La pérdida de mentalidad institucional

11 de julio de 2014 (12:18 CET)

Uno de los rasgos más sobresalientes de los dos gobiernos tripartitos fue sin duda su falta de mentalidad institucional. Podría hacer una larga lista que lo demostraría, empezando por el viaje del vicepresidente (ERC) a Perpiñán y acabando por la presencia del consejero (ICV-EiUA) de Gobernación en una manifestación infectada de personas antisistema.

La falta de esa mentalidad institucional en muchos dirigentes del tripartito fue tan evidente que incluso aquellos que se habían ilusionado con el cambio gubernamental de 2003 se hartaron de la frivolidad con que las izquierdas abordaron sus tareas en el Govern.

En nuestro país se confunde el pensamiento crítico con la sospecha permanente ante la acción institucional. Se pone en duda la legitimidad de las instituciones para tomar decisiones porque hay quien piensa que esas instituciones deben justificar lo que hacen día a día, en una especie de sociedad militante, permanentemente movilizada, que no se conforma con votar en las múltiples elecciones para elegir a sus representantes.

Confunden la metáfora del plebiscito diario que usó Renan para avalar la acción del Estado-nación con votar de verdad diariamente. Es lo que pasa en Venezuela desde la irrupción del populista Hugo Chávez y es lo que plantean Ada Colau y Pablo Iglesias como remedio a la desafección política. Hablan de un empoderamiento militante de la población que revoque lo que sea y cuando convenga, sin límite alguno, si es necesario, como antídoto a los fallos reales del sistema institucional democrático actual.

Las sociedades militantes, auto-organizadas, en tensión permanente, son sociedades que al final se ha demostrado que sucumben bajo el control ideológico de los que dirigen el cotarro. Aunque parezca lo contrario, la minoría militante impone su ley sin ningún tipo de control del conjunto al que dicen interpelar. “Todo para el pueblo pero sin el pueblo”, que es lo que ya propugnaban los ilustrados, a quienes estos “nuevos” revolucionarios reivindican de forma torticera.

Como no existen reglas que regulen, por ejemplo, el quórum necesario para que una asamblea de vecinos pueda tomar decisiones que afecten al conjunto de la comunidad, al final son los militantes, una ínfima minoría, los que deciden por todos. El sistema democrático no funciona así. Las normas y las regulaciones del funcionamiento institucional son infinitamente más exigentes de lo que pueden serlo las asambleas populares. Y además rinden cuentas ante el electorado que les premia o les castiga en unas elecciones libres.

La mentalidad institucional se traduce en actos legislativos para garantizar la justicia y la equidad. No apela a la masa en un sentido abstracto, sino que lo hace de manera concreta, pidiéndole el voto para poder desarrollar un programa político concreto. Los ciudadanos avalan o rechazaban las distintas propuestas mediante el voto y no el repicar de palmas.

Otra cosa es cómo se organiza burocráticamente esa sociedad institucional. Existen modelos muy diferentes en todo el mundo pero la historia ha probado que sólo en los países democráticos el pueblo tiene la capacidad real de revocar lo que considera inadecuado de una manera secreta, en consciencia y en libertad. Las asambleas son a menudo una forma de coacción pública con una evidente falta de garantías de la libertad individual. Y lo mismo ocurre con la libertad de expresión. La camaradería no es para nada una garantía legal.

En el reciente fallo absolutorio de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional sobre el asedio del Parlament de Catalunya se refleja hasta qué punto está en quiebra la mentalidad institucional en España. Pero también en Catalunya, puesto que a la hora de presentar recurso contra esa extraña sentencia, ha puesto a cada partido en su sitio. Parece que los mismo socios que desestabilizaron los dos tripartitos han vuelto a las andadas.

ICV-EUiA votó en contra de presentar el recurso, lo mismo que la CUP, pero eso estaba descontado, y ERC se abstuvo. ¡Caray, no han aprendido nada! Sólo CiU, PSC, PPC y C's (¿es que se añade a los partidos de la "casta"?) estuvieron a favor del recurso. Es un escándalo, desde mi punto de vista, que tres partidos parlamentarios se posicionen en contra de proteger la casa del pueblo que es todo parlamento. Refleja esa falta de mentalidad institucional que deberían tener todos los representantes legales del pueblo. Se puede revocar todo menos la democracia. El asedio del Parlament fue un atentando a la democracia diga lo que diga un juez próximo a IU y por lo tanto a ICV-EUiA.

El fondo argumental de los recursos de Govern y Parlament, y también de la Fiscalía, consiste en considerar el asedio a la cámara catalana, así como las agresiones y vejaciones que sufrieron algunos diputados, como “un ataque” a las instituciones democráticas que no puede quedar impune. La legitimidad estaba dentro del Parlament y no fuera, en la calle, en esa indeterminada masa de personas que se manifestaban legítimamente pero que traspasaron el límite de lo democrático. Lo que los “militantes” pretendían es que el Parlament no pudiese votar normalmente unas medidas legislativas con las que discrepaban.

Para justificar su acción, los 19 manifestantes que fueron juzgados se defendieron con otro argumento: ellos eran el pueblo en marcha mientras que los diputados no eran en verdad la representación institucionalizada de ese pueblo. Lo abstracto frente a lo concreto, lo difuso contra lo que se puede contar a través de los votos. Que el sistema democrático acuse fatiga o incluso que los múltiples casos de corrupción indiquen que algo huele a podrido en las democracias liberales y que es necesario llamar al equipo de limpieza, no legitima a los que dan por sentado que la mentalidad instituciona es algo de lo que podemos prescindir alegremente para substituirla por el autogobierno asambleario.

Los Estados sin esa mentalidad no son Estados. Lo vemos cada día en Siria o en Iraq, donde todo se hunde y nadie tiene garantizada la libertad. No piensen que exagero. Ese será el reto del futuro de la democracia. Entre los reaccionarios que están infiltrados en las instituciones que defienden que manden las minorías económicas por encima de los parlamentos y los “revolucionarios” que defienden la sociedad militante, musulmana o socialista, pero que dirigen los líderes, los demócratas podemos ser aplastados de nuevo, como en los años treinta.
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