La lista para la libertad

28 de noviembre de 2014 (18:42 CET)

 En 1972. Joan Manuel Serrat construyó, con arreglos del maestro Francesc Burrull, un álbum precioso a partir de los versos del poeta oriolano Miguel Hernández, muerto en una prisión franquista el 28 de marzo de 1942, con sólo 31 años. Una de las canciones de ese disco, Para la libertad, se convirtió en un himno, por así decirlo, de protesta en esos tiempos aún oscuros del tardofranquismo. Seguro que se acuerdan de los primeros compases cuando lean la estrofa inicial:

Para la libertad sangro, lucho y pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Aunque Serrat tenga un inconfundible timbre de voz, no canta; más bien “dice” esos intensos versos que escribió el poeta, subrayando cada sílaba para dar alas a nuestra imaginación o, como en este caso, a nuestro compromiso. Con Para la libertad, Serrat avivó un discurso republicano y social de enorme compromiso político pese a la censura de la dictadura franquista. Volvió a repetirlo musicalizando la poesía de Antonio Machado, Rafael Alberti y Mario Benedetti. Bellas letras para el cantor.

Serrat supo convertirse en emblema cuando se le necesitaba, lo que le valió incluso el exilio en 1975, estando de gira en México, al solidarizarse con los últimos condenados a muerte por el franquismo y alabar al mismo tiempo la doctrina de los gobiernos mexicanos de reconocer sólo al legítimo gobierno democrático de la II República española. El régimen le castigó pero él no renunció a sus convicciones. Al contrario, redobló su compromiso cívico.

Comprometerse con la libertad debería ser la norma de todos los ciudadanos y de lo que se denomina sociedad civil, que no tiene nada que ver con la entidad unionista que ha usurpado el concepto. Defender la libertad es harto difícil incluso en regímenes supuestamente democráticos. Las apariencias engañan. Tomen el ejemplo español. En la España de Mariano Rajoy, la libertad está amenazada por la intransigencia de los constitucionalistas y la politización de la judicatura y de los magistrados del TC, convertidos en títeres del ejecutivo en unos momentos en los que, en cambio, deberían haber actuado con sosiego y actitud mediadora. Cuando la política se judicializa es natural que sólo existan víctimas y verdugos.

Dice el amigo íntimo de Santos Rodríguez, el protagonista de la magnífica novela política del también mexicano Héctor Aguilar Camín, La conspiración de la fortuna, que la salvación para los vencidos consiste en no esperar salvación alguna por parte de nadie. En política no se cede sino es ante la fuerza. E incluso así, la obligación de quien cree en la libertad es resistir para poder deshacerse de los yugos. La primera condición para logar salvarse es imaginar la salvación. No hace falta esperar nada, sólo cabe tener determinación y aguante. Y también explicarse para no parecerse al verdugo, que es lo que decía Borges que podía pasarle al condenado.

Para la libertad “sangro, lucho y pervivo”. ¿Podría ser de otra manera para quien defiende la democracia? Los que pertenecen a la sociedad civil y saben mirar de frente al huracán que les amenaza con la destrucción, no tienen otra elección que suscribir esos versos de batalla escritos cuando el hambre acechaba a los combatientes de la Guerra Civil. Los que se arriesgan ahora pacíficamente también lo saben. La libertad reclama a quien la defiende que no le pida nada a cambio, excepto el triunfo de la democracia.

Fue Václav Havel quien escribió que el “elemento fundamental y más legítimo de la democracia es la sociedad civil” y que “los partidos políticos, las instituciones democráticas, sólo funcionan bien cuando extraen su fuerza e inspiración de un entorno civil desarrollado y pluralista y están expuestos a las críticas de ese entorno”. Havel hablaba del rol que debía tener esa sociedad civil en la Chequia postcomunista, pero vale también para otros contextos conflictivos, donde tiembla la democracia, porque la idea de que la sociedad civil aporta pluralismo, más incluso que las tradicionales divisiones ideológicas, enriquece el sistema político.

La propuesta del presidente Artur Mas de promover una lista conjunta entre sociedad civil y personas propuestas por los partidos tradicionales para abordar la convocatoria de unas elecciones plebiscitarias, responde al mismo razonamiento que hacía Havel en el año 2000 respecto a la República Checa. Su intención no era burlar el parlamento o los partidos, como tampoco no es esta la intención del presidente Mas al proponer la hibernación temporal de los partidos políticos.

De lo que se trata con la lista conjunta propuesta por Mas es de canalizar las ansias de libertad de los ciudadanos dándoles un instrumento para influir en lo que pasa a su alrededor. Comprometiéndose políticamente, como Serrat en los estertores del franquismo, para superar el egoísmo partidista y dar rienda suelta a la plasmación de los ideales. “La gente quiere que se le aprecie por lo que aporta al entorno que le rodea” --remata Havel. No le faltaba razón al gran intelectual y político checo. Los enemigos de la sociedad civil son siempre los conservadores:

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.


Ahí está la lista para la libertad.
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