Marcos de Quinto, el ejecutivo temerario

18 de junio de 2014 (20:12 CET)

El presidente de Coca-Cola en España es un personaje, por simplificar en la adjetivación, singular. Lo conocí personalmente hace unos meses en Madrid y tras algo más de una hora de conversación en su despacho me quedé con el reflejo del ejecutivo independiente y del hombre de negocios moderno, sin demasiadas ataduras.

Ese era un perfil que le beneficiaba transmitir a él y a la organización que representa. Hablamos de los prolegómenos del ERE, de su papel como hombre público de la multinacional en defensa de su marca e imagen y de su amplia y variopinta experiencia internacional. Hubo tiempo incluso para referirnos a su pasión por las redes sociales y por el mundo del motor. No es muy habitual encontrar ejecutivos apasionados por África, sus desiertos y las travesías por sus indómitos paisajes. De Quinto es un buen conversador y un agradable anfitrión con el que el tiempo transcurre a gran velocidad.

Sin embargo, el hombre que ha decidido asumir como propia la imagen y portavocía de la reconversión española del consorcio que embotella los productos del líder de los refrescos se ha mostrado bastante menos agudo en sus últimas actuaciones ante la opinión pública. Por ejemplo, basta con analizar las diatribas que ha lanzado contra los sindicatos y sus estructuras en plena negociación de un ajuste laboral que afectaba a más de un millar de personas.

 
De ninguna manera puede sostenerse que el primer ejecutivo de una multinacional se convierta en un cruzado contra los sindicatos

Quizá piense que le va en el sueldo. Incluso son aceptables algunas reflexiones que realiza, resultan razonables y hasta posibles de compartir. Pero de ninguna manera puede sostenerse que el primer ejecutivo de una multinacional de productos de consumo se convierta en un cruzado contra la representación de los trabajadores. Menos todavía si la reducción de personal no estaba motivada por una ineludible crisis empresarial, sino por la modificación de la morfología interna del holding y de la voluntad, también respetable, de sus accionistas.

Recuerdo que en aquella ocasión en la que conversamos me dijo que Coca-Cola siempre trata bien a sus trabajadores excedentarios. Y entendí que se refería al apartado económico, cosa que parece innegable. Sin embargo, después de la resolución de la Audiencia Nacional cargándose el espíritu del expediente de regulación de empleo, de las llamadas al boicot que ha recibido el grupo y de sus enfrentamientos con sindicalistas y trabajadores del grupo a través de las redes sociales –es decir, a la vista de la opinión pública–, sería presuntuoso por su parte pensar que la empresa que representa les dispensa también un buen trato moral.

Marcos de Quinto es un temerario, se ha equivocado, está harto de mantenerse al frente del cargo que la multinacional de Atlanta le ha encomendado o una pizca de cada razón. En cualquiera de los dos casos, y después de admitir que muchas de sus reflexiones y comentarios en otros ámbitos son de una sensatez extrema, el presidente de Coca-Cola en España debería llevar a cabo un cierto acto de contrición personal. Como mínimo. Lo quiera o no le ha hecho daño a la mano que le da de comer. Y no poco.
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