Lo que irá del futuro diseñado al real

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12 de junio de 2009 (14:30 CET)

Hay una larga serie de pensadores, que se inicia con la escuela escocesa del siglo XVIII, Ferguson, y que incluye nombres como F. A. Hayek, R. Aron y otros, que han destacado que el futuro deriva de la acción de las personas, pero no de sus designios.

Es obvio que la acción de cada uno tiene impactos y consecuencias, pero son tantos los que actúan a la vez y tan diferentes sus reflexiones, sus medios y sus objetivos, que lo que efectivamente ocurre es algo ajeno a los deseos y metas de los actores. Incluso la férrea voluntad de quien está dotado de poder sobre los demás es incapaz de desviar de forma apreciable la orientación de la colectividad.

Las llamadas de atención frente a la voluntad de determinar la orientación de los países son continuas y crecen con el aumento de la complejidad de las técnicas y conocimientos, con la densidad y movilidad de la población, con la velocidad y amplitud de las comunicaciones y con la interacción continua de personas e instituciones. Incluso en el libro antiliberal de John Gray Misa negra. La religión apocalíptica y la muerte de la utopía, se señalan dos debilidades, una limitación y una rigidez que no sólo previene frente a los grandes diseños de cambio social, sino que postula la renuncia a lo contraproducente, pues, por un lado, “nadie puede llegar a saber lo bastante como para planificar el curso de una economía avanzada” y, por otro lado, “una de las dificultades de la ingeniería social utópica es que no contiene ningún método de corrección de errores”.

La tentación constructivista se ha saldado siempre con fracasos radicales, que no sólo no han logrado sus fines, sino que han comportado pérdidas elevadas en forma de menor crecimiento económico, reducción de libertad y otras carencias. Frente a esa tentación se han alzado explicaciones y advertencias que se han corroborado una y otra vez. Adam Smith, en su Riqueza de las naciones, publicada en 1776, constata y explica: “No son muchas las cosas buenas que vemos ejecutadas por aquellos que presumen de obrar solamente por el bien público, porque, aparte de la lisonja, es necesario a quienes realmente actúen con este solo fin un patriotismo del cual se dan en el mundo muy pocos ejemplos. Lo corriente es afectarlo; pero esta afectación no es muy común entre los comerciantes, porque con muy pocas palabras y menos discursos cualquiera resultaría convencido de su ficción”.

Así, cuando se trata de pensar en lo que hoy se califica de modelo económico es muy claro: “Cuál sea la especie de industria doméstica más interesante para el empleo de un capital, y cuyo producto puede ser probablemente de más valor, podrá juzgarlo mejor un individuo interesado que un ministro que gobierna una nación. El magistrado que intentase dirigir a los particulares sobre la forma de emplear sus respectivos capitales tomaría a su cargo una empresa imposible a su atención, impracticable por sus fuerzas naturales, y se arrogaría una autoridad que no puede fiarse prudentemente ni a una persona ni a un senado, aunque fuera el más sabio del mundo, de manera que en cualquiera que presumiese de bastarse por sí mismo para tan inasequible empeño sería muy peligrosa tan indiscreta autoridad”.

VALORES SUBYACENTES. Siempre hay alguien que se considera capaz de estos empeños y de hecho hay algún ejemplo que sirve como evidencia de que eso es posible. Esparta fue caso de éxito en la implantación de un modelo, el de Licurgo. Sin embargo, es difícil que alguien considere que los valores subyacentes son merecedores de réplica, especialmente en lo que concierne a la necesidad de sustentarse sobre los esclavos, el militarismo, la exigencia de mortalidad infantil y otros aspectos de rigidez. Atenas, que tenía una Constitución más flexible, contó con Dracón, quien diera su nombre para calificar la dureza en aplicación de las normas, pero también con Pericles y otras lumbreras de la humanidad, a las que Esparta aportó ejemplos de heroísmo en grandes dosis y poco más. Lo que no ha sido obstáculo para muchos salvadores de la humanidad o arribistas que han aprovechado el momento para hacerse con el poder. Que fuera en beneficio propio o por altruismo es otra cuestión; lo que es incuestionable es que la energía colectiva supera a la de individuos o grupos, por preparados que estuvieren.

Hoy, en un mundo de colaboración abierta, las personas se relacionan con otras de cualquier parte del mundo para comprar y vender, pero también para aprender juntas, plantearse problemas y aprender a resolverlos. En un enfoque, la economía se califica de Wikinomics (D.Tapscott & A. D.Williams) y se define el comportamiento agregado de las personas como hace J. Surowiecki en el título de su libro Cien mejor que uno. La sabiduría de la multitud o por qué la mayoría siempre es más inteligente que la minoría. La capacidad de estar abierto a los demás, la flexibilidad, la apertura a ideas y conceptos que cambian continuamente y el aprovechamiento de las innovaciones de cualquiera son cualidades específicas de la época, que deben acompañar a los valores empresariales de siempre, como la eficiencia, el compromiso, el cumplimiento de la palabra dada, la resolución de problemas y un largo etcétera que no puede ser alterado significativamente por cambios administrativos o regulatorios.
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