La familia Bernat simplifica la trama societaria de Casa Batlló

20 de marzo de 2014 (19:48 CET)

La familia Bernat ha reorganizado el dúo de sociedades gemelas ligadas a Casa Batlló. Una de ellas, Inmobiliaria Casa Batlló SL amplió capital en 46 millones, hasta alcanzar los 129 millones, y absorbió a la otra, Casa Batlló SL, que desaparece.

Hasta ahora, la primera se limitaba a ser titular de la conocida finca “noucentista” del paseo de Gràcia y a subarrendarla a la segunda. Ésta, a su vez, se dedicaba a gestionar el local mediante el cobro de entradas a los turistas, la venta de objetos de regalo y el alquiler de las dependencias para bodas y otros acontecimientos sociales. Tales actividades le reportaron unos ingresos de 14,5 millones de euros y un beneficio neto de 4,4 millones en 2012. El inmueble está valorado en libros en 70 millones.

Los Bernat son dueños del edificio desde 1993. Antes, obraba en poder de la compañía aseguradora Iberia, que tenía entre sus principales accionistas a la familia Bernat y alojaba en su consejo a conocidas figuras como Joan Anton Sánchez Carreté y Joaquín Gay de Montellá.

Iberia era a la sazón un pozo sin fondo y perdía dinero a capazos. Enrique Bernat Fontlladosa, patriarca de la saga, temía que la posible quiebra de esa tambaleante compañía acabara engullendo Casa Batlló. Por ello determinó adueñarse del edificio. Pero a la sazón andaba escaso de recursos y utilizó la ingeniería financiera para no tener que realizar desembolso alguno. El montaje se desarrolló así.

La empresa Chupa Chups, feudo histórico de los Bernat, adquirió la casa gaudiniana por 18 millones mediante una operación de arrendamiento financiero con Unileasing, de forma que fue ésta la que aportó el numerario para pagar a Iberia. Acto seguido, Chupa Chups alquiló la mansión a la parte vendedora durante diez años, por la módica suma de 300.00 euros anuales.

Enrique Bernat orquestó luego la venta del edificio en los mercados mundiales por medio de una firma londinense de subastas. No se presentó un solo postor. El emprendedor fabricante de caramelos ignoraba que, corriendo el tiempo, Casa Batlló atraería a miríadas de turistas y constituiría un suculento negocio para sus herederos.
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