La responsabilidad de Occidente y el auge yihadista

23 de abril de 2015 (20:36 CET)

No hay duda que el peligro del yihadismo se ha confirmado como una de las principales preocupaciones de la seguridad en los países occidentales. Pero quizás haya llegado el momento de plantearse la responsabilidad que Occidente y muy especialmente EEUU han tenido en el propio nacimiento y difusión de este fenómeno.

No nos remontaremos mucho en la historia de las actuaciones de los países occidentales en el mundo árabe: el tratado Sykes-Pycot de 1916 sobre reparto del próximo oriente entre las potencias coloniales de Francia y Gran Bretaña; la posición occidental en el conflicto árabe-israelí; al colonialismo francés en Argelia; el golpe de Estado en Irán contra el gobierno progresista de Mosaddeq; el apoyo permanente a las autocracias petroleras de Arabia o a las dictaduras del Pakistán. A pesar de que una gran parte de lo que pasa ahora tiene raíces en toda esta historia.

Sólo nos remontaremos al momento de la invasión soviética del Afganistán y su lucha junto con el gobierno marxista contra la insurrección fundamentalista islámica, principalmente contra los llamados muyahidines. Estos insurrectos islamistas encontraron la ayuda de Estados Unidos y de sus aliados, especialmente de Arabia Saudita, con su apoyo económico, y el apoyo logístico del Pakistán y especialmente de sus servicios secretos. El presidente Reagan calificó a los muyahidines, muchos de ellos combatientes musulmanes de otros países, como "freedom fighters", es decir "luchadores de la libertad". Entre estos estaba Osama Bin-Laden, creador de la red de Al Qaeda, fuente del yihadismo actual.

En 2001 después del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, el presidente George Bush inicia la guerra contra el Afganistán, dominado por el régimen talibán, como respuesta a la actuación de Al Qaeda.

Con posterioridad, en mayo del 2003, y dentro de una supuesta guerra contra el terrorismo islámico, Bush decide atacar al Irak de Sadam Hussein, un régimen dictatorial pero laico que nada tenía que ver con el islamismo. La intervención de EEUU y sus aliados provocó en la práctica la desaparición del Estado iraquí. A la vez creó las condiciones, dentro de la descomposición y situación de guerra en un país desestructurado, para la expansión del islamismo radical de una rama de Al Qaeda.

Una situación similar vuelve a darse en Siria en 2011 con el levantamiento contra la dictadura laica de los Assad, y el apoyo que reciben los insurrectos de los aliados de EEUU, las autocracias wahabitas (es decir basadas en doctrinas fundamentalistas islámicas) como Arabia Saudí, Qatar, o gobiernos islamistas como el de Turquía, lo que da lugar a un conflicto armado donde nace y crece el DAESH (el autodenominado Estado Islámico) que ha creado una amplia zona bajo su control en territorio de Siria e Irak, atrayendo voluntarios islamistas de todo el mundo, también de los países europeos.

En el mismo 2011 también se produce  una intervención occidental en Libia que comporta el derrocamiento del dictador Muamar Gadafi, la descomposición del país y la dispersión de gran parte de su arsenal de armamento, que acaba en gran parte en manos de grupos terroristas islámicos del Sahel o del Magreb.

Todos estos conflictos han conllevado no sólo zonas con conflictos armados abiertos, sino la destrucción de las estructuras estatales y sociales existentes y un caldo de cultivo donde se mueven como pez en el agua los movimientos armados del fundamentalismo islámico. Estas zonas de conflicto permiten atraer a gran número de voluntarios hacia la yihad, muchos de ellos jóvenes occidentales con carencias de adaptación en sus países de origen, que se forman ideológica y militarmente en los conflictos árabes y que después son amenazas latentes en el momento de su regreso.

Así pues, podemos ver cómo Occidente, EEUU y los países europeos han sido los padrinos del nacimiento del yihadismo, y asimismo destructores de países árabes, muchos de ellos radicalmente contrarios al fundamentalismo islámico, y que se han convertido en estados fallidos donde se estructura el yihadismo y desde donde prepara su expansión, aprovechando también otras zonas de estados fallidos como Somalia o Yemen.

La expansión del yihadismo que contribuyó a crear Occidente con sus aliados integristas de Arabia y Pakistán afecta, a estas alturas, desde su cuna de Oriente Medio a todo el Norte de África, zonas de Asia y directamente a los países de Europa occidental y a EEUU.

Para comprobar los efectos de la actuación occidental sólo hay que analizar un parámetro: ¿cuál era la situación de las mujeres y de las minorías religiosas a países como Siria o Iraq y cuál es ahora?

En definitiva la actuación occidental ha contribuido a destruir países, que a pesar de ser dictaduras, sin duda políticamente despiadadas, eran países estructurados con sociedades con un estándar de vida equilibrado dentro de la región, y han dejado detrás suyo sólo sociedades destruidas. Han sabido destruir pero han sido incapaces de construir nada de mejor, y han dado lugar a la gangrena del yihadismo. Y no vale la excusa de que el objetivo era acabar con dictaduras crueles, cuando los mismos países occidentales tienen como aliados a gobiernos corruptos y dictatoriales por todas partes; sólo hay que mirar a la propia Arabia Saudita. Y hasta ahora hemos visto cómo en nuestras sociedades se ha vituperado al islamismo, se ha alimentado la islamofobia, pero no se ha visto ningún acto de autocrítica por parte de occidente respecto a su actuación.

Por último, sólo subrayar que quien más sufre, con gran diferencia las repercusiones del terrorismo yihadista son sin ninguna duda las sociedades de los propios países árabes y musulmanes afectados, y las repercusiones en occidente son mínimas a pesar de  que tengan una mayor  repercusión mediática, una prueba más del grado de fariseísmo occidental.

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