La política se deteriora más

16 de enero de 2014 (00:00 CET)

Quedan algunas incógnitas sobre la votación de hoy en el Parlament de Catalunya y todas coinciden en que, en primer lugar, ese voto no tiene efecto práctico y, en segundo, que posiblemente no se darán los dos tercios preceptivos para elevar la petición de consulta al Congreso de los Diputados.

Es un viejo truco de la pradera levantar nubes de polvo para que el enemigo sospeche que se le echa encima un gran ejército. Es decir, que en términos de realidad, la votación que tantas cavilaciones ha costado de hecho tendrá un valor muy aleatorio.

Son nubes de polvo que contribuyen al deterioro de la política como escenario de la vida pública. En pocos días se han acumulado síntomas de ese deterioro. Por ejemplo, la imputación a Oriol Pujol por indicios de cohecho.

Afecta a Convergència y, por extensión a la dinastía mayor del pujolismo. No son un secreto las tiranteces en la coalición CiU. Con la desaparición política de Oriol Pujol --transitoria o permanente-- el ya precario desequilibrio interno de Convergència se hace más acusado. Es la pregunta en todos los conciliábulos, ¿hay alguien que pueda llegar a ser un sucesor consistente de Artur Mas? ¿Quién controla el partido hasta el punto de poder convertirse en el sucesor o en el árbitro de la sucesión?

La abstención de los diputados de la CUP es un trance más de la psicosis antisistema. En el PP abundan los rumores sobre la sustitución gradual de Alicia Sánchez Camacho. Mientras tanto, ERC y Cs siguen al alza. Pero ya se sabe que en toda mescolanza de deterioro y confusión nadie acepta responsabilidades.

 
Seguirá el descrédito expansivo de la vida pública, concentrada en el irrealismo y la mini-política
 
En el PSC, las turbulencias parecen contagiarse, sin que sepamos con qué presencia en el tiempo. El voto descontento con la línea de Pere Navarro puede abarcar a todo el grupo de diputados desafectos, a la mayoría o a unos pocos. Es desproporcionada la dimensión que se le atribuye a ese descontento porque los escaños son los escaños, por mucho que los más propensos a la insumisión estén agitando bien las aguas.

Al final, suenan no más de media docena nombres. El alcalde de Lleida, Àngel Ros, abandona su escaño, después de haber sido en algún momento la persona que había de fraguar un nuevo consenso socialista. La solidez de la conexión entre PSC y PSOE --garantizada a pesar de los votos de hoy-- es crucial en un momento de tanta gravedad para la socialdemocracia que cree en una relación efectiva entre Catalunya y toda España. Es como un juego de sombras, sin nadie que las controle de modo capaz. Un rasgo más de la confusión.
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