La prueba del algodón

19 de septiembre de 2014 (16:52 CET)

Entramos en una semana decisiva en Cataluña porque este viernes se aprueba la Ley de Consultas y dentro de unos días el presidente Artur Mas promulgará el decreto de convocatoria de la consulta. A partir de entonces se verá cuál será la reacción del gobierno español.

Después del resultado negativo del referéndum por la independencia de Escocia, la tentación de los conservadores españoles podría ser menospreciar la iniciativa catalana, ilegalizarla utilizando al TC, para intentar detener lo que es inevitable, que tarde o temprano se consulte a los ciudadanos de Cataluña. Es probable que el PP busque el apoyo del PSOE y de UPyD, que se lo van a dar sin dudarlo. Pero conservadores, socialistas y nacional-populistas estarán cometiendo un grave error.

David Cameron compareció en Downing Street cuando ya se sabían los resultados para declarar solemnemente lo que Rajoy es incapaz de reproducir: “Soy un demócrata. Teníamos la obligación de escuchar la voz de los escoceses”.

Visiblemente aliviado, porque su apuesta fue arriesgada, el primer ministro británico volvió la vista atrás y aseguró que no se arrepentía de “haber dado a los escoceses el derecho a votar su propio futuro” y se refirió a la consulta independentista como “una señal del poder y la vitalidad de nuestra vieja democracia”.

Escuchar estas palabras es un gusto, la verdad. También es cierto que la democracia no se improvisa y que el Reino Unido, a diferencia de España, no tiene una historia marcada por las dictaduras. Ha habido algaradas como en todas partes, porque la historia es conflicto social, nacional y de todo tipo, pero la longevidad de su sistema democrático es irrebatible.

David Cameron en su comparecencia dejó claro que ahora empieza una etapa de negociación que desembocará en un nuevo modelo de reparto del poder y no sólo en Escocia. Nick Clegg, el líder liberal-demócrata aliado de los conservadores y mucho más reacio a los cambios que Cameron, ha dicho que esta votación servirá para “salvaguardar a nuestra familia de naciones para las futuras generaciones”. Fíjense bien en lo que acabo de subrayar, porque esto de la “familia de naciones” es incapaz de pronunciarlo ningún dirigente político español.

Incluso TVE tradujo mal (¿intencionadamente?) las palabras de Cameron en Downing Street cuando hablaba de la historia común de las “cuatro naciones” británicas. La cuatro naciones se convirtieron en la “nación unida”. Los fantasmas superan las fronteras. Y ese es buena parte del problema. La falta de reconocimiento del pluralismo nacional en España.

¿Hubiesen movido ficha los conservadores y los liberales demócratas sin el empuje del SNP y su reto soberanista? Me temo que muy lentamente. La apuesta del SNP no caerá en saco roto. A fin de cuentas, cuando Alex Salmond pidió una revisión de la autonomía de Escocia, lo que planteó es esa devo max que ahora ofrecen estos dos partidos en el Gobierno y, en menor medida, también el partido laborista, que a mi modo de ver no sale muy bien parado de este combate, porque en Escocia el centroizquierda ya está en manos del SNP. Aunque hayan perdido en su apuesta independentista, el SNP y Alex Salmond han ganado una gran batalla. Cuanto más tiempo pase más claro se verá.

El empecinamiento actual de los políticos españoles es estéril y agotador. Negar que la forma de resolver el conflicto existente con Cataluña pasa por convocar al pueblo para que sea consultado, es estar sencillamente enfermo de nacionalismo. De nacionalismo español, claro está.

En el Reino Unido nadie pone en cuestión que en 1707 se unieron dos reinos con características e idiosincrasias distintas. En España, en cambio, los negacionistas sobre lo que pasó en 1714 o bajo el franquismo (ese intento de “genocidio cultural”, como lo denominó Josep Benet) son legión. Está claro que el frame de unos y otros, por decirlo a la manera de Lakoff, el teórico que tanto gustaba a Rodríguez Zapatero, no tiene nada que ver.

La narrativas son importantes porque explican también filosofías políticas. En España los políticos conservadores, socialistas y nacional-populistas de momento no pasan la prueba del algodón. Su narrativa es del siglo XIX. Lo que ha sucedido en Escocia no aliviará para nada ni a Rajoy ni a Pedro Sánchez porque precisamente se convertirá en el gran argumento a favor de la consulta de los soberanistas catalanes: “democráticamente ustedes pueden ganar”, les van a decir. No se asusten, la democracia les ampara. No cabe ninguna duda.
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