Ni Rajoy ni Mas quieren acabar con la corrupción

27 de noviembre de 2014 (20:00 CET)

Al forzar la dimisión de Ana Mato, el presidente Mariano Rajoy no ha adquirido ninguna especial relevancia en la lucha contra la corrupción. Eso se hace de otra manera, y él lo sabe. Si defendió a la ex ministra con motivo del escándalo del ébola, ahora con la complicación del caso Gurtel no podía darle continuidad de ninguna manera política inteligente. Consecuencia, la sitúa en el paredón como ejemplo de una firmeza que nadie se cree a estas alturas.

Las sospechas de irregularidades y los escándalos de corrupción salpican la vida española de una manera espantosa. El nivel de latrocinio al que ha sido sometido el sector público por parte de una clase política malacostumbrada es un fenómeno que inquieta, pero no la principal preocupación. Lo peor es la desconfianza que eso genera en la ciudadanía, algo que no se resuelve con la dimisión de una ministra, un consejero o un concejal. Recuperar la confianza es un proceso largo, generacional me atrevería a señalar.

 
Todo lo que hacen es igual de cosmético, inservible e ineficaz para generar confianza en una hastiada opinión pública

La cosmética no es siempre útil para la política. En Cataluña, por ejemplo, el partido que gobierna lo intenta de manera permanente con los asuntos que le afectan en materia de corrupción. Que no son pocos, dicho sea de paso. Aún están presentes los ecos de aquella gran cumbre contra la corrupción que convocó Artur Mas cuando su partido ya tenía la sede embargada y el entonces secretario general, Oriol Pujol Ferrusola, aún se pavoneaba de ser un ciudadano tan limpio y señorial como los demás.

El presidente catalán es un experto en puestas de escena, lleva acumuladas unas pocas en estos años de aparente gobierno y real desgobierno. Pero la de la corrupción superó muchas otras fantasmadas porque estuvo concebida sólo de cara a la galería, ya que ni tuvo efectos políticos ni sirvió para nada. Algo similar a lo que parece que será el espíritu de la comisión de investigación del parlamento catalán sobre el caso Pujol.

Se antoja otra charlotada sin interés político ni ciudadano. Con una docena de todos los personajes descartados por los partidos para comparecer sería suficiente para escribir la verdadera historia de las cloacas de la política catalana durante tres décadas. Y eso que David Fernández, el chico de la sandalia en la mano contra Rodrigo Rato, es el supuesto animador del instrumento político.

Lo de Rajoy y Ana Mato era insostenible y clamaba al cielo. Pero, sin defender las barbaridades del PP cometidas en estos últimos años, aquellos que tienen por saludable hábito comparar lo que pasa en Cataluña con el resto de España con vocación diferencial, tengan en cuenta todos los datos: ni a Mas ni a Rajoy les interesa un pimiento acabar con la corrupción. Todo lo que hacen es igual de cosmético, inservible e ineficaz para generar confianza en una hastiada opinión pública.
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