Madrid y la España posible

29 de marzo de 2013 (22:25 CET)

Desde hace unos años, empieza a generalizarse en la periferia española el sentimiento de que la excesiva concentración de poder económico en Madrid merma las capacidades de diversas comunidades, y resulta contraproducente para un desarrollo equilibrado y sostenible del conjunto de España. Esta sensación de agravio, hasta hace poco exclusiva de Catalunya, se empieza a oír en la Comunidad Valenciana, Galicia o las Baleares. Y, curiosamente, esto viene a suceder cuando el modelo autonómico, la mayor descentralización en la historia moderna de España, se halla plenamente asentada. La pregunta resulta obvia ante esta sensación de agravio: ¿hay motivo?

Hay motivo. La concentración de las estructuras del Estado en Madrid es extraordinaria, mucho más propia de un país tradicionalmente centralizado como Francia que de un país, como es el caso español, en que históricamente se ha producido, de manera natural, un equilibrio entre sus ciudades y territorios. Hoy, como ejemplo, sólo la Academia Militar en Zaragoza y la Escuela de Práctica Judicial en Barcelona son instituciones del Estado no ubicadas en la capital. La Comisión de las Telecomunicaciones parece que tiene sus días contados en su actual sede de Barcelona.

Hubo unos años en que tuvimos la oportunidad de reafirmar esa vocación plural propia del Estado de las Autonomías, a inicios y mediados de la década de los 90. En esos años vinieron a coincidir en España diversos acontecimientos de especial relevancia: se produce un gran avance en el proceso de globalización; se privatizan empresas públicas; emergen organismos reguladores de nueva creación; y se planifica la mayor dotación de infraestructuras de la historia. A todo ello se une la incorporación de la economía española al Euro, lo que favorece la consolidación de multinacionales españolas, especialmente en el ámbito de la prestación de servicios públicos.

Indiscutiblemente, la globalización económica favorece la concentración de poder. Veamos, sencillamente, lo sucedido con los mercados bursátiles europeos. Pero a la vez que la globalización es una amenaza para el diseño de una España plural, abre la mayor de las oportunidades...si la política está dispuesta a ejercer un papel a favor del re-equilibrio territorial. ¿Cómo? Pues, sencillamente, ubicando los nuevos organismos reguladores por diversas ciudades; diseñando un mapa de grandes infraestructuras no radial, y sujetando la ejecución de cada actuación a su rentabilidad; favoreciendo que algunas empresas de servicios públicos de reciente privatización ubiquen sus sedes en ciudades distintas a Madrid,... Lo cierto es que no se hizo así y, más bien, parece que desde la política se reforzó la tendencia natural de la globalización a la concentración.

No hay motivo para tanto. Sin duda, en ocasiones, España no ha sabido, o no ha querido, entender el sentido de un Estado verdaderamente plural. Pero, a su vez, es injusto achacar exclusivamente a esas políticas centralizadoras el supuesto atraso relativo de diversas comunidades. Como también es injusto no reconocer el dinamismo del Madrid de hoy, no sólo de las grandes multinacionales que se ubican allí, también de sus muchísimas pimes y empresas de nueva creación.

La responsabilidad de esas tendencias regresivas de algunas comunidades, también deben achacarse a cómo se han gestionado los asuntos públicos en su interior, y a carencias de sus colectivos empresariales. Y, asimismo, se han producido unas carencias relevantes para un desarrollo equilibrado del conjunto del estado, especialmente en lo que se refiere a las relaciones entre comunidades. Veamos un ejemplo: es incomprensible que Barcelona y Valencia no se hallen conectadas por alta velocidad. Pero, me pregunto cómo es posible que durante décadas las relaciones institucionales y políticas entre dos comunidades vecinas, con problemáticas similares y con una ciudadanía que se interrelaciona con toda naturalidad, estuvieran congeladas. Las comunidades geográficamente periféricas tampoco han sabido como articularse y defender sus intereses ante un estado centralista.

¿Es aún factible una España posible? Hace ya años me contaba entre los que indicaba, a los defensores del modelo centralista, que la España que estaban conformando no era sostenible. La posible es la que atiende a un desarrollo más plural y equilibrado de sus partes. La pregunta, hoy, es si aún estamos a tiempo de conformar esa España. Particularmente, creo que no debería ser tan difícil. Claro que poco puede confiarse en esa gran parte de la clase política que debe esperar a una ILP, firmada por millón y medio de ciudadanos, para debatir en sede parlamentaria el drama de los desahucios, o que permanece autista a la exigencia ciudadana por abordar como erradicar la corrupción y construir una democracia mejor. O en esa otra parte de la política que, sin aceptar responsabilidad alguna en el desastre, culpa absolutamente de todos los males al enemigo centralista. O de la mayor parte de un poder económico que, aún hoy, sigue atribuyendo toda la responsabilidad del hundimiento a un estado del bienestar supuestamente desproporcionado.

Pese a todo, confío en que saldremos adelante. Mirando atrás, vemos cómo en situaciones límite emerge un cierto sentido común. Fue el caso de, por ejemplo, la transición española o la creación de la Unión Europea. En ambos casos también ayudó el terror al propio pasado. Por ello, y como ahora hay nuevamente motivos para el miedo, confío en que emerja ese sentido común.
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