Los magnates de la banca desafían al Gobierno

28 de marzo de 2014 (18:26 CET)

La Asociación Española de Banca quiere nombrar presidente a José María Roldán. Así se propondrá a la asamblea de la patronal, convocada para el próximo 22 de abril. AEB anunció la designación en octubre último. Al minuto siguiente, el ministro de Economía, Luis de Guindos, la criticó en términos muy duros. No le faltaba razón. Acontece que Roldán ejerció durante trece años consecutivos de director de regulación del Banco de España. Es decir, era uno de los máximos mandos del órgano fiscalizador del sistema financiero. Ahora ha dejado la institución, y los propios bancos que estuvieron sujetos a su inspección, han dado en contratarle como líder de su organización empresarial, con devengo de jugosos estipendios. Por dinero baila el mono, que dice el refranero. El fichaje despide un intenso hedor a conchabanza y compadraje.

Nadie duda de la valía de Roldán. Tampoco se cuestionan sus dotes profesionales, demostradas durante su larga etapa al frente del regulador. Lo que resulta chocante, por decirlo con suavidad, es que el vigilante de las entidades pase casi sin solución de continuidad a ponerse a sueldo de las vigiladas.

La irritación de Guindos es comprensible. Los señores del dinero han cometido la indelicadeza de nombrar patrono suyo a un alto funcionario del supervisor. Y, encima, han ninguneado al ministro y le han tratado con un desdén y un desprecio olímpicos.

Nuestro sistema financiero engloba la variada cohorte de intermediarios que prestan servicios en toda España. Pero es fama y razón que en la cúpula del tinglado no se mueve un papel sin la venia de dos plutócratas, Emilio Botín y Francisco González, capitostes respectivos de Santander y BBVA.

Ambos escogieron a Roldán, con el asentimiento lanar del resto de la cofradía. Luego, uno y otro lo han defendido a capa y espada. De nada ha servido el reproche frontal del ministro. El dinero, además de mal patrón, ha evidenciado ser un mal sirviente.

Quién manda aquí

La humillación que los gerifaltes bancarios han propinado a Guindos revela quiénes son los verdaderos amos del país. El Estado se halla a merced de los oligarcas de la pasta, que en última instancia son los que sacan a los Gobiernos las castañas del fuego. Para ello utilizan el consabido artilugio de comprar el grueso de la deuda pública que el Ministerio de Hacienda emite periódicamente, al diabólico ritmo de 600 millones de euros diarios.

Si no fuera por la banca, los bonos, las letras y las obligaciones del Tesoro los iba a comprar Rita la cantaora. El fundador de la casa Rothschild, un avispado judío alemán, expelió hace dos siglos y medio una sentencia demoledora, que hoy cobra plena vigencia: “Si me dan el control del suministro de dinero de un país, me importa un comino quién haga sus leyes”.

Pues en esas andamos. El poder tentacular de las entidades de crédito alcanza de lleno, como es bien sabido, a las formaciones políticas. Todas sin excepción sobreviven gracias a los préstamos que les suministra la banca. Si llegado el vencimiento son incapaces de devolverlos, pelillos a la mar. Las entidades los declaran incobrables, los borran del balance, y santas pascuas. Luego, los prestamistas ya se cobrarán con creces los servicios prestados por todas las vías imaginables.

Ahí queda, para la posteridad, el indulto que José Luis Rodríguez Zapatero concedió, en el último minuto de su mandato, a Alfredo Sáenz, a la sazón número dos de Banco Santander y uno de los ejecutivos mejor remunerados de Europa. Semejante medida de gracia dejó una huella indeleble sobre la gangrenosa corrupción que asola el país.
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