Las otras vergüenzas de la banca española

08 de enero de 2014 (00:00 CET)

No hay un periodista, escritor o plumífero que se precie que no haya tratado en España sobre las participaciones preferentes que comercializó la banca en tiempos de bonanza. Todos, o casi todos, lo han hecho sobre la caída de cotización de las acciones de Bankia o sobre los desalojos y desahucios que el impago de hipotecas ha producido. Nosotros hemos escrito y casi todos los ciudadanos han opinado sobre ello. Podríamos asegurar que casi sin excepción.

Pero ahora que sabemos tanto sobre la banca, siempre nos olvidamos de sus otras vergüenzas, las más invisibles o las que hemos interiorizado con resignación cristiana. Recuerdo que hace unos años compartí un desayuno con Francisco González, el presidente de BBVA, en la sede central del banco en Barcelona, en plena plaza de Catalunya. El banquero, procedente de la etapa de José María Aznar, se quejaba de que los empleados del BBVA españoles no sonreían, a diferencia del trato amabilísimo que esos mismos empleados en países latinoamericanos dispensaban a sus clientes.

 
BBVA se quedó con Unnim, pero su interés por el territorio catalán es mínimo, y el servicio que presta vergonzoso

González se quejaba de la disposición de los empleados españoles para trabajar. Antes de presidir BBVA y arrebatarle el control del banco vasco a los antiguos ricachones de Neguri había sido un hombre de bolsa. Luego presidió Argentaria, que sí era un banco público con todos sus vicios incorporados. De ahí es probable que le procediera esa visión burocrática y funcionarial con la que se refería a los bancarios españoles.

Llegó a la cima del BBVA en 2000, y hoy casi 14 años más tarde, el banco acumula una parte de los defectos que el presidente criticó antaño con fruición y que atribuía a factores locales y no a errores de gestión. Pasa en la mayoría de su red, pero en especial en Catalunya, comunidad en la que ha asumido de manera reciente la red de oficinas de Unnim. Se ha cargado la marca, ha erradicado su mancha social en el territorio y no queda nada de las antiguas cajas de ahorros de Sabadell, Terrassa y Manlleu. Cierran oficinas con desespero y todo ese proceso lo defienden sus capitostes al asegurar que ha tenido lugar sin despedir a un sólo trabajador. El banco debe haber mantenido el personal pero seguro que eso es lo único que le queda de su personalidad anterior.

Hagan la prueba: intenten pagar en una oficina del BBVA un impuesto de la Agencia Tributària Catalana. Resulta imposible, como lo es hacerlo a través de su aplicación informática en internet. Intenten hacer una gestión en una oficina del banco que no es la suya y verán las dificultades a las son sometidos y, curiosamente, con una sonrisa de oreja a oreja de los bienintencionados empleados.

González se habrá salido con la suya y los empleados del BBVA en España quizá ya sonrían tanto como en América, pero el servicio de su entidad sigue siendo una vergüenza de las que hablamos menos en la prensa, aunque los clientes soporten los costes de servicios inexistentes. Que el presidente del banco tenga una mínima sensibilidad con los territorios en los que opera y que todo lo fíe a una mera sonrisa postiza del cajero del mostrador encaja con el talante del personaje. Aún recuerdo cuando en uno de aquellos desayunos restringidos nos dijo que a él del banco no lo sacaba ni Zapatero ni Luis del Rivero (entonces presidente de Sacyr y loco por tomar el control del banco), que él sólo abandonaría la entidad con las piernas por delante o con una pareja de la Guardia Civil. Toda una declaración de intenciones, tan vergonzante en lo formal como su servicio a la clientela en términos prácticos.
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