Las insuficiencias de la estabilización (1)

27 de noviembre de 2013 (23:08 CET)

Con el crecimiento intertrimestral en el tercer trimestre de 2013, la economía española finaliza la cuarta fase de la crisis. Es relevante distinguir las diferentes fases en las que se ha desarrollado la crisis en lugar de considerarla como un período homogéneo. La naturaleza de la crisis ha ido cambiando y, con ella, las políticas económicas necesarias para superarla.

En la primera fase, entre agosto de 2007 y finales de 2008, la crisis tuvo origen financiero y se manifestó como una crisis de liquidez que adquirió el carácter de global tras los acontecimientos de septiembre de 2008. Ya en el otoño de 2008 nadie dudaba acerca de si la crisis tendría efectos reales. Las expectativas de actividad se habían hundido y las estimaciones de pérdidas en los sistemas bancarios se multiplicaban.

Se inició así la segunda fase de la crisis. Llegaron los planes de intervención pública y las políticas de demanda expansivas para estabilizar la actividad y normalizar los sistemas financieros. Se consiguió iniciar la recuperación de las economías aunque no se produjo simultáneamente. Pero el inicio de la recuperación económica cambió la preocupación de las instituciones y de los economistas. El déficit y la deuda de las economías se habían incrementado notablemente lo que planteaba la sostenibilidad de este proceso en algunas de las economías europeas.

Ello fue el origen de la crisis de deuda soberana en la primavera de 2010. Los impulsos fiscales debían retirarse y acometer los planes de consolidación fiscal necesarios para estabilizar la deuda. Ello dio origen a la tercera fase de la crisis, en la que la naturaleza de la misma cambió. Ahora se había transformado en una crisis de deuda.

El agravamiento de las condiciones financieras al final de la primavera y en el verano de 2011 supuso un nuevo desplome de las expectativas que originó una fuerte desaceleración en la última parte del año. Ésta es la cuarta fase de la crisis, que acaba de finalizar la economía española con el crecimiento intertrimestral de la actividad en el tercer trimestre de 2013.

Desde la primavera de 2010 se han aplicado dos planes de consolidación fiscal consecutivos. Sin embargo, estos planes no han cumplido sus objetivos suficientemente. Y ello por varias razones. En primer lugar, porque no han conseguido reducir el déficit público con la celeridad que era preciso. Una buena prueba de ello son los incumplimientos sucesivos de los objetivos de déficit acordados con Europa en 2011, 2012 y probablemente también en 2013. En junio de 2013 el déficit público aún se sitúa en doble dígito (-10,3% del PIB) lo que resulta extremadamente preocupante. En segundo lugar, no se ha conseguido estabilizar la deuda pública. Desde la primavera de 2010 hasta junio de 2013, algo más de tres años, la deuda ha crecido nada menos que 36,5 puntos del PIB y pronto sobrepasará el 100%.

En tercer lugar, tampoco ha conseguido frenar el continuado crecimiento del gasto público. En junio de 2013 se situó en el 48,3% del PIB, una cifra récord. El tamaño del sector público ha aumentado nada menos que 9,4 puntos del PIB desde el inicio de la crisis.

En cuarto lugar, tampoco ha conseguido aumentar el ahorro público. Desde el -5,4% del PIB de la primavera de 2010 resulta previsible que el ahorro público se sitúe en diciembre en el entorno del -5%. Ello tiene una importante implicación: el gasto corriente sigue superando a la totalidad de los ingresos públicos en cinco puntos del PIB.

En quinto lugar, el ajuste no ha sido virtuoso. La literatura económica es concluyente. Para que el ajuste fiscal tenga éxito debe basarse en la reducción del gasto corriente y no en las subidas impositivas o en los recortes de gasto productivo. En España se ha seguido el camino contrario.

Por último, el cierre del déficit de la balanza por cuenta corriente tampoco ha sido virtuoso. La variación de 10,4 puntos del saldo corriente se ha debido a la caída de la inversión de 12,2 puntos. Es decir, el ahorro no sólo no ha contribuido al mismo sino que incluso se ha reducido 1,8 puntos desde el inicio de la crisis.

Ante la incapacidad para frenar el crecimiento del gasto corriente, se han producido continuadas y generalizadas subidas de tipos impositivos, junto a la creación de nuevas figuras tributarias, que han distorsionado el comportamiento de los agentes privados y han hecho recaer todo el peso del ajuste en las maltrechas economías de familias y empresas. Las consecuencias han sido claras. Se ha magnificado el efecto sobre la actividad y el empleo.

La evolución del ahorro de las familias muestra bien el cambio de naturaleza de la crisis y los cambios en la política fiscal desde la primavera de 2010. El ahorro de las familias se situaba en niveles mínimos históricos al inicio de la crisis. En septiembre de 2007 suponía sólo el 6,5% del PIB. A finales de 2009 ya se situaba en el 12,3% del PIB tras su rápida recuperación en 2008 y 2009. Ello respondía al conocido motivo precaución.

Pero desde el inicio de la crisis de deuda, la errónea estrategia fiscal ha conducido a un nuevo desplome del ahorro de las familias que se sitúa actualmente en el 7,3% del PIB, cinco puntos menos que en diciembre de 2009. Es decir, la tasa de ahorro de las familias presenta durante la crisis la forma de una “V invertida” y vuelve a estar en niveles mínimos, exactamente como en la primavera de 2008.

La estabilización económica española tiene el punto débil del ahorro. Con un doble problema simultáneo en ahorro de las familias y el ahorro público, resulta muy difícil que se pueda producir una recuperación intensa y sostenida, de la actividad y del empleo, en la quinta fase de la crisis que ahora comienza.

Es urgente y necesario corregir estas insuficiencias para poder afrontar los nuevos retos.


David Taguas es Director del Instituto de Macroeconomía y Finanzas. Universidad Camilo José Cela
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