Nacionalismo e independentismo

25 de agosto de 2014 (19:02 CET)

Frecuentemente asociamos el nacionalismo con el independentismo. Sin embargo, históricamente no ha existido una correlación entre ambos conceptos. El hecho de que recientemente se confunda su contenido me ha llevado a intentar explicar cómo se ha producido este improcedente nexo de unión.

Para ello, realizaremos un recorrido desde los orígenes del nacionalismo a la situación actual. Situémonos pues, en pleno siglo XVIII, en la época de la Ilustración. Diderot y D’Alembert introducen por primera vez el término nacionalismo en la Enciclopedia. Posteriormente, otros autores como Johann Herder, Fitche, Locke o Montesquieu, comienzan a emplearlo en sus obras.

En primera instancia, y pese a la disparidad de teorías sostenidas por los distintos autores sobre el origen del nacionalismo, éste es concebido como algo cultural y revolucionario, propio del movimiento romántico, como un acto de rechazo a la tradición ilustrada y clásica del momento, careciendo de dimensión política.

No obstante, el nacionalismo pronto pasará a convertirse en una cuestión política. La estima y la exaltación de las tradiciones populares, así como la lengua, la cultura, la religión y la historia, serán los ingredientes propiciadores de dicha vinculación. Hay autores, como Ernest Gellner, que señalan que la difusión del nacionalismo pretendía, además, una ruptura de los territorios europeos que se hallaban bajo el control del imperio otomano.

En lo que sí coinciden la mayoría de los autores es que la Revolución Francesa (1789), el triunfo del romanticismo y la Guerra del Francés (1808-1814), que tuvo un gran contenido nacionalista para así salvar al país, han sido elementos primordiales de cultivo y forjadores de la ideología nacionalista.

Asimismo, dentro de esta ideología, distinguimos dos tipos de corrientes nacionalistas: la primera es el nacionalismo de carácter orgánico cuyo pensamiento central radica en que la humanidad está formada por pueblos y no por individuos. Influidos por Herder y Fitche coinciden en que ningún poder externo tiene derecho a imponer sus normas a un pueblo y que todo pueblo, si dispone de un carácter cultural, puede convertirse en estado-nación.

Dicho de otro modo, las naciones preexisten a los estados, pues si un pueblo forja una cultura nacional, éste podrá adquirir la forma de un estado nacional. El segundo tipo de nacionalismo es el que se denomina liberal y centra su protagonismo en el individuo, otorgándole la facultad de formar o no parte de una unidad política definida como nación. Su característica principal es el voluntarismo de los miembros de la comunidad política; adquiriendo un carácter volitivo la pertenencia a la nación. Locke o Montesquieu fueron los grandes influentes en este nacionalismo-liberal.

Paradójicamente, durante los siglos XVIII y XIX casi ningún grupo étnico se convirtió en estado-nación. No fue hasta después de la I Guerra Mundial, concretamente hasta 1918 que comenzaron a crearse estados-nación como Checoslovaquia o Yugoslavia, al calor del discurso de los catorce puntos pronunciado por Wilson.

El objetivo de los primeros estados-nación se concentraba en forjar la identificación de la mayoría de los miembros a su comunidad, siendo la nación una consecuencia del proceso de intensa nacionalización de sus habitantes a través de la escuela, las tradiciones y otros elementos. En estos supuestos, el nacionalismo actúa como una ideología centrípeta o integradora. Las unificaciones de Italia o Alemania son dos claros ejemplos.

Más recientemente, la evolución del nacionalismo ha dado un giro y han comenzado a surgir las naciones que crean o intentan crear nuevos estados. Elementos hasta entonces poco considerados dentro de una región determinada, como la lengua, la literatura o las costumbres y tradiciones o ciertos hechos históricos, han pasado, de la mano de intelectuales, a un primer plano logrando ser muy reconocidos.

Se han forjado así, como base de identidad de una parte de la población (muchas veces minoritaria). Son los nacionalismos centrífugos o disgregadores que, lejos de abogar por un sentimiento unionista, pretenden constituir un Estado propio y preconizar una ruptura. Claros paradigmas de ello los hallamos en Bélgica (Flandes), Reino Unido (Irlanda del Norte o Escocia) o España (Catalunya, País Vasco o Galicia), entre otros.

Por su parte, el origen del nacionalismo español también se suele situar en la época de la Ilustración. Sin embargo, hay quienes lo sitúan en la baja edad media, durante la conquista musulmana, pues en esa época proliferaron los primeros sentimientos de pertenencia a un territorio; apareció un “nosotros” (los cristianos) frente a un “los otros” (musulmanes) que invadieron el reino visigodo. En consecuencia, surgieron las denominadas “brigadas” cuyo fin sería recuperar aquello que era “nuestro”.

Situándonos, nuevamente, en la España Ilustrada del siglo XVIII, Carlos III favorece la expansión nacionalista pues durante su reinado, aplicará una serie de reformas, entre las cuales se incluye la implementación del sistema educativo público; lo que produce una excesiva castellanización. En otras palabras, la Corona de Aragón no se ve suficientemente valorada; hecho que coadyuva la aparición de los llamados “nacionalismos reactivos periféricos” que actuarán frente al nacionalismo español de Carlos III y pondrán en duda su identidad.

Actualmente, en España, el segundo artículo de la Constitución nos habla de la Nación española y de la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran, así como de la solidaridad entre todas ellas. Se aduce a un nacionalismo centrípeto, es decir, entendido en un sentido positivo, sin extralimitaciones en los medios para alcanzar esta convergencia, que hace referencia a un pluralismo político y cultural, así como a una tolerancia entre las regiones o nacionalidades que conforman España, entre las cuales se encuentran Catalunya, el País Vasco y Galicia. Un nacionalismo que se aleja tajantemente del conservadurismo y del independentismo.

Así pues, llegando al final del recorrido histórico, vemos cómo una fracción del nacionalismo ha derivado en independentismo; de aquí la asociación de estos dos vocablos. No obstante, hemos podido comprobar que los orígenes del nacionalismo y su evolución no corresponden en nada con este movimiento rupturista y de fragmentación de estados.

Y es que, a pesar de que algunos se empeñen en negarlo, el nacionalismo disgregador no tiene ninguna cabida en el mundo globalizado de hoy pues, ante la nueva emergencia de actores internacionales, la cohesión y la unión es lo que prima para poder hacer frente y actuar de forma conjunta.
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