La lejanía de una deseada unidad popular

10 de junio de 2015 (18:56 CET)

Una vez pasadas las elecciones autonómicas y municipales, las fuerzas políticas de la izquierda alternativa se dedican a realizar análisis de sus resultados. Lo cierto es que muchas veces los resultados de algunas plazas emblemáticas no dejan ver el bosque, o la falta de él, que hay detrás.

Es cierto que la izquierda alternativa, en convergencia plena en algunos casos como Barcelona, Zaragoza, A Coruña, Santiago etc., o sin ella como en Madrid, Valencia o Palma o Zamora, ha conseguido buenos resultados.

Pero lo cierto es que la división en el caso de las autonómicas continúa representando un handicap de cara a las generales, especialmente si se quiere presentar una alternativa al bipartidismo dominante.

Ahora algunos, especialmente Podemos e Izquierda Unida, se dedican a pontificar sobre una supuesta y abstracta unidad popular. Unos lo hacen para monopolizar su concepto y otros como "balsa de salvamento ante su naufragio electoral. Pero la realidad electoral nos deja otro panorama mucho más real. En el caso de Podemos, es cierto que ha tenido éxito en las elecciones municipales, fundamentalmente en Madrid y Zaragoza y otros casos menores como Cádiz.

Sin embargo, de la lectura de las autonómicas podemos deducir que su presencia se sitúa con la excepción de Madrid, Aragón y Asturias, por debajo del 15%, y en zonas como Castilla-La Mancha, Extremadura y Cantabria, por debajo del 10%. Se trata de unos magros resultados para presentarse como una alternativa, especialmente si tenemos en cuenta que sus expectativas en solitario en Cataluña, Galicia y Euskadi no son espectaculares.

Porque hemos de dejar claro que por mucho que algunos medios lo tergiversen, ni el resultado de las Mareas Atlánticas ni de BCNencomú son atribuibles a Podemos, que en ambos casos es un participante más i no el principal, donde son más determinantes Anova-AGE, o Ganemos e ICV.

Podemos debe plantearse que la alternativa no se consigue ni en solitario ni con prepotencia. No puede pretender que bajo el paraguas de Podemos se aglutine la pluralidad de las fuerzas alternativas. Hoy la diversidad existe y tiene múltiples expresiones, especialmente en propuestas políticas de importante relevancia en determinadas comunidades: Compromís en el Pais Valencià, ICV en Cataluña, Anova en Galicia, o MÉS en las Illes. Y junto a ellos otros componentes imprescindibles para una alternativa como son Equo o CHA.

En definitiva, Podemos debe bajar de su nube y aterrizar, ya que su principal fuerza y a la vez su debilidad es que aún debe demostrar en la práctica qué es realmente, si una fuerza básica para una alternativa real, o un recambio al papel jugado hasta ahora por Izquierda Unida. Y sus políticas no pueden basarse en los acuerdos de Vista Alegre. Deben definir políticas y adaptarse a una situación cambiante. Y como diríamos parafraseando al clásico, "hay épocas en que los años se convierten en días".

El caso de Izquierda Unida es mucho más sangrante. La organización está sumida desde hace tiempo en un proceso de confusión interna. Es difícil predicar la unidad fuera cuando no se consigue dentro. Es evidente que el objetivo de la Izquierda Unida original ideada por el PCE liderado por Gerardo Iglesias de crear una organización que abarcara a la pluralidad de las izquierdas no se ha alcanzado y, es más, con el tiempo se ha deteriorado. Hoy IU es menos plural que en sus inicios. Ya en el 1997 ICV rompió sus lazos orgánicos con IU, aunque posteriormente establecieron relaciones y coaliciones electorales.

Gran cantidad de cuadros del mayor nivel de IU han engrosado las filas de otras organizaciones como Compromís, MÉS o Equo. No hay duda de que IU ha sido un gran exportador de cuadros. En lugar de fomentar la unidad ha sido un exportador de pluralidad.

