Los mega ricos huyen de Artur Mas

15 de mayo de 2015 (20:47 CET)

La pasada semana comenté la fuga de empresas catalanas que se trasladan a otras partes de España, sobre todo Madrid, desertando del infierno fiscal de Artur Mas y sus veleidades independentistas. El presidente de la Generalitat proclamó en su día urbi et orbi que sería business friendly, pero la cruda realidad ha demostrado justo lo contrario.

Mas ha elevado la presión fiscal hasta niveles confiscatorios, se ha sacado de la manga una pléyade de impuestos para sangrar todavía más a los contribuyentes y ha machacado hasta la extenuación a la clase media. A la vez, su Gobierno incurre en crónicos impagos a los proveedores, mientras sigue dilapidando a manos llenas el dinero público en despilfarros demenciales.

El fenómeno de la huida empresarial no es nuevo, pero durante los últimos tiempos se ha acelerado por las enormes incógnitas que encierra el proceso separatista. El dinero es pusilánime por naturaleza y aborrece las incertidumbres. En la duda, practica el sabio consejo de abstenerse, que en este caso se traduce en largarse con viento fresco a latitudes más tranquilas.

Uno de los grupos familiares que ya emigraron a Madrid es el formado por Antonio y Jorge Gallardo Ballart, integrantes del corto y compacto club de los super ricos de Cataluña.

En él figuran, por ejemplo, los prolíficos Roca, fabricantes de los sanitarios del mismo nombre; los Serra, de la aseguradora Catalana Occidente; los Lara, de Planeta y Antena 3; Isak Andic, de Mango; Daurella, reyes de Coca-Cola; Manuel Lao, del consorcio de juego Cirsa; Alberto Palatchi, de Pronovias; los Carulla, de Agrolimen-Gallina Blanca; Grifols, de Laboratorios Grifols; Carmen y Liliana Godia, de Abertis; los Molins, de Cementos Molins; los Puig, de Perfumes Puig; y los Portabella, de Danone.

Un imperio bien trabado

A diferencia de otras sagas, la fortuna de los Gallardo se concentra en manos de sólo dos personas, los hermanos Antonio y Jorge, que se reparten las tareas ejecutivas. El primero administra el copioso patrimonio privado, articulado en torno de Grupo Corporativo Landon, desde sus oficinas de la Via Augusta de Barcelona. El segundo dirige la empresa familiar, los laboratorios Almirall, fundados por su padre, con sede social en Ronda del General Mitre de Barcelona, a corta distancia de calle Muntaner.

Las sociedades de cartera que controlan su acervo privado fijaron su sede en la Villa y Corte, mediante un par de sencillos trasiegos. De antiguo, la familia poseía en Madrid la sociedad Walton, domiciliada en la calle Reina Victoria. En julio de 2012, Walton absorbió la corporación Landon y en el mismo acto adoptó la razón social de la firma absorbida.

El siguiente paso aconteció poco después, cuando las compañías titulares de los paquetes mayoritarios de Almirall pasaron a depender de la holding madrileña. De esta forma, la residencia oficial del imponente patrimonio de los Gallardo pasó sigilosamente a la capital del Reino.

Sus haberes no son moco de pavo ni grano de anís. Veamos unos pocos datos. En 2007 colocaron en bolsa un paquete minoritario de Almirall e ingresaron 520 millones de euros, más otros 370 en concepto de dividendo cobrado poco antes del estreno bursátil. El 66% de Almirall que todavía retienen está valorado en la friolera de 2.000 millones.

También son espectaculares los caudales que remansan en la corporación Landon. Por medio de ella controlan un arsenal de sociedades: la inversora Elitia y la inmobiliaria Alcotas, con activos de 414 y 55 millones; Goodgrower, con fondos propios de 300 millones, gestora de una decena de hospitales y centros sanitarios actuantes bajo el pabellón Vithas; SARquavitae, red de residencias para la tercera edad; y Landon Investment, de capital riesgo, con posiciones en la cadena hotelera Sercotel, el fabricante de grifería Sedal y la panificadora Bellsolà, entre otras.

Los Gallardo no se meten en política. Ellos van a lo suyo, esto es, a manejar y expandir su patrimonio. Si sus caudales se ven amenazados por cuestiones externas o por impuestos exorbitantes, hacen lo que todo el mundo habría hecho, o sea, ponerse a resguardo de la tempestad. Moraleja: con lumbreras como el inefable Artur Mas, apañado va el progreso empresarial de Cataluña.

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