Lecciones de la BBC

27 de marzo de 2015 (00:00 CET)

La prensa deportiva, o sea Marca y sus imitadores, hacen imprescindible desarrollar el acrónimo BBC. Ello no era preciso hasta que la mediocridad periodística tomó los mandos de esa especialidad informativa, hoy convertida en una industria del entretenimiento, con escasísimos oasis de excelencia. Para encontrarlos, recomiendo seguir al profesor José Luis Rojas en Twitter. Hablaremos de la British Broadcasting Corporation. Es decir, de la radio televisión pública británica, que nuevamente ha dado una lección a todos.

Mientras la patética TVE contrata por sus chapuzas a José Luis Moreno y es incapaz de ni siquiera alcanzar la mitad de la audiencia que La Sexta logró la última noche electoral, en Londres han despedido a uno de sus presentadores estrella. Estaba al frente de un programa, Top Gear, que no sólo es millonario en seguidores; también, en el campo comercial. Sus entregas se venden a decenas de cadenas con unos ingresos para el ente público británico de 47 millones de euros anuales.

El chulito se llama Jeremy Clarkson y decidió partirle la crisma a un productor por no se sabe qué razones (en todo caso, la justificación que dio es lo de menos). Este miércoles, el director general de BBC, Tony Hall, le mandó el finiquito acompañado de la deshonra pública: "Todos los empleados deben cumplir unos estándares de decencia y respeto, puesto que no hay reglas distintas en función del rango o éxito comercial". ¡Zasca!

BBC es BBC porque la sociedad que la envuelve es como es. Cada familia del Reino Unido paga 197 euros al año para sufragar el servicio público de televisión, radio y, ahora, Internet. Como abonan un canon exigen calidad e independencia. Aquel grupo de comunicación encarna una de las pocas empresas públicas más escrutadas en el mundo por políticos, reguladores y competidores. Y sin embargo, ejerce su trabajo en la más absoluta soledad.

Los controles no cruzan la fina línea de la intervención o manipulación, pero sus directivos, como otros responsables públicos y políticos, saben que deben respetar al contribuyente. TVE, ni TV3, ni ninguna otra señal española, será nunca como la cadena británica porque nuestra sociedad es decadente: ¿cómo contamos a nuestras sobrinas que el modelo a seguir no es Belén Esteban, que se forra en prime time, sino el ingeniero que trabaja en Mc Donald's?

La intromisión política en el sistema educativo y la irresponsabilidad de los medios, como Marca o Telecinco –e incluso la nuestra propia— hacen, en parte, que en España la BBC sea el acrónimo de Benzema, Bale y Cristiano; o que MSN, en vez de evocar tecnología punta y un modelo empresarial de éxito, se relacione con Messi, Suárez y Neimar (dos de ellos, presuntos evasores fiscales).

En todo el mundo hay gustos, simpatías, pasiones y licencias periodísticas con más o menos acierto. Pero España ha naufragado como colectivo, no porque desvirtuemos siglas de grandes marcas internacionales, sino porque los ciudadanos demostramos empatía, aplaudimos y hacemos la ola a actitudes que en otros lugares próximos se penalizan severamente.

¿Una población atolondrada inculca el respeto suficiente a los directivos de TVE como para guardarse de contratar a Moreno? ¿La vicepresidenta del Congreso habría jugado al Candy Crush en la Cámara de los Comunes? ¿Tomaría sin más el BBVA inglés el control de una caja del Reino Unido que hubiera recibido 14.000 millones del erario? ¿El presidente de la Generalitat conspiraría allí para alterar el orden patronal?... Si España fuera un país serio, es más, si fuera un país, todos ellos acabarían como Clarkson.

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