Paisaje político tras el 9N

16 de noviembre de 2014 (12:42 CET)

El llamado proceso participativo que organizó la Generalitat el 9N ha sido analizado desde prácticamente todas las perspectivas posibles. Sobre el hecho en sí mismo resulta poco interesante reincidir, en tanto en cuanto cualquiera ha adoptado una posición sobre cuál es su significado y trascendencia.

Una semana más tarde, el paisaje político al que nos enfrentamos no dista del anterior, salvo por lo que se refiere a una cierta relajación de las tensiones que la celebración acumuló en partidarios y detractores.

Artur Mas parece dispuesto a encabezar una lista autonómica de los partidarios del sí a la independencia capitalizando el alto nivel de movilización que la consulta supuso. Es obvio que le devuelve a ERC y a su líder Oriol Junqueras los adelantamientos que el dirigente independentista le había propinado en los últimos meses. Son varios los expertos en sociología electoral que consideran hoy a ERC y a CiU vasos comunicantes del voto con perfil soberanista. De ahí que el tacticismo de unos y otros alcance un grado de sublimación próximo al paroxismo.

 
Ahora es Mas quien vuelve a marcar la agenda y el calendario

El presidente catalán se presenta como el gran vencedor de la consulta. La hizo, cumplió su palabra de instalar unas urnas. Desafió al Estado sin quebrar las líneas de lo admisible. En el fuero interno de muchos dirigentes de su partido se celebró, incluso, que la votación estuviera deslegitimada a priori. Sabían cuál era el estado de opinión y la inmadurez del proyecto político que amparaban con esa consulta. Junqueras, en cambio, ha pasado de líder venerado al furgón de cola de la política catalana. Ahora es Mas quien vuelve a marcar la agenda y el calendario. Las urgencias del dirigente republicano están sometidas a riguroso reposo.

En Madrid siguen mirando con distancia los acontecimientos catalanes. Han superado la situación cargándose la validez jurídica y política del 9N y ahora, más sosegadas las aguas, aspiran a reconducir los ánimos mientras llegan las elecciones municipales en 2015. Mariano Rajoy ha dicho en Brisbane (en la cumbre del G20) que viajará a Cataluña, que explicará --con ánimo de convencer, se supone-- los beneficios y virtudes de seguir en España a los catalanes que se han manifestado en contra de que eso siga sucediendo. Sabe, a la vista de los resultados, que estamos donde acostumbrábamos. Queda espacio para la política, viene a decir.

En el mundo empresarial barcelonés no se quieren elecciones autonómicas hasta 2016. Por dos motivos: uno vinculado a la inestabilidad que los procesos electorales añaden a la Administración (que en el caso catalán la bloquearía casi por completo) y otro que tiene que ver con la posibilidad de que ERC pudiera convertirse en la fuerza más votada sin darle tiempo a CiU y a PSC a recuperar su antigua posición de centralidad. Eso también requiere algo de tiempo.

Mientras, formaciones políticas de carácter más radical como Podemos o Ciudadanos parecen mejorar sus expectativas en el mapa político catalán. Ninguna de ellas está por la aventura independentista y son, sin saberlo quizá, las mejores aliadas del PP para defender las tesis de mantenimiento del status quo en lo que se refiere a la morfología del Estado. El partido de Pablo Iglesias, convertido ya este fin de semana en una estructura lista para la batalla electoral, incrementa las simpatías entre una ciudadanía hastiada de la oferta política de los partidos tradicionales. Se presenta como la única oferta creíble para vencer la corrupción individual y sistémica que nuestro sistema democrático ha almacenado durante unas décadas. ¿Cómo? Cortando, supuestamente, de raíz. La misma ilusión de cambio que generó el PSOE en 1982, a decir de muchos.

Si antes del 9N todo adquiría una supersónica velocidad, llegado el día después la desaceleración parece obvia. La recomposición de los partidos, la necesidad de hallar fórmulas de consenso, la voluntad de convencer de la voluntad de regeneración y el resto de cosas que han quedado pendientes no se ejecutan con rapidez, requieren tiempo, no casan bien con las prisas. El paisaje político es el que conocemos, pero su discurrir se antoja ahora enlentecido.
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