Actualmente, la situación de IU no es especialmente positiva, en las últimas elecciones autonómicas sólo supera el 5% en Asturias, donde Llamazares superó el 11%, y exceptuando su presencia, en decadencia, en Andalucía, en otras comunidades como Cataluña y Galicia su presencia se hace de la mano de ICV o ANOVA, ya que cuando se presentaron en solitario no obtuvieron representación.

El gran problema de la refundación de IU está en sus propias entrañas, en el papel controlador de la organización por parte del PCE. Un PCE lejano de la tradición de aquella organización que fue clave en su función de aglutinadora de la oposición al franquismo y fundamental en el logro de la transición política. Se trata de un papel del que parece renegar el actual PCE, una organización que hoy es más un obstáculo que un factor para la renovación de IU.

Es un PCE dirigido por cuadros mediocres, muy influenciados por la lectura dogmática y sectaria. IU y su militancia son aún un activo importante para conformar una alternativa de izquierdas y de progreso. El esfuerzo de sus militantes debe liberarse del sectarismo de algunos de sus cuadros.

El peor enemigo del futuro de IU es hoy el lastre sectario del PCE, una organización donde una gran parte de su núcleo da por amortizada la experiencia de la propia IU. La renovación no es sólo rejuvenecimiento, como demuestran casos como Beiras en ANOVA o Joan Ribó, futuro alcalde de Valencia por Compromís que fue en su día secretario general del PCPV.

El PCE, y la IU controlada por él, han adoptado una actuación sucursalista e imitadora de Podemos desde las elecciones europeas. Han clamado y suplicado por la convergencia con Podemos, pese a los desaires de la gente de Iglesias. Y continúan en las mismas. Han lanzado la figura de un joven dirigente como Alberto Garzón que ha demostrado que le falta aún madurez para llevar a término un proyecto colectivo como IU.

El candidato ha minusvalorado a Cayo Lara en su función de coordinador general. Su actuación en las elecciones de Madrid, junto a la de otros dirigentes federales, no sólo ha sido una causa importante de su fracaso electoral en esa comunidad, sino en otras muchas, donde el electorado sanciona siempre la imagen de división que se le ha presentado.

Es evidente que una de las pocas voces que ha dado el nivel de lo que debería ser un proyecto de una nueva Izquierda Unida plural y abierta a la sociedad ha sido la de la gente de Izquierda Abierta y en concreto su dirigente Gaspar Llamazares.

Conseguir un proyecto de unidad popular o de unidad de izquierda o de progreso no es una tarea fácil y no se va a lograr bajo la dirección de una u otra sigla. Proyectos como Syriza o el Frente Amplio de Uruguay son proyectos plurales y compartidos por gente diversa con objetivos comunes.

Este país está necesitado de un nuevo proyecto constituyente, tanto social como territorial. Para ello, es necesario articular un amplio movimiento social y político por el cambio. Este movimiento puede llamarse Unidad Popular. Pero unas elecciones legislativas no son unas elecciones municipales. La complejidad es mucho mayor.

Es imprescindible para que exista un movimiento de Unidad Popular que previamente se forme un frente amplio político de todas las fuerzas transformadoras. Que aglutinen de forma inclusiva a los movimientos sociales y al movimiento sindical, así como a todas las personas capaces que desde planteamientos plurales --que pueden ir desde una socialdemocracia real, diferente al social-liberalismo del PSOE, hasta las izquierdas alternativas y el ecologismo--  formen una fuerza amplia que sea capaz de competir de igual a igual con el bipartidismo, con pluralidad y sin sectarismos. Es necesario ser conscientes de que en caso de éxito deberán ser capaces de establecer acuerdos entre iguales con el centro-izquierda para poder gobernar las instituciones y para hacer avanzar una reforma constituyente en profundidad frente a la oposición de las derechas.

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