No habrá cambio de modelo productivo sin cambio de las relaciones laborales

22 de abril de 2014 (18:52 CET)

Sabemos --o al menos así se repite en muchos ámbitos--, que precisamos un cambio de modelo productivo que refuerce y amplíe nuestra base industrial, para lo cual es imprescindible situar la innovación, la formación y la cualificación de las personas en el centro de las preocupaciones y los esfuerzos.

Un cambio de modelo productivo que exige múltiples transformaciones públicas y privadas, entre ellas, cambiar las relaciones laborales que son una rémora. Están pensadas para un viejo modelo productivo dominado por empresas y sectores de bajo valor añadido y para competir en una económica menos abierta y global que la actual.

No habrá nuevo modelo productivo si no somos capaces de cambiar las bases y la filosofía que inspiran la gestión de las personas, y si sus gestores no aprecian la necesidad de cambiar los valores dominantes por otros centrados en la gestión de nuevas formas y maneras de trabajar y de relacionarse en la empresa.

No habrá nueva economía sin unas relaciones laborales que sitúen la búsqueda del conocimiento y la creatividad en el centro mismo de la gestión empresarial.

Es necesario reconocer que cada persona aporta un valor único y diferencial
, base de la motivación para mejorar la cualificación profesional, la innovación y la competitividad.

Se trata de un cambio de modelo productivo que precisa de nuevas formas de flexibilidad interna sustentada en el diálogo y la información sobre la marcha de la empresa a los trabajadores. Nuevas relaciones laborales que faciliten lo que es el principal factor de competencia: la capacidad de anticiparse y responder a los cambios con celeridad y flexibilidad.

Tenemos que desprendemos de la vieja y pesada losa de unas relaciones laborales --que ha extremado la última reforma-- que minusvaloran el papel del trabajo y de los trabajadores en la empresa y estimulan la malsana flexibilidad, basada en el despido y la temporalidad generalizada que ha generado un mercado de trabajo enfermo e impropio de la nueva economía.

Esa que necesita entornos motivadores y orientados a la búsqueda de creatividad, pero que exige mayor, pero también mejor flexibilidad. Son nuevas políticas retributivas relacionadas con los objetivos compartidos, trabajo en equipo e innovación. Justo lo contrario de las formas autocráticas y jerárquicas que rigen la mayoría de nuestros convenios colectivos.

En países como Alemania nos enseñan que sus relaciones laborales pueden representar una clara fortaleza competitiva. Así lo explicaba hace más de una década, el Ministro alemán del Trabajo, Walter Riester, en el Congreso de los Diputados de su país en un histórico discurso el 22 de junio de 2001: “Nuestra Ley Sindical es la norma fundamental de las empresas, la piedra angular del sistema alemán de relaciones laborales. Partiendo del exitoso modelo de participación que tenemos actualmente, debemos elaborar un modelo para el futuro que permita incentivar el diálogo entre los trabajadores y los empresarios ante una nueva situación económica. [...] Estamos convencidos de que quien hoy invierte en la motivación de sus trabajadores y favorece su participación democrática en las empresas estará en un futuro mejor preparado para afrontar nuevos retos económicos”.

Es necesaria la participación sindical en las empresas para ampliar y mejorar la duración de los proyectos empresariales. Algo parecido afirmaba con meridiana claridad Ramón Paredes, cicepresidente de relaciones institucionales de Seat y el Grupo Volkswagen, en los Diálogos de KPMG / Banco Sabadell publicado el 13 de abril por La Vanguardia, sobre los cambios que está viviendo el sector del automóvil en nuestro país: “les debemos mucho y se debe reconocer a los sindicatos que han sabido adaptarse a las nuevas circunstancias y se les debe recuperar para la nueva fase de reindustrialización”.

Diálogo, transparencia, información y participación son pilares necesarios para construir el cambio de modelo productivo que tanto necesitamos.

En una palabra, democracia industrial, la misma que ya reclamaba Marcelino Camacho en los principios de los años 80 del pasado siglo cuando denunciaba las dificultades que existían para que la “Democracia traspasara las paredes de las empresas de nuestro país”.

Es una necesidad pendiente de conseguir en millares de empresas españolas para poder dejar atrás los graves errores y déficits de la economía del pelotazo, del corto plazo y la baja productividad y recolocar la industria, revalorizar el capital humano y modernizar nuestras relaciones laborales, una condición sine qua non, para poder mirar el futuro con esperanza.

Joaquim González Muntadas es director de Ética de Organizaciones
Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad