Medio siglo sin Churchill

12 de diciembre de 2014 (00:00 CET)

En instantes de desfallecimiento democrático uno puede tomarse un complejo vitamínico repasando la vida de Lincoln o considerando que De Gaulle convirtió a Francia en país vencedor después de haber sido territorio ocupado. Son las lecciones del carácter, algo que ha desaparecido no solo de los manuales de política sino, peor aún, de la propia política. Para quien le apetezca, 2015 puede ser un año de cosecha Churchill.

En unas semanas hará medio siglo que Winston Churchill murió, en enero de 1965. Desde entonces, hemos vivido la expansión del imperio soviético y el paroxismo de 1968, la integración europea, la transición democrática en España hasta el desplome del muro de Berlín, la globalización, el atentado del 11-S y la crisis de 2008. Suma y sigue.

Fue orador muy convincente, un gran parlamentario, un aventurero de la política que llegó a ser estadista eminente, un escritor formidable que había aprendido a escribir leyendo Declive y caída del imperio romano. Sus inicios políticos fueron inciertos, pero acabó en la cúspide de una gloria mundial que hoy día solo disfrutan los cantantes de rap. Dejaba un montón de libros escritos, todos aleccionadores de alguna experiencia de la historia humana. Lo dijo: "Las palabras son las pocas cosas que duran siempre". Otra gran lección para aquellos partidarios de que el viento se lleve las palabras.

Cuando Gran Bretaña perdía poder mundial, fue de los pocos que advirtieron que el nazismo iba a alterar la paz


Hombre reacio a las ideologías, parece encajar en lo que se llamaba un conservador One Nation, como Disraeli, un conservador de las sociedades humanas que pretender ser justas, que resuelven la división social, partidario de soluciones concebidas en el centro. Por eso brindaba a menudo. Hitler le llamó borracho y Churchill le venció. Cuando Gran Bretaña estaba perdiendo poder mundial, había sido de los pocos que advirtieron a tiempo que el nazismo iba a alterar la paz europea.

Ahora, a posteriori, es muy fácil dar por seguro que los aliados iban a ganar la segunda guerra mundial, pero cuando el ejército nipón tomó Singapur, Churchill tuvo un momento de desánimo. Aquel mismo día, exiliado en Brasil, el escritor Zweig se suicidó. Churchill creyó en las virtudes del imperio británico y en el libre comercio. Pero no tuvo su mejor momento en la primera guerra mundial, después de haberse hecho famoso con su testimonio de la guerra de los boers. A poco de terminar la segunda guerra mundial, en un discurso histórico, denunció el inicio de la guerra fría, el telón de acero que tardaría largas décadas en desaparecer.

Existe el tópico de las últimas palabras. Aun así, las de Churchill son inolvidables. "Me aburre todo. Pero el viaje ha sido agradable y valía la pena hacerlo, solo por una vez". Conviene brindar saboreando el burbujeo del champán Pol Roger.
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