Las lecciones del Papa Francisco a los ultramontanos andorranos

06 de abril de 2015 (00:00 CET)

Que la iglesia católica es una institución conservadora e inmovilista en gran parte de su historia no es ningún descubrimiento, ni tan siquiera una idea original. La prueba de que no existen verdades absolutas, sin embargo, la está dando el Papa Francisco. Desde que tomara el primer báculo de esa organización tan cartesiana parece dispuesto a enmendar la plana a quienes ven en el Vaticano uno de los últimos reductos en los que el tiempo se detiene.

Francisco se ha cargado de un plumazo la impunidad bancaria del microestado. A partir de ahora, sus finanzas dejarán de estar protegidas por ese secreto que, más allá de la sábana santa y el misterio de la Santísima Trinidad, protegía la operativa financiera opaca.

En una cena reciente se hacían apuestas sobre cuánto tiempo duraría en el puesto el actual Pontífice. La verdad es que todos somos de una generación que vimos, y vivimos, como Juan Pablo I fue poco más que una exhalación vestido de primer obispo de Roma. Y la memoria establece rocambolescas relaciones.

Esa efectividad que está demostrando el guía espiritual de los católicos es inusual. Con el asunto económico es capaz de moverse con mayor diligencia que otros pequeños estados del planeta que siguen atesorando en el secretismo el primer activo de su actividad económica. 

Andorra debiera tomar nota. Todos sus próceres están desarrollando estrategias para atenuar la imagen de estado bananero que les asalta tras conocerse cómo por sus bancos ha pasado el dinero de la criminalidad internacional organizada para acabar blanqueado como si hubiera sido sumergido en pura lejía. Desde el pequeño principado no dejan de invertir en darle la vuelta a la opinión pública internacional, sea para salvar a los banqueros que tienen sus intereses en entredicho o para evitar que una parte importante del país salte por los aires.

Francisco también se ha cargado una parte del negocio vaticano. Pero al patriarca de la iglesia le ha temblado menos la mano que a los andorranos, por ejemplo. Y eso seguro que las presiones de los lobbies de la jerarquía eclesial no habrá sido menor. Seguro que el Opus Dei no ha estado silencioso entre los pasillos del palacio papal mientras el Pontífice decidía ponerse en línea con los consejos y recomendaciones que la OCDE ha puesto en marcha para evitar los paraísos fiscales y el aprovechamiento que de ellos hacían, no sólo los privilegiados habitantes de las plazas off shore, sino también algunos listillos planetarios que o son criminales o son unos insolidarios tributarios de tomo y lomo. 

Francisco ha dado una lección. Hasta la iglesia puede ser más reactiva que algunos gobiernos y estados en los que la avaricia de sus ultramontanos líderes les lleva a un mantenimiento del status quo insoportable en un mundo global e interdependiente.

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