¿Para qué sirve Europa?

Josep Huguet

25 de mayo de 2014 (12:00 CET)

Hoy los ciudadanos expresarán en las urnas o con la abstención su opinión sobre Europa. Lo que empezó siendo un mercado del carbón y el acero aconteció un proyecto político ilusionador y, más tarde, una realidad decepcionante en relación a las expectativas que se habían creado entre la ciudadanía.

El primer Mercado Común encontró --en la puesta en común de intereses económicos-- la forma de evitar en Europa otra guerra de exterminio. Surgió también de la necesidad de una masa crítica ante un bloque comunista que de hecho había acontecido un mercado único bajo el imperio de la URSS.

Estas razones pragmáticas en manos de los primeros líderes europeístas se envolvieron en una bandera de libertades y justicia social bajo la que se encontraban a gusto las opciones ganadoras de la Segunda Guerra Mundial y que ostentaban el poder político en Occidente: demócratacristianos, liberales y socialdemócratas.

En este contexto, las principales ovejas negras siempre fueron las formaciones conservadoras nacionalistas de Francia (gaullistas) o de Gran Bretaña (tories). Su sistemática actitud de egoísmo nacional al servicio de las respectivas élites y la pugna por la hegemonía, provocaba que los evidentes adelantos en la integración europea siempre tuvieran un pero sobre su viabilidad.

La caída del muro de Berlín significó la pérdida del competidor que ponía presión y, a la vez, la posibilidad de ampliar el espacio de la Unión. Alemania se reposicionava, de un lugar periférico a un lugar central, y no sólo geográficamente. Del mismo modo Francia lo intentaba en las progresivas ampliaciones hacia el sur del Mediterráneo.

La llegada del euro fue una señal que permitía divisar una construcción rápida de una Europa federal. Pero la mezquindad nacionalista de los estados lo ha impedido y la Unión lleva años paralizada. Y, entonces, sus defectos destacan más que sus virtudes (que las tiene).

Las ventajas de Europa como seguro de paz, de libertades mínimas garantizadas, de fundamentos sociales y ambientales, son irrefutables. Pero, en cambio, la permeabilidad de la cúpula comunitaria a las presiones de los oligopolios, la hegemonía que algunos grandes estados ejercen para imponer políticas agrarias o importadoras, beneficiosas especialmente en ciertos grupos de presión nacionales, la política monetaria y fiscal no diseñada para el bien común, sino en beneficio sólo de unos territorios, la excesiva burocracia que ahoga al productor autónomo etc.

En la base de la decepción, está el convencimiento de que el Parlamento europeo no pinta nada ante la Comisión (club de estados) y que la UE tiene poco margen para actuar como si fuera un Estado y que sólo gestiona un presupuesto que significa el 1% del PIB.

Por eso, este domingo encontraremos ante las urnas tres tipos de ciudadanos:

1. Los euroresignados que apoyan a las grandes formaciones internacionales conservadoras, liberales y socialdemócratas, responsables del estancamiento de Europa y de su sumisión a los aspectos más sórdidos de la globalización.

2. Los antieuropeos situados en la extrema izquierda y en la extrema derecha que coinciden al trabajar por el derrumbe de la Unión, aspirando los primeros a instaurar el socialismo en cada nación (qué lejos queda el internacionalismo) y los otros a restaurar el capitalismo nacional y una democracia corporativa.

3. Finalmente, están los eurocríticos que desearían que la crisis de Europa se solucionara con más Europa; que la sumisión a las oligarquías se superara con más democracia; que la parálisis institucional se desencallara con menos Estado y más subsidiariedad en los ayuntamientos y entes regionales. Usted sabrá a quien favorece absteniéndose y a quién al de votar, si lo hace.

Macedonia

1. El último informe Eurostat sitúa a España en el octavo puesto con el precio de la luz más alto de Europa. En el sexto lugar en cuanto al precio del gas, con un coste medio por KW un 2,3% por encima la media europea. Según Adicae, el precio de la electricidad en España es un 30% superior al que correspondería por el nivel de renta de los hogares.

2. Dicho por Manuel Arango, multimillonario altruista mejicano de origen asturiano: "El vigor de la sociedad civil de los Estados Unidos emana del convencimiento de que los ciudadanos son los creadores del Estado. En cambio, la herencia colonial implantó en México la mentalidad de que el Estado es anterior a la voluntad ciudadana de organizarse y, por tanto, a ésta sólo le queda obedecer". Si se aplica la comparación en Catalunya-España y al proceso actual, se entenderá que detrás de la emancipación hay un proyecto de organización social diferenciada.

3. Ya cansa la persistencia del PP y su ministro de Interior de endosar al independentismo cualquier incidente violento y adjudicarle supuestas instrumentalizaciones. Es patético el intento de criminalizar la presencia de Maragall en un gesto que tiene mucho de estratégico (reencuentro estructural del republicanismo y la socialdemocracia) y poco de coyuntural. Y desesperada e increíble es la acusación a los mismos de los incidentes de Vilanova (según Espadaler buscados por el servicio de seguridad de Montoro).

Señor Fernández, todos vimos en la televisión banderas anarquistas y pancartas anti-desahucios. ¿No será que ustedes quieren ignorar la revuelta social bajo la estelada? Si así fuera, las calles de Madrid, el último año se han llenado muchas veces de independentistas peligrosos.
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