Necesitamos más 'i minúscula'

28 de mayo de 2013 (21:01 CET)

Un hombre pasea por delante de una obra y pregunta a tres trabajadores que están en ella

-¿que hacéis?
-¿No lo ves? -, le contestó malhumorado el primero de ellos - "estoy rompiendo piedras".
- Me estoy ganando la vida construyendo una cruz de piedra-, le dijo el segundo con actitud resignada.
- Yo estoy construyendo una catedral-, le contestó ilusionado el tercero.

Esta metáfora ilustra la importancia de la información en la actitud de cada trabajador, y es el primer peldaño de la participación y la implicación de la que puede surgir la innovación en los centros de trabajo. Si aspiramos a crecer y mejorar nuestro modelo productivo tendremos que confiar, mucho más de lo que muchas empresas lo están haciendo, en esa fuerza que no se alimenta con grandes recursos y, que hoy, ni está en los Presupuestos del Estado, ni en la mayoría de nuestras empresas.

Tendremos que confiar en la "i" minúscula, esa que forma parte de la tan repetida fórmula: "precisamos más I D i.". Un deseo que a veces se ha convertido en espacio común, pero otras muchas en referencia retórica y vacía, cuando se llevan a cabo políticas públicas de recortes en este campo, o con los débiles esfuerzos que la mayoría de nuestras empresas han venido realizando.

Nuestro futuro está en esa " i " minúscula, que espera ser removida y motivada en todos los departamentos y secciones de las empresas. Esa " i " minúscula que define la innovación como la fuerza y potencia que surge de las personas y de las organizaciones motivadas. Esa fuerza que proporciona saber que se está construyendo una catedral y no solo picando piedra; la fuerza de las personas motivadas que conocen para qué sirve su trabajo y lo desarrollan en un buen clima laboral, donde se sienten valorados y reconocidos.

La innovación precisa de una gestión que haga sentir la importancia de cada persona en la organización o en la empresa, que valore cada singularidad como una fortaleza, que ayude a aflorar los inmensos conocimientos que tiene cada trabajador individualmente y cada grupo, conocimientos que están durmiendo a la espera de que la motivación les despierte y los canalice la participación en el proyecto.

La innovación es creatividad que se promociona sólo desde la confianza, y ésta precisa de información veraz sobre la realidad de la empresa, de sus dificultades y de sus ventajas, de sus proyectos futuros, de las inversiones, de los salarios, de las pérdidas, de los beneficios, de las contrataciones, de las promociones.

Para innovar se precisa algo más que órdenes claras y un salario a final de mes. Por esto muchas de nuestras empresas con su organización del trabajo taylorista y unas relaciones laborales jerarquizadas, cuando no autoritarias, difícilmente podrán esperar que algún día despierte la innovación, porque falta la motivación y la participación de la mayoría de sus trabajadores y trabajadoras en el proyecto, que a igual que el trabajador de la metáfora, no hace mucho más que picar piedra.

Las empresas de éxito, aplanando su jerarquía y transformándose en organizaciones más horizontales y flexibles, demuestran que la fuerza de innovar la tienen las personas inspiradas, implicadas desde un ecosistema que promueve la creación, el trabajo en equipo y la capacidad de compartir ideas, creando espacios comunes de comunicación e intercambio. Por eso, si queremos avanzar hacia un nuevo modelo productivo, es esencial e inaplazable potenciar el diálogo, la participación y los consensos en las empresas. Es fundamental mejorar el clima laboral y superar la desconfianza, hoy tan extendida y presente en las relaciones laborales de muchas de nuestras empresas.

Para despertar esa " i " minúscula que es la innovación, dormida en muchos centros de trabajo y tapada por unas relaciones laborales viejas, no ayuda la última Reforma Laboral que ha reforzado el envejecido "ordeno y mando", ese santo y seña que hace que muchos trabajadores y trabajadoras desde la "rigidez funcional" perciban que no son parte de la construcción de la catedral.

El reto de patronal y sindicatos está en introducir cambios de fondo en nuestro sistema de negociación colectiva que permita convertir a los convenios colectivos en instrumentos útiles
, tanto para la gestión eficiente en las empresas como para que ayuden a remontar la difícil situación que vivimos. Somos conscientes de que muchos de nuestros déficits se explican por la pérdida gradual y constante del valor social del trabajo y de la empresa como centro de gravedad, y por no haber atendido las relaciones laborales como un indicador del modelo económico y productivo que tenemos y que precisan una modernización urgente, para que puedan ser un impulso del cambio que precisamos, sustentado en la participación y la implicación de los trabajadores y las trabajadoras.
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