Maleni y los que viven del cordero

Gonzalo Baratech

27 de junio de 2014 (20:43 CET)

La ex ministra de Fomento Magdalena Álvarez ha dimitido de vicepresidenta y consejera y sale por la puerta de servicio del Banco Europeo de Inversiones. Quién le iba a decir a la ensoberbecida “Maleni” que su mandato en el BEI acabaría de modo tan deshonroso. Hace tres años se postuló para sustituir al líder saliente de la misma institución. Ahora queda compuesta y sin cargos. Pero con un pequeño detalle, no menor, y es que al irse un minuto antes de que la echen, ha puesto a salvo una buena parte de la jugosa prebenda que le paga el banco.

En un país como el nuestro, donde rara vez se conjuga el verbo dimitir, tendría que loarse el abandono de Álvarez. Pero no es el caso. Ha tardado demasiado tiempo en escurrir el bulto y, encima, lo ha hecho exhibiendo un estilo deplorable.

Ya debió marcharse en julio de 2013, cuando la imputaron por los falsos expedientes de regulación de empleo de Andalucía, el mayor saqueo de fondos públicos de la historia mercantil celtibérica. Pero fiel a su estilo chulesco, no solo no cesó en ese instante, sino que propaló a los cuatro vientos que no albergaba la más mínima intención de hacerlo.

Ha dejado transcurrir un año interminable, mientras su situación se iba pudriendo a golpe de diligencias procesales. No parece muy presentable que una entidad como el BEI, cuyos accionistas son los propios Estados, cobije en su máximo órgano de gobierno a una imputada por corrupción. Para mayor escarnio, sobre la ciudadana de marras pesa un embargo de 29 millones de euros, que afecta incluso a la cuenta corriente luxemburguesa donde el BEI le ingresa sus estipendios periódicos.

Álvarez se ha largado lanzando acusaciones contra el PP y el Gobierno, por maniobrar para despojarla del sitial. Quizás olvida que si ha disfrutado de él no es por sus propios méritos, sino porque España y Portugal tienen derecho a designar un miembro en el consejo del BEI y en uso de esa prerrogativa la designaron a ella, pese a su manifiesta incapacidad.

Las chuscas formas de “Maleni” pocas sorpresas pueden deparar a estas alturas de la película
. Durante el lustro que estuvo al frente del ministerio de Fomento dio sobradas muestras de comportamiento tabernario y modales arrabaleros, impropios de una autoridad de su rango.

Cuando ya intuía el desplome socialista en las elecciones generales, se las arregló para que Zapatero la encumbrara “a dedo” al consejo del BEI. Semejante enchufe le ha venido reportando 27.000 euros mensuales, libres de impuestos, por la nada extenuante tarea de calentar la silla del centro de mando una docena de veces al año.

Una canonjía de por vida

Doña Magdalena se va a casa y con ello se esfuma –aunque no del todo– su última mamandurria oficial. Acaba de pedir el reingreso en la Agencia Tributaria, de donde la extrajo en 2004 el presidente andaluz Manuel Chaves para entregarle la consejería de Hacienda de la Junta.

Más como suele ocurrir con la oligarquía política que nos asola, Álvarez no quedará en absoluto desamparada, ni habrá de mendigar limosnas en la boca del metro para poder sobrevivir. En el propio BEI, tiene garantizados 10.000 euros al mes durante tres años.

Y cuando se cumpla ese plazo, como habrá alcanzado la edad de jubilación, seguirá percibiendo una pensión vitalicia de 4.000 euros, compatible con las que puedan corresponderle por sus trabajos en España. Aquí está el busilis del asunto. Álvarez se ha aferrado a la poltrona como una lapa porque en junio se cumplían cuatro años de su permanencia, periodo mínimo para acceder a la pensión. Sólo entonces se ha retirado.

A la vista de este caso, y de otros muchos que me dejo en el tintero, es indudable que los chollos financieros de la camarilla dominante están a salvo de toda asechanza judicial. Por muchas imputaciones y encartamientos que se dicten, los politicastros de este país tienen asegurado de por vida el plato de lentejas, a costa, claro está, de los contribuyentes, eviternos paganos de esta casta depredadora y parasitaria.

Tales episodios me recuerdan la vieja canción “Los que viven del cordero”, de Arthur Kaps, artífice de “Los vieneses” que colmaron las delicias de los barceloneses en los duros años 40 de postguerra. En ella relata la caterva inacabable de chupópteros que subsisten gracias a los humildes borregos:

“El granjero, su señora. El pastor y la pastora. El que afeita, el que esquila. Y un sereno que vigila.

El que cuenta, hace la lana. Y una prima y una hermana. El que luego, con esmero, va con ella al lavadero.
 
Y uno que se llama Paco, que es quien la mete en el saco. Y otro que se llama Antón, que la lleva a la estación.

El jefazo, el secretario, y dos vicesecretarios. El que fue jefazo antes.

Y dos de sus ayudantes.

El que manda en la estación, que se llama don Ramón. El que expende los billetes. El que vende cacahuetes.

El factor y el maquinista. Y un perito electricista. El que pone la etiqueta, el que lleva la maleta.

El que vende confitura, el que el bulto te factura. Y así llega facturado,

a la fábrica de al lado. Y en la fábrica, al llegar, otra vez vuelta a empezar...”

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