La hipocresía del paraíso fiscal o cómo hacerse el suizo

10 de febrero de 2015 (00:00 CET)

La revelación de nuevos datos sobre la lista que Henri Falciani le birló al banco suizo HSBC aún ha calentado más los ánimos de la ciudadanía. De todos es conocido que existen prácticas irregulares en el mundo: narcotráfico, blanqueo de capitales, venta de armas a países y grupos no democráticos, circulación de dinero negro, crimen organizado, evasión fiscal... Por más que lo sabemos, seguimos sorprendiéndonos cuando se producen revelaciones. La capacidad de asombro de la sociedad parece no tener límites, no así las tragaderas colectivas que no dejan de incrementarse. Lo peor acaba siendo la resignación que nos invade ante hechos y circunstancias ingratas que se producen alrededor de manera sistemática y que nos inmovilizan hasta mentalmente.

¿Qué es un paraíso fiscal? Un territorio en el que no se pagan impuestos (o son mínimos) y que el resto de estados desarrollados permiten que exista. Esta segunda parte es la más importante: si los paraísos fiscales tienen un destacado papel en la economía mundial es porque resulta que son tolerados por los responsables de gobiernos, bancos y grandes corporaciones. Es obvio que sólo interesan (o de forma principal) a sus beneficiarios. Al resto de la humanidad les perjudican, puesto que constituyen una competencia desleal y un agravio en términos de solidaridad.

Hace un tiempo los países de la OCDE tomaron alguna medida: crear una relación (diagnosticar) y castigar a los lugares en los que no se observaran prácticas fiscales y de transparencia correctas (represaliar) si no se transformaban de una determinada manera. Como siempre, con las garantías de los periodos transitorios, de las fases de aplicación de las medidas y, en definitiva, con la seguridad de que una generación, al menos, podrá seguir gozando de beneficios económicos por depositar sus fondos en lugares en los que están a buen recaudo de la lucha contra la criminalidad y de la carga impositiva.

Que los políticos se rasguen las vestiduras ante los paraísos fiscales es sencillamente hilarante. Cada estado posee al menos una plaza financiera off-shore a su alrededor: Estados Unidos (Delaware, Panamá...); España (Andorra); Francia (Mónaco); Italia (San Marino); Reino Unido (insulares como Man o Jersey); Austria y Alemania (Liechtenstein y Suiza)... No admitir ese reparto tácito de lo irregular es de una hipocresía máxima.

¿Y por qué cada país tiene el suyo? Para controlarlo e impedir que las rentas irregulares o huidas se exporten a otros países más lejanos e incontrolables. Un coronel retirado de la Guardia Civil que compareció ante la comisión de investigación del caso Pujol y que había estado destinado en el principado pirenaico durante dos décadas relató que España conocía los fondos expatriados a Andorra. La política oficial era no mover nada si los evasores no superaban los dos millones de euros y utilizar la información únicamente para evitar actividades criminales distintas de las tributarias. Algunos recordarán, incluso, que durante unos años la banca española se compró muy buenos trozos de la banca andorrana.

Gobiernos, empresas y bancos se hacen, literalmente, no los suecos, sino los suizos. Más que en un monasterio, el silencio es su bandera. Todo se conoce, sobre nada se legisla ni actúa. No son los únicos: hacerse el suizo tiene incluso otras formulaciones. Lo pensaba mientras escuchaba al presidente catalán, Artur Mas, explicarse en la comisión parlamentaria que evalúa el asunto Pujol. También se puede hablar mucho sin decir nada sustantivo o rodeando la realidad con tácticas dilatorias y subterfugios oratorios. Vamos, hacerse el sueco y el suizo a la vez.

Suscribir a boletines

Al suscribirte confirmas nuestra política de privacidad