Mapfre respira, de momento

17 de marzo de 2013 (17:53 CET)

Se relaja la tensión en los mercados de deuda y Mapfre, el grupo asegurador español presidido por Antonio Huertas, respira tranquilo después del trago del pasado año, cuando la prima de riesgo se disparó y saltaron todas las alarmas. No en vano, la dependencia del grupo asegurador de la deuda soberana es manifiesta, con esos casi 17.700 millones de euros invertidos en renta fija de gobiernos y organismos multilaterales, 9.350 en valores de deuda pública española.

Es la gran ventaja y, a la vez, casi la única gran incertidumbre que se cierne sobre un grupo que, si lo comparamos con la mayoría de las empresas con las que comparte el Ibex 35, nada en la abundancia, con ingresos asegurados y una liquidez que es la envidia de todos.

Sus primas no dejan de aumentar –las que pierde en España las recupera fuera–, tiene controlada su deuda financiera en los 1.900 millones de euros, permitiéndose incluso el lujo de cancelar definitivamente sendos préstamos sindicados que vencían en 2013 y 2014 aportando casi 1.000 millones de euros, y su patrimonio neto en estos cinco años de crisis ha crecido por encima del 61% hasta superar los 10.700 millones.

Ventaja es, sin duda, la enorme inversión en renta fija, tanto soberana como de entidades financieras, porque se supone que no hay mejor producto para recuperar la inversión y sus respectivos intereses, pero conviene no olvidar el roto de dimensión considerable que se podría producir en Mapfre si las cosas se ponen como se pusieron el verano pasado, hasta aquel momento en que, a finales de julio, el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, calmó a los mercados con su firme apoyo incondicional para poner a buen recaudo la moneda única.

Ahora, Mapfre vuelve a cotizar en torno a 2,7 euros por acción, pero entonces, cuando la prima de riesgo estaba desbocada y no dejaba de aumentar hasta los históricos 650 puntos básicos (hoy en 347), la acción de la aseguradora llegó a cotizar en 1,26 euros, y su capitalización apenas llegaba a 4.000 millones, la mitad que vale hoy.

De esa cartera de renta fija han desaparecido los 250 millones de deuda soberana griega, pero se mantienen casi 16.800 millones calificados con ‘triple o 'doble B’, según la nomenclatura utilizada por la agencia Standard & Poor’s, tanto de renta fija soberana como de instituciones financieras. Son emisiones con parámetros de protección adecuados y menos vulnerables al incumplimiento de pago que otras más especulativas, pero no exentas de que, ante situaciones adversas financieras, el emisor de esa deuda pueda tener una capacidad inadecuada para cumplir con sus obligaciones de pago.

Las voces entre los accionistas sobre un cambio, no radical pero sí sustancial, respecto al destino de las inversiones no acaban de tener el calado suficiente como para ser tenidas en cuenta, aunque sí se escuchan sotto voce. Y lo hacen en el sentido de que una empresa con la enorme liquidez que genera Mapfre podría disparar sus beneficios, cotización y garantías.

No comprando y vendiendo acciones de una o varios empresas que, como las de Bankia salen como salen, sino tomando participaciones significativas en empresas que generen buenos beneficios, y ocupando puestos de control en ellas, tanto dentro como fuera de España. Tiene margen para hacerlo. De esta manera, las cuentas de resultados de esas empresas consolidarían en Mapfre en la parte que le corresponda por su valor, no por su cotización.

El riesgo dependería del precio de compra y de la propia gestión, algo que evidentmente no ocurre con las mayoritarias inversiones en renta fija ni con la toma de acciones que, en ocasiones, se saldan en un auténtico fiasco. Como esos apenas 11 millones en los que actualmente está valorado el casi 3% de participación que Mapfre mantiene en la nacionalizada Bankia, lejos de aquellos 160 millones que se invirtieron.

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