La industria está donde la hemos dejado

19 de diciembre de 2013 (20:16 CET)

No deja de resultar llamativo escuchar a algunos sectores económicos y políticos preguntarse hoy, sorprendidos, ¿qué ha pasado con nuestro tejido industrial?, ¿dónde está la industria que fue el motor del progreso social de algunas zonas de nuestro país y que hoy tanto necesitamos? Nuestra industria está donde la han dejado los escasos esfuerzos dedicados a la formación técnica universitaria y la escasa o deficiente política de formación profesional. Allí donde la ha querido dejar nuestro sector financiero, con su descarada desconfianza hacia los aburridos sectores industriales frente la alegría demostrada hacia la construcción residencial y el consumo privado.

Tenemos la industria que han permitido los desproporcionados precios del terreno industrial, que durante años han casi doblado los del sur de Francia por poner un ejemplo cercano. Tenemos la industria que ha merecido el lastre de una política deficiente en infraestructuras de puertos (aunque algo hayan mejorado ahora) y ferrocarril, lo que ha representado un sobrecoste a nuestros productos para algunos sectores, insoportable para su competitividad. Tenemos la industria que ha tenido que soportar el castigo de una irresponsable política energética con unos costes más caros que los de nuestros competidores.

Tenemos la industria que ha sobrevivido a una insistente política económica que ha dado la espalda a todo aquello que es imprescindible para la industria, empezando por el reconocimiento y el aprecio de su valor social ausente en muchos ámbitos públicos y privados de nuestra sociedad.

Resultarán interesantes y muy aleccionadoras las conclusiones a las que lleguemos el día que revisemos las razones y argumentos esgrimidos por la mayoría de nuestras administraciones, de todos los colores, para expulsar industrias que tenían futuro, pero que eran notas disonantes respecto al proyecto y modelo de ciudad y sociedad a que aspiraban.

Se han analizado poco las consecuencias de esa irresponsable política generalizada a muchas localidades, de liberar suelo industrial para destinarlo al uso residencial o de servicios, y que a la larga se ha demostrado letal, al enterrar en plusvalías para sus propietarios muchos proyectos industriales, pues era imposible competir con la desorbitada y rápida rentabilidad que generaban las construcciones que se levantarían en lugar de esas industrias. Letal para las empresas y los empleos que hoy nos preguntamos donde están.

Cierre de miles de industrias que resultaban, se decía, disonantes para un modelo de ciudades que aspiraban todas a la alta tecnología, a industrias limpias y a servicios de alta cualificación que, como hemos visto, no acaban de llegar. Ciudades, y en parte sociedades, que pensaban y decían que la industria era el pasado a superar. Que la industria no era su modelo. Pero nadie se preguntaba: ¿A quién se le prestaría los servicios si desaparecía la principal receptora de estos? No se pensó, como la práctica está demostrando, que los servicios acaban emigrando hacia dónde va su cliente, y éste es principalmente la industria.

Hemos visto movimientos ciudadanos y vecinales que han empujado al cierre de no pocas empresas con futuro porque no eran propias del barrio residencial al que habían ido a vivir hacía un año, aunque la fábrica llevara allí cien. En muchos sectores, ha predominado el comportamiento de nuevos ricos que no han disimulado que les molestaba la grasa de las máquinas.

Pero parece que algo hemos aprendido cuando escuchamos en foros y tribunas repetir la importancia que debería tener nuestra industria. Escuchamos que es, precisamente, su fortalecimiento la única garantía que nos puede ayudar a avanzar en la salida de la crisis. Que la industria es la mejor garantía de la riqueza de un país y del empleo de calidad. Así que podemos repetir una vez más aquel conocido dicho, tan común para tantas ocasiones en la vida, de que "hay cosas que sólo se aprecian cuando se han perdido".

Sí, la industria, nuestra industria, está donde la ha querido llevar la falta de compromiso y de políticas. Aprovechemos la ocasión, corrijamos viejos errores, aprendamos las lecciones del pasado y alineemos voluntades y esfuerzos en torno a las necesidades de las industrias, unas necesidades que son esencialmente las mismas que ayer que no se atendieron: la formación profesional, el transporte de mercancías, las alianzas empresariales, la mejora de la productividad, la potenciación de los distritos o clústers empresariales, un mayor vínculo entre empresa y universidad, la mejora y racionalización de las normas administrativas ambientales y la gestión de los residuos industriales, el impulso de la innovación, el I D, la inversión y para ello el crédito, el crédito y el crédito, porque sin ello no hay salida y todo se quedará en palabras ya gastadas.

Joaquim González Muntadas es director de ética de organizaciones
Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad