La euforia se paga cara

Rafael Suñol

28 de septiembre de 2014 (17:46 CET)

Titulaba mi artículo del pasado 30 de marzo ¿A qué viene tanta euforia?. Lamento comunicarles que, después de seis meses, acerté plenamente.

La economía española --también la europea-- empiezan a perder fuerza, se desaceleran, no vamos a mejor en los ritmos previstos. Los indicadores del tercer trimestre muestran que el crecimiento se está estancando. Por muchas razones que ya apuntábamos en marzo y otras que se han añadido. Mientras, nuestras autoridades continúan proclamando el "milagro económico español". Incluso alardean de una previsión de crecimiento del 2% para el año próximo.

Cuando el entorno internacional se ha complicado han vuelto a aparecer nuestras debilidades. El conflicto con Rusia, en Ucrania; la lucha constante en Oriente Medio; la aparición de Estado Islámico; o la debilidad de las economías emergentes, con Brasil a la cabeza, definen un entorno más difícil que seis meses atrás. También Alemania sufre. Su PIB ha perdido un 0,2% en el segundo trimestre, en consonancia con la caída del índice de confianza. Francia está estancada e Italia no consigue sacar adelante sus reformas para mejorar su pérdida de competitividad. El PIB de 2013 es igual que el de 2000 y el endeudamiento público llega al 135% del PIB.

Ante este panorama, los alemanes no pueden llevarse a engaño. Si el sur, o los dos grandes países vecinos, no mejoran, es evidente que Alemania no podrá mantener su ritmo.

En España se ha producido una desaceleración en el crecimiento en el tercer trimestre, a pesar de que el turismo que se ha comportado muy bien. El nuevo frenazo económico se nota, especialmente, en el consumo de las familias. No acaba de convencerle el estado general de la economía, no se fía de que estemos en una senda de crecimiento estable. En otras palabras, no se cree la euforia del Gobierno.

Y tiene buenas razones. El desempleo, la tasa de paro, continúa en el 24,6% de la población activa, más del doble de la OCDE. El empleo ha moderado su crecimiento en julio y agosto y los afiliados a la Seguridad Social en agosto caen en 97.000 cotizantes. No parece que, por el lado de la cantidad, se vaya a estimular el consumo, ya que, sin tener en cuenta sus circunstancias personales y descontando el nivel de fraude, no sería lógico que este colectivo gastara más.

Por el lado del precio. Los salarios llevan congelados desde hace dos años. Las causas son variadas pero fácilmente comprensibles también. La Reforma Laboral ha flexibilizado el mercado de trabajo y da más facilidades a los empresarios para que vayan ajustando salarios; el llamado descuelgue también es relevante. El salario mínimo tampoco se ha incrementado y los funcionarios llevan dos años sin subidas, y con 350.000 euros efectivos menos. Por otro lado, los nuevos trabajadores que entran en el mercado laboral lo hacen con salarios más bajos, en el caso de que quieran acceder. La suma de estos factores, como sostiene Ángel Laborda, lleva a que la demanda de consumo, lógicamente, esté floja.

Es cierto que hacia mitad de año hubo un repunte en la compra de bienes de consumo duradero --por ejemplo, coches--, pero las altas tasas no se han visto confirmadas. Y eran debido a que se hacía imprescindible sustituir el vehículo viejo, con la ayuda del Plan Pive. Ahora, ya casi todos los analistas consideran que habría que estimular el consumo de las familias. La devaluación interna se ha hecho por imperiosa necesidad, como recurso excepcional, porque España no tenía más remedio --a pesar de que, como dice el profesor Alfredo Pastor, se han reducido los costes salariales-- pero no las cargas sociales ni los márgenes empresariales.

Nuestro país ha ganado competitividad, pero el camino seguido está prácticamente agotado. Ahora se debe estimular el consumo porque el sector exterior sólo (aunque es mucho) tiene una contribución de un tercio al crecimiento del PIB.

Y la demanda de consumo se estimula no con falsas políticas como el Plan E de Zapatero, de vida efímera y alto coste fiscal, sino con políticas más enfocadas a su objetivo. Por ejemplo, a mejorar el mercado de trabajo, a la empleabilidad, a crear un marco favorable para la transferencia de tecnología para incrementar la competitividad de las pymes, a la mejora de las habilidades de los trabajadores, y de los empresarios, etc.

Son políticas más micro. Más sobre el terreno, más descentralizadas... y menos espectaculares, más de largo recorrido. Podríamos decir que son obras "que no se pueden inaugurar". Por eso interesan menos a los políticos, a pesar de su gran efectividad.

Lo que no debe hacerse es inflar las expectativas. Las empresas no necesitan anuncios buenos, necesitan hechos ciertos y comprobados.
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