Muere la vieja Caixa, ¡viva la nueva Caixa!

15 de abril de 2014 (12:55 CET)

Isidro Fainé tiene casi completado el asesinato virtual de la antigua caja de ahorros barcelonesa. La institución ha superado múltiples vicisitudes en sus más de cien años de historia. De la entidad fundada en 1904 por el abogado Francesc Moragas Barret con el apoyo de algunas asociaciones económicas y con una clara vocación de reequilibrio social –sus instrumentos eran el ahorro y la previsión– ya sólo queda, si acaso, el espíritu y el linaje financiero que la enlaza con el pasado. 

Entre el hálito fundacional y la fisonomía presente las diferencias son abismales. La ley le ha espoleado a constituir una fundación bancaria propietaria del banco (Caixabank) y un extenso y envidiado holding de participaciones industriales (Criteria) que le faculte a mantener despierta su cara menos glamurosa y a la vez más próxima al ánimo de sus fundadores: la obra social. En cuestión de meses estará rematado todo el proceso.

La fundación bancaria será la segunda más grande de Europa, detrás de una británica. La cartera de participaciones industriales será también la mayor del Viejo Continente, y el banco uno de los más distinguidos del top ten comunitario. Unas magnitudes que en plena constitución de la Unión Bancaria Europea son apreciables para un país cuyo sistema financiero ha saltado por los aires durante la crisis por su nefasta politización; el obligado rescate de algunas cajas; el drama de los desahucios y los productos financieros próximos al timo; y el maldito efecto de todo ello en la solvencia del país y en su financiación.

 
La antigua familia de impositores son hoy clientes, pero sin perder el espíritu fundacional de la entidad

Son muchos los nombres propios en la historia de la entidad que pasarán a los anales. Por diferentes motivos, eso sí. Desde el primer Moragas al franquista Luño Peña (al que se bautizó como Puño y Leña por sus tradicionalistas modales de gestor), los Samaranch, Vilarasau, Fornesa… hasta Fainé. El último de ellos es la comadrona de la nueva hechura de la entidad en un momento de especial convulsión para la banca, los banqueros y los bancarios.

Hubo otros lapsos de tensión. El de los seguros de prima única fue uno de los más épicos, en la etapa Samaranch-Vilarasau. Sin olvidar cada sucesión en la cúpula; etapas con el poder político siempre vigilante, siempre anhelante, dando lugar a un buen número de cábalas entrecruzadas. La irresponsable comercialización de las participaciones preferentes entre clientes han constituido el último susto en una entidad que luego ha sabido retorcer el problema hasta transformarse en una oportunidad para los afectados. Salvo algo parejo ocurrido entre los preferentistas de Unnim-BBVA, la solución aplicada constituye una auténtica particularidad en el mapa financiero español.

Si además en 2014 el grupo, tal y como se prevé, remonta los resultados financieros a la par que asiste al estreno de su nuevo traje, Fainé habrá completado en plena crisis económica un trabajo impecable, reposado y discreto. Será el último presidente de la vieja Caixa y el primer líder de la nueva, una versión mejorada y mejor dimensionada de una iniciativa centenaria que ha demostrado que es falso, erróneo, ese victimismo catalán del que algunos románticos y llorones cuelgan la teoría que alimenta que somos incapaces de hacer buena banca (el caso Banca Catalana y Pujol tienen mucha servidumbre).

La salvaguardia del espíritu embrionario, ese legado inmaterial que ha perdurado una centuria, constituye la mayor aportación humanística de Fainé a la nueva Caixa. Ni los ilustres apellidos que auxiliarán el patronato de la fundación (Slim, Solana, Alierta, Ventura, Alemany…) le harán sombra. Lograr el mix razonable con la modernidad y no perder la solvencia en tiempos de globalización de capitales, personas e información es la aportación del directivo a la historia de una entidad que ha sabido matar como caja de ahorros a la vez que le daba nueva vida como un banco moderno y aún sensible a la sociedad y al tiempo que comparte con sus clientes. Una familia, por cierto, que antes, en la vieja Caixa, eran conocidos y tratados sobre todo como impositores.

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