No me fastidie con la sociedad civil..., usted busca clientes, ¿no?

04 de noviembre de 2011 (20:15 CET)

En Catalunya, donde sin ser portugueses ni futbolistas, siempre nos pensamos que somos más ponderados, hermosos y sabios que los demás, acostumbramos a cometer muchos abusos. No me refiero a pensar que el Barça jugará con la excelencia de las últimas temporadas (que también), sino al uso desproporcionado de alguna terminología, como por ejemplo la recurrente apelación a la sociedad civil.

Una sociedad civil emprendedora; una sociedad civil vigorosa, participativa... cuanto adjetivo para un concepto tan etéreo y engañoso. La sociedad civil se definía así históricamente por oposición a la sociedad militar y a la eclesiástica. Pero hoy en día hablar de sociedad civil no tiene más sentido que etiquetar lo que tiene otros nombres, fisonomías e intereses últimos.

Esta misma semana participé como invitado en una sesión de Catalunya, sociedad civil. Se trata de un grupúsculo que se reúne periódicamente a comer en el Cercle del Liceu y que capitanea Jacinto Soler Padró. El conocido abogado tiene una larga historia en este país que los que pintamos canas ya conocemos y quizá sea innecesario repetir. El formato es el de una comida ligera con una veintena de personas.

Cada uno de los asistentes tiene sus cinco minutos de gloria para explicar quién es, qué hace y, como cantaba José Luis Perales, a qué dedica el tiempo libre. Es un puro juego de márketing con el pretexto intelectual de arreglar el país, sin concretar muy bien cuál (ni el país ni el arreglo, para que me entiendan). Tiene interés el abanico de profesionales, pequeños empresarios y, sobre todo, la profunda vanidad que supura en este pequeño circo burgués.

El impulsado por Soler Padró no es el único de estos cenáculos barceloneses que se arrogan su representación de la sociedad civil. Posiblemente, incluso sea el más inocuo. Josep Maria Sanclimens, hombre vinculado históricamente a Banca Catalana y ahora a BGI (le conocí como director general del Banco de Barcelona, cuando aquella ficha bancaria se dedicaba a la gestión de patrimonios), abandera junto a José Vilallonga, uno de los hombres más ricos de esta ciudad y que pone un impresionante ático del paseo de Gràcia de Barcelona como sede, una tertulia apodada Pa amb tomàquet. Ese foro llama a un ilustre como ponente y le pone en la mesa a una quincena de personas del mundo de los negocios, la prensa o la política.

Son dos de los que usan el término sociedad civil para definir lo que no resulta más que un encuentro de puro networking. El intercambio de tarjetas, de relaciones y de encuentros posteriores es lo que hace válido este tipo de reuniones que, so pretexto de resolver el futuro, acaban convirtiéndose en un encuentro más de burguesía inquieta y con ganas de vender sus productos o servicios en el presente más inmediato.

Lo único que de verdad es diferencial en Catalunya no es el vigor de su sociedad civil como pretendidamente algunos señalan. Si acaso, podríamos fijarnos en el asociacionismo. Por ejemplo, el empresarial. ¿Cuántas asociaciones empresariales conocen? ¿Cuántas tienen un mismo interés o motivación en su frontispicio? ¿todas, no? Los empresarios catalanes inventaron la CEOE en 1977 y hace apenas un año la recuperaron para sus intereses. Pero, paradójicamente, siguen disputándose la representatividad empresarial en su propio territorio o sector de actividad. ¿Han oído hablar de Foment, Pimec, Cecot, Fepyme, Foeg, Cepta...?

Es posible que alguien describa eso como vigor de la sociedad civil, pero servidor tiene otra denominación menos condescendiente: reinos de taifas. Al igual que esos cenáculos en los que se aspira a reformar el país desde una perspectiva burguesa y en la que los políticos (siempre que estén ausentes, por supuesto) acostumbran a ser vilipendiados y descritos desde una perspectiva utilitarista, la mayoría de los asistentes que componen ese estrato social bautizado equívocamente lo que quieren en última instancia es vender. Se venden ellos, o venden lo suyo.

Ya saben pura dualidad catalana en estado puro. Por tanto, dejemos de usar el término sociedad civil para marear. Seamos serios, estamos hablando del nuevo muestrario del vendedor de vetes i fils.
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