Oriol Junqueras: la hora del chantaje

30 de marzo de 2013 (16:27 CET)

Es un señor que bebe los vientos por una Catalunya inventada. Oriol Junqueras ha puesto sobre la mesa la virginidad de la palabra independencia, aunque no tiene ni idea de lo mal que estamos. Es de los que viven en la nación y mueren (no siempre) por la patria.

Cruzó el Rubicón; destruyó los puentes de un virtual Neretva (el río que un día interconectó la diversidad de Los Balcanes) y levantó un lecho de flores en el Ebro, cuna de gentes de frontera. Su Kosovo particular, su Catalunya mellada, se asienta sobre una hipocresía destinada a camuflar la intolerancia independentista ante el avance del Derecho Internacional. Cuando él tiende la mano, los conceptos de patria y nación rechazan a su complemento: el Estado. Este último solo será redimido bajo la cuatribarrada, el día en que la Marca pase a ser, ella misma, sujeto de Derecho.

Conoce la vida institucional de la región metropolitana. Nació en el distrito federal, pero es alcalde de Sant Vicenç dels Horts, un municipio que destensa su difícil vecindad al constatar que la “Candelera de Molins de Rei goza de mejor salud que la Mostra de San Vicenç”. Como líder parlamentario, anhela un consenso mayor con el president Artur Mas desde el día en que ambos se vincularon en un pacto de legislatura. Pero su instinto le dice que la calle hará pedazos aquel pacto.

Vive sobre un perfil divisorio. Viene de las guerras intestinas del mundo independentista. Lleva el estigma trabucaire de Esquerra Republicana, un partido que huele a pólvora (Berga) y a cera quemada (Esparraguera); a seminario y a espada de Savalls; a sacristía y a joven montaraz. Un partido que comulga y mata rojos, siempre que sean españoles.

Su combate dialéctico se cobra víctimas a diario en la tangente soberanista. Cuanto más aprieta Junqueras, más se descompone la vertebración creada por CiU, con mucha paciencia y buen tino; y, aunque él no lo perciba, su partido, ERC, se distancia a marchas forzadas de la legitimidad conquistada en los últimos comicios.

Junqueras chantajea a su aliado, un método cainita de resultados imprevisibles. Su calendario romano hunde el pacto de estabilidad al tiempo que su agenda gregoriana ensalza los valores del oasis. Es el doble filo de un chico de ciudad amante de los espacios. Un urbanita transido por el sueño pairalista de la Catalunya rural. Un gregario del Morrot de tierra roja atravesando Guilleries, valles umbríos, fagedes y alzinars. Tampoco es tan fiero el león como lo pintan, aunque, eso sí, lleva la contraria con facilidad. Si Mas-Colell habla de números, Junqueras pone en circulación la federación de municipios por la independencia; si Artur Mas se acerca a Rajoy, Junqueras exige fecha para el irrenunciable Derecho a Decidir.

El líder republicano quiere que la consulta catalana sea anterior a la dulce segregación de Escocia, bajo el manto protector de la corona británica. Tiene prisa por ver cómo capotan las gulas y los lirios en los escudos de armas que señorean todavía la Castilla ensimismada. Pero, aun aplicando el modelo escocés, sabe que aquí no habrá concesiones.

Se acerca un tiempo oscuro. La próxima guerra civil española será digital. No valdrá el fuenteovejunismo; no habrá tiempo de visitar el Jarama y de tomar un fino en el hotel de los toreros de Serrano, todo en un mismo día (como lo hacían Hemingway y Dos Pasos).

Junqueras calienta motores antes de que estallen los brotes de primavera: “El recorte de 4.500 millones de euros que deberá hacer la Generalitat si no varía el techo de déficit equivale a cerrar instituciones básicas y servicios públicos esenciales para Catalunya.

De los 32.000 millones que el Estado recaudó en Catalunya el 2012, solo ha retornado 19.000. Eso significa cerrar TV3 y Catalunya Ràdio; el Parlament; despedir a todos los Mossos d’Esquadra; cerrar el Hospital de Bellvitge, el de la Vall d'Hebron y el Clínic; la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), la Universitat Central (UB) y la de Girona (UdG)”, dijo hace pocos días ante el patio de butacas atónito del Teatro Romea. Nunca más volverá a representarse El alcalde Zalamea (casi mejor, ¿no?). Segismundo desaparece y los personajes de Ibsen se evaporan. El mundo isabelino y los conciertos de cámara se borrarán de nuestra memoria.

Los autos sacramentales de entonces son los mítines políticos de hoy. Junqueras lo sabe y lo desplegó en el Romea, sembrando el miedo como buen Santero de la grey republicana. Estudió Historia en la UB y se doctoró (Economia i pensament econòmic a la Catalunya de l'Alta Edat Moderna) de la mano de su colega y catedrático, Antoni Simón Tarrès.

Su departamento vivió y vive de lleno la interminable disputa historiográfica catalana (romanticismo frente a cientificismo de raíz marxista), especialmente polarizada, durante décadas, en las personalidades de Ferran Soldevila y Jaume Vicens Vives. La Autónoma revivida en los setentas es la heredera vocacional de la Escuela de Los Anales de París y de Pierre Vilar. En sus aulas han destacado figuras, como Jordi Nadal, Maluquer de Motes o Sudrià, un crisol idóneo para el vuelo de Junqueras, pero también el eco contrastado de su escasa huella académica; de su actividad científica menor.

La desmemoria es una patología de la historia. Junqueras la pone en práctica muy a menudo. No hace tanto, en la cota de Santa Magdalena, pronunció una conferencia sobre la Batalla del Ebro, sin citar al general Rojo, “algo así como hablar de Waterloo sin hablar de Napoleón”, escribió el crítico Ayala-Dip. No hace honor a la verdad. Con el expolio fiscal en el centro de su argumentario, Junqueras blande e inflige. Nunca cede. No duerme. Especialmente delante del portavoz de CiU, Duran Lleida, que está seguro de la “clarísima voluntad de reorientar el diálogo con Madrid” y con el Tesoro. Y Duran no miente: el tiempo se acaba para la deuda pública de la Generalitat, una administración que tiene el mercado cerrado.

El futuro incierto entorpece el habla, pero no la del líder republicano. Él mantiene su perfil etrusco. ¿De qué vive Junqueras? ¿No es el Estado expoliador el que le paga su nómina de parlamentario, sus dietas de alcalde o su sueldo de profesor en una Universidad pública?
Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad