada. Y hay muchos más. Pero a Liaño no le arredran: “Quien manda ahora soy yo”, dijo el letrado, tras su primera reunión con el imputado en prisión.

Pedro J centellea. Su colega José Antich, director de La Vanguardia, le sitúa en el centro de una telaraña de intereses políticos que ultrapasan el deber de servir a la verdad. Pero él no calla. Lanza su mentón ladino. Lleva grabada la sonrisa del fauno. Su penúltima portada arroja la opinión peregrina de cuatro motores financieros (Deutsche Bank, Nomura, HSBC y JP Morgan) curiosamente coincidentes en que la crisis política, desatada por la corrupción del PP, hunde la marca España. Así de crudo y de lejano, a pesar de que, HSBC sugiere lo contrario desde su sede de Hong Kong: “España mejora y no cabe temer por su déficit rampante; Rajoy no nos preocupa”.

A fuerza de creer, creemos. Tratad de subir derechos y la vida os doblegará, parece decir el director desde su pecera. Antes de sostenella y no enmendalla, Pedrojota pone a prueba su apuesta. Sabe que, en todo lo que se inclina, hay un esfuerzo de rigidez mal valorado. Su método nace en un periodismo factual, casi aristotélico, pero está dispuesto a subir peldaños hasta alcanzar la media verdad, su hábitat natural. En un país de sospechosos, el que escribe mata y el que calla otorga. La fe del director de El Mundo no se desmorona; se sabe cambiante. Tanto, que un día estuvo a punto de substituir a Juan Luis Cebrián en la dirección de El País tal como reveló Enric González en su libro Memorias líquidas, el primer texto en papel editado por JotDown.

Donde se hunde el compromiso emerge Pedro J, un electrón libre, cobijado a la sombra del tacticismo de los partidos políticos. Pero su elasticidad felina revela un punto flaco: los balances de RCS, la matriz editorial de El Mundo. Desde 2009, la consolidación del grupo se come sus ganancias menguantes. Su ebitda cae mientras la deuda sube exponencialmente; esta última llegó a alcanzar 30 veces el resultado bruto de explotación. Sea como sea, el pasivo del segundo diario español (según la última encuesta de medios) recibió un enjuague real el día que Unedisa, la gestora del diario, obtuvo una refinanciación ventajosa, gracias a la mediación de la Casa Real, a cambio de sacar a Don Juan Carlos del foco Urdangarin. ¿Han visto al Rey en las últimas semanas? No. Un éxito compensatorio; una reciprocidad de las que le gustan a Pedro J que, en esta ocasión, ha contado con la participación del portavoz de la Zarzuela, Javier Ayuso, un ex País de los que abandonaron la nave antes del naufragio.

No prejuzga la estructura del Estado. Pedrojota vive en el regazo de Zaratrustra, sin interpretar sus numerosos pliegues. Utiliza a Bárcenas contra Rajoy, como en su día utilizó a El Pocero para incriminar a Pepe Bono. Cuando el ex presidente del Congreso pasaba por ser su amigo, el zapaterismo mediático (La Sexta, Mediapro y el difunto Público) tasó el incremento del patrimonio de Bono y les sirvió en bandeja la historia completa a los alfiles de la derecha, El Mundo y ABC. Pedro J supo que Bono estaba tocado y no tardo en darle el tiro de gracia. Desde entonces, la testa de Bono luce en el salón cinegético de la finca de Guadalajara, propiedad del periodista. El fin de su amistad con Bono marcó el inicio de la última fiebre de primeras páginas. El director de El Mundo había pasado de una coalición con Jiménez Losantos en la COPE a ceder sus privilegios al flanco Intereconomía-Gaceta. Cuando Rajoy supo que el matrimonio entre Pedrojota y la Conferencia Episcopal se terminaba, ya contaba con que aquella unión engendraría monstruos. El Mundo había librado una lucha sin cuartel contra ABC por la hegemonía conservadora y, como recompensa, obtuvo la paz de los cementerios cuando el Grupo Vocento entregó la noble cabeza de José Antonio Zarzalejos.

A Zapatero, Pedro J no le tocó ni un pelo (curioso, ¿no?), pero persiguió a Rajoy con la misma saña con la que defiende a Esperanza Aguirre o a Mayor Oreja. Ha desaprovechado el primer envite del Dret a Decidir, entretenido en dar palos a los que dudan de las dos Españas. Vive en las élites sin desentrañar su endogamia. Desbroza y destroza, pero poco más. Su vocación potrera consiste en tutelar a la derecha aplastando a los resabios de la izquierda. Para conseguirlo, se valió de una pinza entre Zapatero y el Grupo Imagina de Jaume Roures, cuyos resultados revelaron una PRISA desgastada con un consejero delegado, Juan Luis Cebrián, residual en lo ideológico pero granítico en lo económico (13 millones de sueldo en la Era del ERE).

Pedrojota inunda lo que toca. No le teme ni al furor de su propia intimidad, protegida en su día por el manto de Enrique Gimbernat. Tampoco responde ante la procacidad de alguno de sus biógrafos, como Díaz Herrera. Todos nos preguntamos en qué momento decidió su último asalto a La Moncloa. Bárcenas y Pedrojota son concomitantes y hasta colegas de culebrón. ¿Pero cómo coincidieron? ¿Quién buscó a quién?
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