Los cambios que queremos en Europa

25 de marzo de 2015 (20:15 CET)

La grave crisis económica que ha sacudido nuestro país y al conjunto de la Unión Europea nos ha hecho darnos cuenta de las deficiencias democráticas existentes en nuestras sociedades. La salida económica que se ha dado desde los poderes políticos en España y en la Unión Europea ha demostrado la necesidad de efectuar una profunda renovación democrática de los marcos políticos existentes.

¿Cómo se puede entender que la salida a una crisis derivada de una burbuja financiera y especulativa haya servido para reforzar precisamente a los causantes de la crisis? Las políticas económicas impuestas por los denominados mercados e instrumentadas por la troika han comportado un empobrecimiento de la mayoría de las sociedades, especialmente, aunque no de forma exclusiva, de los países de la periferia de la zona euro. Estas políticas adoptadas por unos poderes con graves carencias democráticas han comportado grandes problemas y sufrimientos en amplias capas sociales y un deterioro del Estado del bienestar, que hasta ahora era el principal referente de las sociedades europeas desarrolladas. Así hemos visto ataques sin precedentes al conjunto de los servicios públicos, un incremento de las desigualdades sociales y el crecimiento geométrico del paro y de la pobreza hasta niveles desconocidos en las últimas décadas.

Estas políticas económicas y sociales han sido impuestas a los varios gobiernos nacionales desde la UE y asumidas por estos sin resistencias, en virtud de una cesión de la propia soberanía que en ningún caso está justificada por los tratados de la UE, y se ha hecho contra los intereses de la mayoría social, mientras sólo se beneficiaban unas minorías vinculadas al capital especulativo y concesional.

Frente a estas políticas antisociales se han dado fuertes movimientos de rechazo, de resistencia social, encabezados por diferentes movimientos sociales, entre ellos por el movimiento sindical. A pesar de todo, es evidente que los momentos de crisis son propicios a estallidos sociales, pero a la vez la propia situación de la gente es de debilidad social, derivada de hechos como el crecimiento del paro, de las dificultades sociales y vivenciales y que afectan a su capacidad de respuesta, y así el descontento va acompañado, muchas veces, de un crecimiento del miedo a actuar y movilizarse.

Pero con capacidad o no de dar la respuesta suficiente la desconfianza social crece frente al poder establecido y contra las instituciones. Se cuestiona cualquier institución política y/o social existente, incluida la totalidad de la clase política o entidades de todo tipos, como los sindicatos, a los que se interpela como responsables de la situación actual, con razón o sin ella. La frase de moda en algunos sectores es que todo se tiene que cambiar y hacer tabla rasa.

La situación es compleja, y en ocasiones puede haber cuestionamientos injustos, tanto por parte de quien los hace, como a quien se le hace. Pero el hecho positivo es que hay un fuerte movimiento dentro de unas aguas que durante muchos tiempos han parecido demasiado estables.

Sin duda hace falta un cambio radical en el marco político y social que comporte gobiernos que cuenten con las necesidades de la ciudadanía como referencia. En este sentido no hay duda que el efecto Syriza ha sido importante como referente en muchos países periféricos. Hay que reivindicar el papel de la diferencia política, de la dignidad y de la política al servicio de la gente y contando con la gente.

Será necesario que los nuevos fenómenos políticos tengan que madurar, separando la facilidad de la demagogia populista de la necesidad de una renovación de la práctica y de los actores de la política. La actual marejada tiene que comportar un cambio radical en las políticas que hasta ahora hemos vivido dirigidas al servicio de los poderosos. Hará falta una necesaria confluencia entre los nuevos actores emergentes junto con otros, que quizás no serán tan nuevos pero que durante mucho tiempo han estado desde la minoría defendiendo la necesidad de un cambio en profundidad y que pueden aportar su dosis de experiencia.

Estamos ante una oportunidad de cambio democrático y que todos nos tenemos que ver interpelados y llamados a participar. En caso contrario, la frustración social podría conducir a consecuencias difíciles de prever y no todas positivas.

El cambio, a tenor de la globalización en que estamos inmersos, es evidente que es un hecho que no tendrá una resolución favorable sólo a nivel nacional. En la actualidad, ningún país europeo en solitario tiene capacidad de enfrentarse al imperio de los mercados. Los mercados se han saltado las normas que imponían las leyes nacionales y ahora navegan sin ningún control. Por lo tanto, un cambio político en profundidad sólo será posible si se da en el ámbito europeo.

En estos momentos, hay muchos que se cuestionan, y con razón, ¿qué Europa estamos construyendo? Es normal que haya que plantearse si nos interesa una Europa que se hace al margen de su ciudadanía, con los costes que esto ha conlleva. Si Europa no se construye al servicio de su ciudadanía dejará de ser un referente válido. Y esto puede devolvernos a una historia, que creíamos ya superada, donde volverán a crecer y a imponerse movimientos ultranacionalistas como es el caso del Frente Nacional en Francia. El futuro europeo está cuestionado hoy, y su futuro hay que imponer que sea, al contrario de lo que ahora ocurre, el de una Europa más democrática y al servicio de sus ciudadanos. O se avanza hacia una Europa más unida social y políticamente, con instituciones plenamente democráticas y representativas, o Europa no tendrá futuro.

En este sentido las palabras del ministro griego de finanzas Varoufakis tienen un significado premonitorio, y no sólo para Grecia:"Cuando vuelva a mi país me encontraré con una tercera fuerza política que no es neo-nazi, es nazi". Lo que explicita Varoufakis es que Syriza es la última alternativa europeísta y democrática en Grecia. En caso de fracaso, quizás sería el turno de la alternativa ultranacionalista, antieuropea y xenófoba de Aurora Dorada. Y esta alternativa puede darse no sólo en el país heleno. Por todas partes crecen formaciones de carácter antieuropeo, claramente nacionalistas y eurófobas, que en caso de transformarse en alternativas con posibilidades de gobierno volverían a situar nuestro continente ante negras perspectivas de confrontaciones.

Hay que remarcar que el embrión de la Unión Europea salió de un ideal político que era acabar con la confrontación entre estados en Europa, creando un ámbito común basado en el bienestar, la cooperación y la libertad, todo ello impulsado en aquella época por la existencia antagónica de los países del Este comunista. Actualmente, sobre todo después de la caída del muro de Berlín, el poder de los mercados, la obsesión y los objetivos mercantilistas dominan la UE, obviando la idea durante mucho tiempo básica de la Unidad Europea. Este abandono del ideal social y político europeo es el que hay que cambiar de forma urgente. El cambio consiste en devolvernos a una idea democrática de la UE, la del modelo de espacio económico y social basado en los principios de la justicia, la libertad, democracia, representatividad y la solidaridad europea, tanto en el interior como en sus relaciones con terceros países.

Este es el camino del cambio que Europa y sus países precisan.

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