Nos ancêtres les gaulois

09 de junio de 2013 (12:03 CET)

Ya me perdonarán mi desviación profesional de historiador pasado por el tamiz de la ingeniería. No puedo dejar de comentar los trasfondos de la polémica entre el Gobierno de Madrid y el de Catalunya a raíz de la visita del President Mas en París. Margallo estaba irritado porque la diplomacia española, que sólo trabaja para la casta del Bernabeu, es incapaz de entender un modelo liberal de acción exterior en red. La más apropiada para un mundo globalizado donde lo que se llevan son las conexiones aleatorias y destinadas sobre todo al intercambio económico, científico y cultural.

Cuando los Estados practican una diplomacia heredada de la época en que no se ponía el sol, donde lo que importan básicamente son las apariencias de influencia, los intercambios militares y el lobbying a favor de los grandes oligopolios públicos o ex públicos, están destinados al más rotundo de los fracasos. La patética arenga de Rajoy sobre el tamaño de los Estados y su influencia es desmentida por todos los rankings donde los estados pequeños de Europa superan en términos relativos a todos los grandes, a los que ceden el protagonismo en el autobombo y la fuerza musculada, mientras ellos mejoran el bienestar de sus ciudadanos y garantizan la prosperidad sin endeudamiento, especialmente los nórdicos.

La otra polémica de analfabeto histórico protagonizada por Margallo apelando al origen pseudocatalán de España, a través de la Marca Hispánica, muestra hasta qué punto hay nervios en los círculos del aparato. La abortada visita al ministro de Defensa francés, que en una próxima ocasión no podrán evitar, y las declaraciones crispadas indican que en Madrid se vuelve a tomar seriamente la bascula francófila de una fracción creciente de las élites catalanas. Desde el pragmatismo demostrado históricamente, la sociedad catalana ha aspirado a tener un Estado que la apoye, no que la extorsione y controle. Situada Catalunya entre dos imperios como el francés y el castellano, como Polonia entre Rusia y Alemania, y Holanda entre Alemania y Francia, ha ensayado sucesivamente la fórmula del protectorado francés, el Estado propio, preferentemente republicano, o la unión en igualdad con el reino de Castilla.

El momento actual, y las últimas encuestas sólo hacen que ratificarlo, ilustra cómo la desafección respecto España crece geométricamente (véase el incidente protagonizado por la caverna mediática de 13TV contra un cantante internacional en español como Dyango). La baraja de cartas en manos catalanas no puede quedar reducida sólo a dos cartas. Una, aceptar de España la confiscación económica, la ruptura social y la pérdida de identidad. Es decir, renunciar al Fuero y el Huevo, Dos, independencia unilateral.

Por ello, el partido francófilo del que soy un firme defensor, con prudencia y dejando las cosas claras, va cogiendo fuerza.
Del por qué le puede interesar a Francia, hablaremos la semana que viene. Vayan pensando qué razones (de tipo económicas, geoestratégicas, culturales) para acercarse a la cuestión catalana pueden tener los auténticos fundadores de la Marca carolingia en terrenos de la península hispánica, los franceses. Una nación de la que Catalunya ha dependido más tiempo que de España.
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