La hoja de ruta política del empresariado catalán

05 de octubre de 2012 (19:44 CET)

Dicen los independentistas irredentos que España cultiva la cultura del miedo para frenar el proceso secesionista. Tienen razones cuando se escucha hablar desde Madrid de tanques, de generales de la Guardia Civil, de quiebra absoluta, de expulsión europea... Son las únicas razones veraces y objetivables que tienen los partidarios de la ruptura para quejarse. Son razones ciertas e impropias de un país democráticamente avanzado.

Apelar desde la capital de España a esos supuestos ogros es una estupidez propia de quien no entiende lo que sucede y prefiere agitar e impulsar la cultura del miedo. Hacerlo es innecesario y propio de unos indocumentados. El miedo está instalado en lo más profundo e influyente de la sociedad catalana. Es decir, en su aristocracia empresarial. No es miedo, perdón, es auténtico pavor lo que circunda la situación política en estos momentos. Y no les faltan razones para estar inquietos, aunque hasta ahora sólo José Manuel Lara haya osado, de forma valiente y sorprendente, poner esos argumentos sobre la mesa.

Catalunya cuenta con dos grandes patronales. Foment del Treball, el brazo armado de la CEOE en Barcelona, representa a las empresas y sectores de mayor tamaño. Aquí el pánico es mayúsculo. Sus dirigentes están literalmente aterrados de lo que pueda acontecer en política en los próximos meses. Todavía se ven con fuerzas para controlar e influir en los procesos, pero el susto va por dentro. También hay que referirse a Pimec, donde coexisten pequeñas y medianas empresas y sectores de menor tamaño. En esta patronal hay algo más de diversidad de opiniones pero, en cualquier caso, prevalece todavía una mayoría que prefiere que la independencia sea solo una posibilidad en el horizonte pero a muy largo plazo.

Pero los grandes de verdad, aquellos a los que les tiemblan las piernas con el rumbo de los acontecimientos, han decidido tomar cartas en el asunto. Pongamos por caso que las dos grandes entidades financieras, las filiales y compañías de servicio multinacionales, algún editor, cavista, bodeguero... han decidido poner firme a Artur Mas. Antes de las elecciones mantendrán un encuentro privado y discreto con el candidato de CiU a la reelección. El mensaje es claro: no va más. Temen por sus negocios, sus concesiones, su capacidad de generar recursos en otros puntos de España y no están dispuestos a permitir más experimentos con la política de salón.

Podrá parecerles determinista y oligárgico, pero serán esos poderes quienes pararán el proceso independentista. Todos ellos cuentan con que Mas es un pragmático. Y están convencidos, incluso hasta le votarán, de que ganará las elecciones. Por eso han comenzado a moverse en Madrid ante Mariano Rajoy y ante otros miembros del Gobierno. Parece probable que se les acabe convenciendo de que es necesario un acuerdo equivalente al pacto fiscal. Que Mas necesita regresar a Barcelona con un triunfo para salvar su carrera política y frenar las ínfulas independentistas de una parte todavía desconocida de la sociedad catalana.

En Madrid han pasado de la preocupación al desasosiego y no parece difícil que esos enviados especiales del empresariado catalán regresen con el placet para su hoja de ruta. Así, Mas podría gobernar la primera parte de la futura legislatura con el éxito de la mejora financiera y aplazar a la segunda parte la convocatoria de un referéndum independentista. ¿Y cómo se soluciona lo segundo?

Existe un precedente: Felipe González y la consulta sobre la OTAN. Nadie duda de que la convocatoria del plebiscito, con Mas defendiendo que todavía no es el momento de apostar por la independencia plena, con un argumentario donde primen los contras a los pro sería suficiente para tumbar las ansías secesionistas de una parte de la población con comportamientos gregarios del poder establecido.

Un no en el referéndum y un buen acuerdo financiero en el bolsillo daría para 10 años de estabilidad política entre Catalunya y España. Conllevancia, que diría Ortega y Gasset, pero también pragmatismo catalán, el que emana de las grandes corporaciones empresariales, que ya han empezado a notar en su actividad diaria algunos atisbos de boicot a su negocio. Y, en tiempo de crisis, no está el horno para que se quemen los bollos...

Lo dicho, tomen nota de estas líneas, no diferirán mucho de lo que nos espera.
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