Mena, una dimisión necesaria

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03 de septiembre de 2011 (13:38 CET)

El conseller Mena la volvió a liar parda, me decía expresivamente un joven afectado por la última trastada provocada desde el Palau Robert, sede del departamento de Empresa y Ocupación. Y es que aprovechando que las aguas de la actualidad política se remansaban con la llegada del verano, el controvertido conseller emprendió una cruzada contra los presuntos defraudadores de la renta mínima de inserción, una ayuda de supervivencia que se da a las personas que carecen de los recursos mínimos para defenderse.

El resultado de esa acción se desconoce hoy por hoy, ya que Mena advirtió de que aún tardaría un tiempo en poder hacer balance. Los objetivos tampoco se saben con claridad, pues en su comparecencia parlamentaria el conseller no fue capaz de precisar el tamaño de la bolsa de fraude que perseguía y apenas se limitó a esbozar algunas anécdotas, una casuística que más o menos todos conocemos. Lo que sí hemos comprobado con exactitud es que la principal herramienta de esa acción, cambiar la forma de cobro de la RMI de transferencia a cheque, ha durado lo que un caramelo a la puerta del colegio, pues apenas un mes más tarde se ha vuelto al sistema previo. También hemos podido conocer lamentablemente la indignación y el sufrimiento que ha provocado en una buena parte de los destinatarios de esas ayudas, pero quizás esto no estaba entre las preocupaciones más inmediatas de los estrategas del departamento.

¿Un error? Seguramente, no. A estas alturas, y con el historial breve pero intenso que acumula Mena en su gestión, hay que pensar que esta nueva irrupción de elefante en cacharrería no es un accidente sino que forma parte del ADN de su manera de actuar, de su idiosincrasia, un carácter forjado en las aulas de ESADE con las dosis de soberbia propia de estas escuelas de negocios tan altaneras como inútiles a la hora de forjar una generación de líderes empresariales que fuera capaz de anticiparse a la profunda crisis que estamos viviendo.

Dijimos hace ya tiempo que “el presidente Mas tiene una Mena de problema”, jugando con el apellido del conseller y el significado de esa palabra en catalán. Lamentablemente hoy pensamos que ese problema se ha hecho aún más grande y que es hora de que el máximo dignatario del ejecutivo autonómico haga un análisis de si el actual responsable de Empresa y Ocupación suma o resta a su gobierno y que tome las decisiones oportunas pensando en el calvario que aún tiene por delante antes de poder estabilizar las cuentas de la Generalitat. Hoy, difícilmente, Francesc Xavier Mena entraría en el imaginario público de un gobierno de los mejores.

La política, lógicamente, no puede y no debe contentar a todos, pero hay un consenso generalizado en que una vez definida una línea estratégica el arte de la política se basa en la capacidad para generar complicidades y no enemistades, en llevar adelante un programa de gobierno con mano de hierro en un guante de seda y diálogo. El conseller Mena ha logrado en apenas unos meses de legislatura concitar en su contra a todo el espectro político, que le ha recriminado en sus diferentes comparecencias parlamentarias su gestión, y social –empresarios y sindicatos- que se han quejado amargamente de su falta absoluta de empatía para sumar voluntades a los desafíos de su departamentos. Un gobierno “business friendly” no puede tener al frente de su departamento de Empresa a una persona tan incapaz de entender las preocupaciones y necesidades de su target, por emplear un término marketiniano, una especialidad tan querida por el conseller.

El actual gobierno de la Generalitat apenas ha aterrizado. Le quedan aún por delante meses en los que tendrá que ser capaz de transmitir con claridad a la población los problemas a los que se enfrenta, las dolorosas medidas que habrá que adoptar y, sobre todo, generar una complicidad que sólo logrará a partir de la sensibilidad necesaria para entender las dificultades en las que viven una buena parte de los ciudadanos catalanes. En caso contrario, el crédito que le llevó a ganar con nitidez las últimas elecciones autonómicas y que le sitúan aún en el liderazgo político del país puede acabar diluyéndose a una velocidad impensable. La falta de una alternativa política más que una ventaja puede ser una peligrosa distracción.

La medicina que la ciudadanía está tomando en forma de recortes sociales es demasiado amarga cuando se ha sido apenas un actor muy secundario en las causas que han originado la depresión económica en la que estamos instalados. En la suma de excesos que ejemplifica esta crisis, los cometidos por las personas a título individual no son los más exagerados. Probablemente a modo de anécdota algo demagógica, o no, esas a las que el conseller Mena para haberse aficionado, muchos ciudadanos podrían preguntarse por qué en vez de cerrar urgencias en los ambulatorios o buscar defraudadores en la renta mínima no se liquida el inútil Senado, cuya actividad parece a menudo clandestina, o por qué, puestos a reducir gastos, Salvador Esteve, flamante presidente de la Diputación de Barcelona, no ha aprovechado la llegada de los nacionalistas por primera vez al poder en esta sobredimensionada institución `para llevar a cabo un ajuste un poco más serio que el que ha significado reducir de 50 a 45 los asesores políticos a sueldo de este organismo.

Hay, pues, por delante, un largo camino en el que habrá que tomar medidas drásticas, decisiones que afectarán a sectores de la población ya muy castigados, un tiempo para el que se va a necesitar un fuerte liderazgo político y una gran capacidad de persuasión y diálogo que sume voluntades en vez de enervar ánimos y provocar movilizaciones sociales. Mena no parece el hombre adecuado para esta etapa.
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