Miquel Iceta: el Fouché catalán

22 de junio de 2014 (00:00 CET)

Hace dos años, el PSC marró. Se metió en la pendiente de Pere Navarro. Ahora sale del bache con una sobredosis de la misma gangrena interior que le ha derrumbado en las urnas. Se coge al clavo ardiente de Miquel Iceta, el Fouché catalán, aquel genio tenebroso que desempeñó un papel importante en la Revolución, en el imperio napoleónico y también en la restauración monárquica. Fouché se caía siempre de pie y Miquel Iceta no le va a la zaga.

El pasado domingo, Iceta se subió sin esfuerzo a lomos del poder socialista. En menos de 24 horas, se hizo fotografiar junto al alcalde de Lleida, Àngel Ros, y junto a Isidre Fainé, presidente de CaixaBank. Levantó dos portadas en El Periódico y en La Vanguardia. La primera foto era un guiño a la línea de los socialistas soberanistas; la segunda fue un paso hacia la tercera vía de Duran Lleida o, si lo prefieren, hacia la vía Navarra verbalizada por el presidente de Fomento del Trabajo, Joaquim Gay de Montellà. Esta última opción propone modificar un preámbulo de la Constitución que permitiría darle carta de naturaleza a la nación catalana. El mejor atajo para alcanzar el Estado multinacional, concepto inocuo.

Cuando se cumplen 36 años de la fundación del PSC, Iceta promete gestionar con inteligencia el vacío de poder en su partido y la deriva soberanista. Su nombre planeaba sobre el aparato del partido desde que Navarro anunció su dimisión y especialmente desde el momento en el que Núria Parlon, alcaldesa de Santa Coloma de Gramenet, se borró de la carrera sucesoria, en un ditirambo del continuismo puro y duro. Iceta es la garantía de solvencia; el CEO que salvará al PSC de la quiebra técnica antes de que Montserrat Tura inste un proceso concursal laminador.

El Fouché catalán manda en el partido desde 1984 y no encaja en la imagen de renovación que pedían amplios sectores y que sí representaba Parlon. Debajo de él, reina la división: “o encontramos a otro o aceptamos a Iceta como un mal menor”, ronroneó la asamblea socialista. Más allá de Iceta, solo se ha autoproclamado Josep Rueda, un dirigente local de Palafolls (Barcelona), faltado de vergüenza ajena y de los 2.000 avales que son preceptivos.

En los años ochentas recibió el bautizo de fuego en Madrid. Formó parte del microchip de Narcís Serra en la vicepresidencia de Gobierno y dirigió el Departamento de Análisis del Gabinete de la Presidencia. Fue fraile sin haber sido monaguillo. Entró en Moncloa por la puerta grande. Hizo un máster en fontanería política en la mejor etapa de la historia del PSOE y, la verdad, es que ahora esto de Catalunya se le hace cuesta arriba. Levantar el aparato regional es como hacer bolos de provincias en una compañía venida a menos. Iceta se aburre. Le sobra coco, pero no tiene necesidades litúrgicas. Solo quiere estar en el cargo de vicesecretario general hasta el próximo congreso ordinario del PSC, previsto para finales del 2015. Tampoco acepta ser cabeza de lista en las autonómicas plebiscitarias. Por lo visto, es un anti-semiótico del poder. Aunque su web personal contiene un motivo esclarecedor: “Reconstrucción”. Un poco capitán América.

¿Por dónde empezar? La moral de derrota campa a sus anchas en un partido de muñecas rusas, donde cada dirigente “lleva dentro de sí a un sucesor de menor tamaño”, como escribió Enric González . Iceta, un hombre de mirada china y pupila redonda, habla por dentro: “Dejadme hacer”; él sabe que solo el despotismo ilustrado puede salvar la situación. El PSC se fundó para que la gente no tuviera que elegir. La clientela votaba a ciegas; Maragall obtuvo más de un millón de votos en el 1999 y mejoró en 2003; pero Montilla bajó hasta 600.000 y Pere Navarro se quedó en medio millón. La gota que desbordaba el vaso llegó en las europeas del 25-M cuando el PSC perdió la mitad de los votos cosechados en 2009, un 22% menos. El partido ganador se ha convertido en la tercera fuerza. Su nicho electoral pierde por los electores que han escogido a ERC o Iniciativa. Paralelamente, está siendo erosionado por los beligerantes a favor de la consulta y también por los que están radicalmente en contra (Ciutadans).

Cuando la ambigüedad deja de ser un valor, aparece la duda, rasgo supremo del carácter catalán. El PSC está herido casi mortalmente, pasto de una caricatura representada por los Montilla, Zaragoza, Celestino Corbacho o Pere Navarro. Los capitanes del cinturón industrial se han quedado sin galones en la bocamanga. De las dos almas del PSC queda apenas un rastro. Las dos lenguas, las dos formas de entender Catalunya fueron enterradas cuando Iceta trató de vindicar con matices el referéndum del próximo noviembre. La antigua Convergència Socialista, el partido catalanoparlante de militancia acomodada (los Raventós, Obiols, Maragall, Lluch, etc.) daba la mano simbólicamente a la federación del PSOE, periférica, castellanoparlante y montaraz.

Iceta teatraliza la política con cierto desdén. Utiliza el pasado reciente. Está convencido de que la memoria une; ata los cabos sueltos aun después de muertas las tendencias. Su gran prioridad será preparar las elecciones municipales de 2015, en las que los socialistas catalanes se juegan los últimos resortes de poder local. Lanza un guiño a los críticos del partido que amenazan con la ruptura y la creación de otra formación política. Iceta suma. Teje sensibilidades compartidas. Desvela dificultades integradoras. Trata de inocular en el PSOE la propuesta federal plasmada en la Declaración de Granada. Quiere rehacer la cohesión interna en el PSC, golpeado por la peor crisis de su historia. Lleva tres décadas en los puestos de mando del socialismo español y las ha visto de todos los colores, como en el caso Filesa, la financiación irregular probada en sede judicial, que le costó la cárcel a su compañero Josep Maria Sala.

Fouché vivió en palacios más que en barricadas. Hizo la revolución desde arriba y desencadenó la contrarrevolución a base de edictos. Iceta sigue sus pasos. Es más entrista que revoltoso; más espía que matón; más de la Sécurité que de la Lubianka. Mueve resortes con guante de seda. Y, a pesar de su juventud, es el socialista más longevo en el cargo del comité federal del PSOE.
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