Muriel Casals: la roja que apuntaló a Mas

18 de enero de 2015 (00:00 CET)

La semana del quinteto catalán culmina con un acuerdo poco sólido. El president Mas le da un revolcón a Junqueras, en presencia de Carme Forcadell (presidenta de la ANC) y de Josep Maria Vila d'Ababal, ostentoso cavaller de Vidrà, conocido con el alias de visa Abadal por el mal uso de su tarjeta de crédito. Mientras tanto, la quinta persona en cuestión, Muriel Casals, decanta la balanza. La presidenta de Òmnium, barre a favor de Mas con las viejas recetas del eurocomunismo, aquel compromiso histórico de origen, que la hizo roja antes que indepe.

Daguerrotipo: Muriel Casals

Subida en el potro ganador de las subvenciones ideológicas, Muriel apuntala a Mas: elecciones en septiembre, con un pistoletazo de salida ventajista, con arranque el 11 de setiembre. Todo atado a fuer de simbolismo. Pero se les ve el plumero; les delata la misma orla carlista que lucieron los requetés en la lejana comisión Abat Oliba, que presidió Félix Escalas, fiel a la lengua catalana, pero procurador en las Cortes franquistas. Cuando se trata de sentimientos, aparecen concomitancias y rechazos entre soberanistas livianos e independentistas puros. Los roces tribales reblandecen el pacto. Forcadell ha sido durante meses la bisagra entre CiU y ERC, pero este empeño quema; se ha quedado fuera de combate en el momento del acuerdo. Ella ha sido la force de frappe; pero ahora, aunque influya, no lidera.

Cuando se trata de sentimientos, aparecen concomitancias y rechazos entre soberanistas livianos e independentistas puros


Muriel, en cambio, las mata callando; ha hecho gala de un ajuste fino a lo largo del proceso. Occitana de nacimiento (Avinyó), doctora en Economía y ex vice-rectora de la Universidad Central, es una mujer de gesto dulce y palabra seca. Ha hecho méritos para reflotar Òmnium con cargo a las cuantiosas subvenciones (encubiertas o no) de la Generalitat, que entre 2005 y 2010 alcanzaron los 10 millones de euros. Los fondos públicos bajaron un poco por vergüenza torera para volver a subir ante la expectativa del 9N. Y a estos vaivenes, la vicepresidenta, Joana Ortega, los llamó "complejidad y volumen" en unos momentos de dramáticos recortes en sanidad, educación y servicios sociales. Las dotaciones presidenciales para esta asociación cívica, filtradas por diferentes departamentos, son tan complejas que su explicación exige "día y hora de visita", en palabras de Ortega. Pura opacidad. En fin, la plataforma de agitación se lo lleva crudo, mientras que la cultura (¡¡Real Politic, en mayúscula!!) es la estampida de un búfalo ciego con un cartel pegado en el cogote en el que se puede leer "escribir es morir".

Muriel ha jugado un papel cohesionador entre los economistas vinculados al Institut d'Estudis Catalans. Comparte la obsesión de los grandes por el déficit fiscal catalán. Ha abandonado el profesorado por la democracia corporativa que durante décadas ha servido a los nacionalistas para colocar consejeros en las cajas de ahorros y en patronatos dedicados al autobombo. Fue una independentista latente hasta la salida del armario por parte de Òmnium, en un acto celebrado en Santa Coloma de Gramanet, en 2012. Para entonces, el éxito se le había subido hasta pasarse de frenada. Quiso incluso liderar una insumisión tributaria contra el Gobierno de Rajoy, rememorando el histórico "tancament de caixes" de 1899, en la Barcelona del doctor Robert.

A diferencia de lo que ocurre hoy, el Òmnium Cultural de toda la vida nunca fue una organización independentista. Sus fundadores (Millet i Maristany, Joan B. Cendrós, Pau Riera y Joan Vallvé) rechazaron el calificativo de antifranquistas, pero se proclamaron catalanistas amantes del país. El Òmnium añejo, --"però hem viscut per salvar-vos els mots", como dice Muriel apoderándose de Espriu-- sobrevivió a la misma ley de orden público que fusilaba rojos sin remisión. Fue clausurado por el Régimen y devuelto a la vida por Garicano Goñi, aquel gobernador civil de toque amable que entroncó a su familia con gentilicios autóctonos. Los actuales dirigentes de la entidad --Vicent Sanchis, Marc Álvaro o Marina Llansana, entre otros-- no son precisamente emprendedores, son comisarios políticos; ellos definen los valores patrios dentro del círculo de tiza caucasiano.

Muriel se ha reinventado. Representa la larga mano de los izquierdosos de toque soberanista, como el mismo consejero de Cultura, Ferran Mascarell, convertido en símbolo de la animación independentista en el seno del Govern. "Mascarell mantiene la llama cuando las fuerzas de los otros consejeros flaquean", ha confesado Francesc Homs en varias ocasiones. Pero que nadie se engañe, Convergència, la Convergència cóncava de Savonarola (Homs), nunca cederá un ápice a los compañeros de viaje que vienen de la izquierda. Él los llama "los de la piel de plátano", los que invitan al resbalón o empujan al mal paso.

Mas y Junqueras han vaciado las ubres de la vaca y reivindican la representatividad del sufragio frente a la voz censitaria de los intelectuales


El desmoche de la coparticipación entre sociedad-civil y partidos será rápido. El invento catalán ha sido aparentemente indoloro. Pero, de momento, los líderes parlamentarios ya se han llevado por delante a la opinión. Mas y Junqueras han vaciado las ubres de la vaca y empiezan a reivindicar la representatividad del sufragio frente a la voz censitaria de los intelectuales o ante la fuerza menguante de la calle. Por primera vez en su historia, Mas anuncia unas elecciones en las que el primer punto de su partido será la independencia. Emboca su recta final, el fin del pretexto. Ya no será la sociedad la que irá por delante. Ahora le toca a él. O sale el más votado o calla para siempre.

Los del 27 de setiembre serán los comicios de la discordia. Para evitar el desasosiego, la clase política echará mano otra vez de Muriel. La economista arrimará el hombro por el lado de Mas, dejando a Junqueras en la estacada. Posee la sobriedad de los austeros, habla varios idiomas, luce background cultural y es poco partidaria de la declaración unilateral. Aboga por un capitalismo domesticado. Le quedan pocas plumas que defender y acepta que Cataluña no es perfecta porque "aquí también hay una oligarquía extractiva"; même combat.
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