La suficiencia de un gobierno, el problema de un país

05 de noviembre de 2014 (00:00 CET)

Los medios de comunicación social con sede en Barcelona, entre otras obligaciones, nos ocupamos de escuchar cada semana al portavoz del Gobierno de la Generalitat, Francesc Homs. A continuación les trasladamos lo sustantivo (las pocas veces que existe) de su discurso.

Los detalles nos los tragamos los periodistas. Nada que decir, va en nuestro oficio y sólo faltaría que con el privilegio profesional que tenemos nos quejáramos de las menudencias. Nada de corporativismo, en consecuencia. Pero con algunos límites, claro. Que Homs hable con suficiencia y desdén hacia la prensa, que le parezca que informar es una obligación que no va en su condición y cargo, al final es un problema para quienes sí debemos hacerlo.

Algunos me dirán que es mejor el busto parlante de Homs que el plasma de Rajoy. Y, fíjense, tengo mis dudas. No entraré a calificar sus competencias, que son de sobras comentadas, sino su actitud ante la prensa. Al consejero de Presidencia y portavoz le parece cada martes su rueda de prensa una especie de toreo --u otra cosa más escatológica y sí permitida en nuestros lares-- con los representantes de la prensa.

Incluso algunos medios de comunicación que son favorables a sus tesis políticas van a tener un problema, porque sus periodistas empiezan a estar cansados de la suficiencia con la que informa de la acción de gobierno. Se nota en el tono y hasta en las preguntas que le formulan, que están cansados de esa visión superlativa que demuestra.

Si el de Homs fuera un caso aislado podríamos olvidarlo. El problema es que ayer el portavoz estaba supuestamente informando de las decisiones que el Consejo Ejecutivo de la Generalitat había adoptado sobre el 9N. Vamos, que con una mano piden a la prensa pública y privada que les ayude a difundir la campaña del butifarréndum y con otra les molesta dar explicaciones. Coherencia, si existe, al mismo nivel que los que reúnen a la prensa ante una pantalla de plasma.

Lo del portavoz, con todo, es una anécdota. La categoría la establece su propio jefe, el presidente Artur Mas. Por ejemplo, cuando en algunas reuniones supuestamente secretas se le escapó ese latiguillo de que hay que engañar al Estado. Suficiencia de chico listo, pulcro y aseado de la clase.

Esa actitud no es aislada, hace tiempo que la transpira en la negociación, en la publicidad y propaganda, en la relación con la sociedad civil. Tiene mucho que ver con el espíritu mesiánico que parece presidir todo lo que emana del área de Presidencia del Govern. Si lo hace el presidente con su poca cintura y experiencia política, cómo no va a trasladarse a sus colaboradores

La lástima es que esa constatación de actitud supremacista, altiva, superlativa, suficiente, incapaz de admitir ningún tipo de objeción a su filosofía, es ahora el principal peso que sostiene el país. Llevamos dos años largos con este gobierno y nada hace sospechar que después del 9N las cosas vayan a ser mejores.

El problema es más profundo, está en la actitud de una parte de nuestras élites, tan extractivas, o tan casta, como prefieran, como las de cualquier otro lado. Por más que se sientan extrañamente legitimadas por una especie de defensa de libertades diferenciales.
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