Los retos de Pedro Sánchez para 2015 (2)

23 de diciembre de 2014 (00:00 CET)

Quienes vieron el programa Salvados del último domingo serán conscientes de que el líder del PSOE, Pedro Sánchez, tiene un largo camino por recorrer para recuperar el pulso del partido que capitanea y, sobre todo, obtener la confianza mayoritaria de la ciudadanía en unas elecciones.

Durante 2015 pueden producirse varios comicios electorales en España. El único seguro (de momento) tendrá lugar en mayo, cuando los municipios elijan a sus representantes municipales. Los dos partidos tradicionales han perdido el crédito y la confianza que disponían hasta hace unos años los dirigentes de las formaciones políticas. Hoy todo les orbita en contra y el programa televisivo de Jordi Évole fue la prueba más fehaciente de ese estado de cosas. Ni tan solo sus seguidores de toda la vida están dispuestos a apoyar sus tesis salvo, claro está, que las concrete en serio y las sitúe de manera más clara y alejada de la anacrónica estructura de los partidos tradicionales.

Si Pedro Sánchez quiere evitar que Pablo Iglesias le tome el espacio del centro socialdemócrata deberá espabilar. La mayoría de los votantes de Podemos proceden de ese espacio político que el PSOE ocupó en tiempos. Los antiguos apoyos socialistas dudan del partido. También están quejosos de sus máximos responsables por los vínculos con la corrupción y por sus apoyos al centro derecha en determinadas cuestiones que están siendo sometidas a revisión desde Podemos. Incluso por su indefinición con los efectos de la crisis o con el tema catalán, por ejemplo. De hecho, en el programa del domingo Sánchez empezó a aclarar algunas cosas, inició la campaña electoral con claridad: "Ni los de Podemos son tan castos ni yo soy tan casta".

En España nada es igual que antes de la crisis y quienes no entiendan eso tienen un problema. Tanto da que sean dirigentes del Ibex 35 como altos funcionarios públicos, lo que viene en el horizonte político tiene un color distinto, que ni es el azul ni el rojo. Si acaso, por darle pintura, una mezcla cromática de todos ellos con un tono principal todavía pendiente de determinar.

Sánchez es un líder discutido de puertas adentro. Por su juventud e incluso por sus postulados. Una parte de sus críticos le recriminan que tenga algunas posiciones oportunistas, aunque él sea consciente de que sólo de esa manera puede enfrentarse a los nuevos reyes del oportunismo político. La mayor diferencia entre él y Pablo Iglesias estriba en que Pedro Sánchez se define por composición política (dudosa, eso sí) mientras que su primer adversario sólo utiliza la oposición como argumentario programático.

No es malo en las artes de la comunicación y del nuevo paradigma digital. Entiende la importancia del audiovisual, de las redes sociales, de la proximidad a la ciudadanía, pero quizá le falte enfrentarse de cara a las propias estructuras de su partido. A las agrupaciones locales, a los que desde las casas del pueblo controlan ayuntamientos, autonomías o diputaciones. En el próximo 2015 debería romper con algunas inercias y demasiados estómagos agradecidos. Si lo consiguiera en el escaso tiempo que dispone, Sánchez le haría una enorme finta al PP inmovilista de Mariano Rajoy y conseguiría recuperar a los potenciales votantes de Podemos justo unos minutos antes de coger y depositar una papeleta en las urnas. Es obvio que ni será fácil ni sencillo, pero más claro está que si no lo persigue acabará como privilegiado enterrador de un partido con décadas de historia a sus espaldas.

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