Los Entrecanales pasan del pelotazo a la depresión con Acciona, una empresa política

28 de febrero de 2014 (00:00 CET)

Hay algunas empresas que tienen ADN político. Por ejemplo, Acciona. En su seno se reúne el PP más rancio de Madrid con algunos de los socialistas advenedizos de siempre. Los propietarios, la familia Entrecanales, son conservadores por naturaleza, estirpe y dividendo. Sus ejecutivos son algo más atrevidos y personajes como Pío Cabanillas no tienen ningún tipo de dificultad para pasarse del gobierno de José María Aznar a la empresa privada.

Con Zapatero y las energías renovables los Entrecanales hicieron una apuesta única. Jugaron todo su imperio a los parques de energías alternativas en vez de seguir compitiendo por la construcción, que era su negocio tradicional. El primer ministro socialista jugó fuerte a favor de la energía renovable, pero el gobierno que lo sucedió, del PP en este caso, le ha dado la vuelta a la normativa y a las primas que se percibían por generar electricidad limpia.

De ahí que los Entrecanales, a la vista de las circunstancias, decidieran darle una vuelta a su actividad y apostaran por meterse en la gestión del agua, negocio del que no tenían ningún conocimiento pero que tras alcanzar una pequeña concesión en Extremadura les sirvió como currículum para presentarse en Barcelona a la licitación de las aguas de los catalanes. Con éxito, de entrada, pero con una salida, por empuje de los tribunales, que no está nada clara.

 
Si fueran catalanes dirían que la responsabilidad es de Madrid, pero como son de allí se la echan al Gobierno

Entrecanales ha presentado sus cuentas de 2013 con unas pérdidas que rondan los 2.000 millones de euros. Es una cifra que escuece en los bolsillos de los accionistas, pero además en la arrogancia de sus ejecutivos.

Se jactan de ser grandes, enormes, buenísimos, los mejores del universo, en el agua, la luz, la construcción, el medio ambiente… En lo único que no parecen grandes, a la vista de sus números, es en la capacidad de gestionar con corrección su compañía. Del agua han perdido, por ejemplo, el contrato extremeño ante la justicia y en Barcelona llevan justo el mismo camino. Así, claro, lo lógico es que la culpa sea del adversario. Si fueran catalanes dirían que la responsabilidad es de Madrid, pero como son de allí lo que dicen es que el fallo hay que atribuírselo al Gobierno por cambiar la regulación de las energías renovables, cuya inversión se había convertido en la etapa socialista en una especie de casino.

Entrecanales no es un gran empresario, pero sí un tipo altivo. Como Pío Cabanillas. Ambos forman parte de esa cultura incapaz de hacer grande una compañía sino es mediante el pelotazo fácil, sea en una OPA como la de Endesa o gracias a los tomates que ZP planto en huertas solares y eólicas. Hoy, que toca arremangarse y sacar adelante las empresas con producto, creatividad e ingenio, ni los Entrecanales ni sus chicos de los recados resultan suficientemente válidos para los tiempos que vivimos. Por más que sean los primeros dueños de su grupo de compañías.
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