Oriol Pujol, el hijo ensimismado

27 de octubre de 2012 (19:23 CET)

La tribu le puede. Se siente más Ferrusola que Pujol y piensa que la familia es antes que el territorio. Representa a un eslabón del nacionalismo, entendido como “estado de ánimo”, según la definición de Isaiah Berlin; pero también desempeña una misión reactiva en el engranaje de la Catalunya que se adentra en el siglo XXI, el momento de la excepción catalana, una atracción más fuerte que la del bucle melancólico.

Salió elegido secretario general de CDC del 16º Congreso, con un apoyo del 97% sobre casi dos mil delegados. Su independentismo no es la causa sino el efecto: “procede de la radicalidad democrática que incorpora el ejercicio de la soberanía”, según sus palabras; toda una prueba de que el pensamiento mágico adultera el análisis.

Oriol Pujol Ferrusola sabe que la Nación es la expresión política del pueblo y, por alguna extraña razón, comulga con la mitología que tan a menudo esconde la federación nacionalista, sobre todo en la versión de la Gestoria (instalada en Madrid por Duran Lleida y Sánchez Llibre). Junto al president Mas, alargó hasta el límite su oferta de consorcio tributario Estado-Generalitat en busca del Pacto Fiscal; después, muerta esta vía, se marcó la segregación como único camino en el horizonte posterior al 25N.

Lleva las riendas de su partido desde el día en que el núcleo duro se escindió en dos: Francesc Homs y Felip Puig entraron en el Govern, mientras que David Madí optó por el sector privado, como presidente del consejo regional de Fecsa. Venimos del marasmo de un Estatut inaplicable, del diktat constitucionalista español y de una crisis económica sin fin.

Catalunya cuenta con una renta per cápita del 110% del promedio europeo, pero destina al gasto público apenas el 70% del promedio UE. Caemos, pero Oriol no afloja; está convencido de que la guerra territorial resucitará la economía.

Pertenece a los jóvenes turcos que han obviado la patria (los sentimientos), dispuestos a levantar la nación (soberanía) y a enaltecer un Estado propio (sujeto de derecho y monopolio de la violencia). Casado y con tres hijos, el Pujol Ferrusola político (uno de los siete hermanos, hijos del entronque Pujol-Ferrusola) es licenciado en Veterinaria y master del IESE.

Vive de lleno su pasión por la política, un veneno de inyección paterna del que fue infectado en el Palau de la Generalitat cuando se movía entre sillas y remedos rodeado de consejeros y directores generales. Ha sido concejal en el Ayuntamiento de Barcelona, director general de Presidencia y Secretario General del Departamento de Trabajo, Industria, Comercio y Turismo.

Hoy, alejado de la burocracia y pegado a la doctrina, bebe en las ubres de la tierra, la misma que, desde una voz cantonalizada, reclama su emancipación de España. Es el hijo ensimismado. Su asesinato ritual edípico es la no vuelta atrás; piensa que los dados ineluctables del destino han empezado a rodar. Su ascenso truncado sobrepasa la púrpura de su apellido.

No es fácil ser el hijo del animal político de la Catalunya contemporánea. Oriol lo ha conseguido aunque, a escasos metros de una meta volante de su carrera, aparecen los demonios del pasado: el caso de las ITV, un escándalo de tráfico de influencias y falsedad documental que implica al virtual número dos de la Diputación de Barcelona, Josep Tous; el subdirector de Seguridad Industrial de la Generalitat, Isidre Masalles, y los empresarios Ricard Puignou, Sergi Pastor y Sergi Alsina.

Aunque Oriol Pujol no está imputado, el sumario está repleto de referencias a la persona que puede proporcionar influencia política a la trama. Un informe de Vigilancia Aduanera sitúa a Oriol Pujol como “cooperador necesario”. El sumario consigna que su esposa, Anna Vidal facturó a Alsina por unos trabajos que el escrito judicial revela sospechosos. El aforado no ha sido citado a declarar. Pero la corrupción de baja intensidad comporta pena de banquillo, alienta al contrincante y confunde a las propias filas.

La Catalunya de Oriol es una transición entre el Freedom for Catalonia (el levantisco ensamblaje de niños de los Prenafeta, Pujol, Subirà y compañía, colgando carteles en plena Olimpiada de Barcelona), la reconquista del Archivo de Salamanca y las imágenes casi simultáneas del 11S y del Camp Nou, el día del derby Barça-Madrid.

La voluntad españolamente rancia de aniquilar nuestra memoria ha fracasado. El memoricidio (un término inventado en Sarajevo por Juan Goytisolo) ya es historia. Sin embargo, Catalunya es hoy un país de sentimientos ahogados en adornos, una sociedad en la que funciona el principio de la carta robada de Edgar Allan Poe: “para camuflar una cosa, póngala usted en evidencia”.

Los gritos de independencia no aniquilan el alma mestiza del país real, que sufre los recortes destinados a impresionar a Bruselas. El derecho a decidir como epígono de la autodeterminación tiene una limitación forzosa en el derecho humanitario. Este último solo admitirá a los estados que respeten la diferencia y el habeas corpus de las culturas en contacto.
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